Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





LA ALEGRÍA DE JESÚS

Domingo 14º ordinario. 9 julio 2017

Mateo 11,25-30.

Carlos Pérez B., pbro.

 

En nuestra lectura continuada de los domingos de este tiempo ordinario, nos hemos saltado el pasaje sobre el testimonio que da Jesús sobre Juan el Bautista. Léanlo ustedes en su lectura personal. Enseguida está esta maravillosa oración al Padre que, al igual que el ‘Padre Nuestro’, deberíamos de sabernos de memoria, e igualmente recitarla tan frecuentemente como la otra. La repito: "¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien”. O bien como la leemos en nuestra Biblia: "Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito”.

¿Por qué le sale a Jesús exclamar estas cosas ante su Padre en este momento? Porque seguramente tenía frente a sí a esa multitud que lo seguía, como lo leímos en 9,36, a la cual él veía con mirada y corazón de buen pastor. ¿Recuerdan ese pasaje? "Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor”. Al mirar a esta gente sencilla, ignorante, tan cargada de enfermos y necesidades, tan desorientada como precisada de salvación, es por lo que primeramente le da gracias y bendice al Padre de los cielos. Preguntémonos si también a nosotros nos brotan estas palabras en nuestra oración cuando vemos que el evangelio se les enseña a los niños, a los pobres, a los más desamparados y sufrientes de este mundo.

Para desarrollar nuestra mirada crítica ante este mundo, como es propio de un discípulo formado en la mirada de Cristo, fijemos nuestra atención en que Jesús no solamente bendice al Padre porque son los pobres los que han salido a su encuentro, sino también porque el evangelio está quedando vedado para los orgullosos, para los poderosos de este mundo. Quizá a nosotros nos parezca mejor pensar en la neutralidad o la imparcialidad de la buena noticia de Jesús, y decir que el evangelio es para todos, sin distinciones. Pero la verdad la dice Jesucristo con su autoridad y conocimiento de las cosas: si quieres tener acceso a las cosas de Dios, al evangelio, al conocimiento de Jesucristo, al conocimiento del Padre, tienes que hacerte pequeño, sencillo, humilde, pobre. A los soberbios se les nubla la mirada, el corazón y el espíritu; no tienen ojos para Dios, para su Hijo, sólo para sí mismos. No necesitan la salvación de Dios porque se bastan a sí mismos. Pero tienen remedio, todos podemos convertirnos de nuestra soberbia, de nuestro egoísmo.

Alegrémonos con Jesús, atrevámonos a bendecir al Padre porque ha sido su beneplácito revelar estas cosas tan maravillosas, como es el conocimiento del Evangelio de Jesucristo, a los pequeños.

Con harta frecuencia yo los invito a leer los santos evangelios. ¿Nuestros católicos leen cada día pasajes de los evangelios? La inmensa mayoría no lo hace. Repasar esas páginas sagradas para un verdadero cristiano es un gusto enorme. ¿Por qué? Porque en esas páginas nos encontramos con una persona, con un ser muy querido por nosotros, el que nos ha llamado a una vida nueva, el que nos sigue llamando por medio de su Palabra a una vida distinta, cada día distinta, por medio de su Palabra y de toda su Persona.

Después de dar gracias y alabar al Padre, Jesús se dirige a nosotros para invitarnos a aligerar nuestras cargas apoyándonos en él. ¿Acaso encontramos en Jesús una carga religiosa o moral? Si es así es que no lo conocemos a través de los santos evangelios. Leer los evangelios no es una carga que tengamos que realizar, todo lo contrario, en Jesús encontramos nuestro verdadero descanso. ¿Acaso no se sienten transportados a otro mundo cuando se topan con Jesús en el evangelio? No es otro mundo, es este mundo nuestro pero visto con la mirada salvadora de Dios.

 

 

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