Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





¿QUÉ IGLESIA QUIERE JESÚS?

Comentario al evangelio del domingo 5 de febrero de 2017

5º ordinario

Mateo 5,13-16.

 

Carlos Pérez Barrera, Pbro.

 

Escuchamos el pasaje evangélico de hoy teniendo como fondo las bienaventuranzas de Jesús que proclamamos el domingo pasado. En ese supuesto de que somos pobres en el espíritu, deseosos luchadores por la justicia, por la paz, promotores de la misericordia, etc., en ese supuesto Jesús nos declara como luz del mundo y sal de la tierra. La luz disipa las tinieblas, la sal le da sabor a la comida. En otros lugares del evangelio Jesús nos dirá que somos levadura que fermenta la masa. Esto significa que Jesucristo no quiere que seamos en medio del mundo más de lo mismo. Si somos mundo para este mundo, si somos tierra para la tierra, si somos harina para la masa, entonces ¿para qué nos quiere Jesús? Para nada, porque él ha venido para iluminar al mundo, ha venido a ser salud para esta humanidad enferma, a ser gracia para este mundo encerrado en su egoísmo, a ser salvación para este mundo que se nos pierde.

¿Cómo hacer para despertar a todos nuestros católicos en este sentido? Porque la verdad, estamos simplemente siguiéndole la corriente a esta economía de consumo, indiscriminadamente le seguimos la corriente a sus modas, a los vicios, a la diversión, a la vaciedad, y hasta nos involucramos en los negocios sucios de nuestro mundo, en sus trampas, en su corrupción, en sus mentiras, en su idolatría del dinero. ¿Sirve de algo una Iglesia en la que los católicos no aportamos algo diferente? Para Jesús eso no sirve, lo dice enérgicamente con estas palabras tan claras: "Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente”. Suena muy fuerte pero debemos acoger sus palabras con corazón de discípulos, con toda obediencia: él es el Maestro, el fundador de su Iglesia, el que nos hace cristianos a cada uno de nosotros, y por eso tiene derecho a decírnoslo con toda claridad.

Una Iglesia, - y al decir Iglesia pensamos en cada uno de los católicos, - que no da buen testimonio, es mejor que se tire a la calle para que la pise la gente. Así con esas palabras.

Una Iglesia que no vive la pobreza espiritual, tal como la entiende Jesús, sino que vive con pretensiones de riqueza, de honores, de glorias humanas, es una Iglesia que merece ser tirada a la calle para que la pise la gente. Y hay que decirlo de cada uno de los católicos.

Una Iglesia que no vive la mansedumbre sino el autoritarismo, la imposición y la intolerancia (pensemos especialmente en los clérigos) es una iglesia que merece ser aventada a la calle, con todo y sus solemnidades.

Una Iglesia que no tiene hambre y sed de justicia, no tanto en sus declaraciones y documentos sino efectivamente en la calle; una Iglesia que no trabaja por la paz, una iglesia que hace de las adulaciones del mundo su hábitat, etc., es una Iglesia que merece ser tirada a la calle.

No se trata de que nos hagamos propaganda, sino de ser humildemente luz por nuestras buenas obras. Así este mundo se animará a dar gloria al Dios Padre que tenemos en los cielos.

No se trata de que nos hagamos propaganda, sino de ser humildemente luz por nuestras buenas obras. Así este mundo se animará a dar gloria al Dios Padre que tenemos en los cielos. Tampoco es la intención de nuestro Señor que nos creamos la luz del mundo pensando que todo lo demás son tinieblas. No se trata de creernos sino de ser luz, de iluminar y dejarnos iluminar por todo lo que sea luminoso en este mundo. No pretendamos imponernos como la luz, porque la luz es Jesús, sino de servir de luz para todo el que necesite ser iluminado.

Nuestro servicio ha de ser humilde, discreto. No pregonemos de palabra que somos la luz, sino que nuestras buenas obras hagan resplandecer la gloria de Dios y la gloria de los seres humanos.

 

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