Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





CUÁNTO AMA DIOS A LOS PECADORES

D. 31 marzo 2019. 4º de cuaresma

Lucas 15,1-32.

 

Carlos Pérez B., Pbro.

 

Yo espero que en estos días de la cuaresma nos estemos ejercitando con mayor intensidad en las cuestiones que son tan propias de nuestra vida cristiana: la penitencia, la oración, la caridad, la escucha de la Palabra, la participación en los sacramentos. Ahora especialmente Jesucristo nos invita al arrepentimiento y a la reconciliación (5 veces menciona san Pablo esta palabra en la segunda lectura), a entrar en la ternura de Dios nuestro Padre, este Padre maravilloso tan perfectamente plasmado por Jesús en su parábola.

En el pueblo judío los escribas eran maestros que se dedicaban a enseñar la Palabra de Dios (la ley y los profetas) a sus discípulos y a la gente en las sinagogas. Estos maestros no formaban su grupo de discípulos con gente pecadora. Todo lo contrario, se rodeaban de judíos practicantes. No se consideraban enviados hacia los alejados. Y los fariseos, más aún, eran proselitistas, hacían fanáticos a sus seguidores. En cambio, Jesús era un maestro distinto, llamó en primer término a unos pescadores galileos en su seguimiento, a un publicano, quien lo llevó con sus amigos. Recibía a los pobres (que no gozaban de buena fama precisamente por ser pobres. La pobreza era una maldición como consecuencia del pecado), buscaba y salía al encuentro de los enfermos (que al igual, se pensaba que estaban enfermos por algún pecado), lo mismo los endemoniados, y extranjeros, paganos. Entre sus seguidores había mujeres, algo completamente fuera de lo acostumbrado. ¡Qué Maestro tan distinto es Jesús!

Por todo esto lo criticaban los escribas y fariseos. Por eso Jesús explica su comportamiento y toda su misión maravillosamente con tres parábolas: la de la oveja perdida, la de la moneda perdida y la del hijo perdido y recuperado (hoy sólo proclamamos esta última). Con estas parábolas, además, presenta Jesús la verdadera imagen de Dios. Los judíos no tenían muy viva esa imagen de Dios como Padre, a pesar de que sí se menciona en el AT (Sal 89,26; 103,13; Os 11,1; Mal 2,10).

¿Con qué personaje de esta parábola nos identificamos cada uno de nosotros? Lo más seguro es que nos identifiquemos con el hijo que se pierde y que retorna a la casa del Padre. Cada vez que caemos en alguna falta, somos ese hijo, porque le volvemos la espalda a Dios, porque nos alejamos de él. Por eso veamos en nuestra vida el proceso que sigue este hijo.

Podríamos enumerar una larga lista de pecados que cometemos los seres humanos. No se trata sólo de que nos vayamos de parranda, y nos emborrachemos y malgastemos en una noche todo el dinero de la familia. Son muchas las maneras como nos alejamos de Dios, como le volvemos la espalda. Las más graves son el asesinato, el secuestro, el robo con violencia, el maltrato a las personas, la corrupción que despoja a los más desposeídos, el afán de poder, de dominio sobre los demás, pero también están las mentiras, las ofensas, los engaños, las trampas, la hipocresía, la indiferencia ante las necesidades del prójimo, el encierro en uno mismo, el egoísmo, el narcicismo, el consumismo, etc.

Menciono esta larga lista de pecados para no caer en reduccionismos. Lo primero es la toma de conciencia de nuestras faltas. ‘He pecado’, decía este hijo perdido. Una buena práctica cristiana, sobre todo en este tiempo de cuaresma, aunque es sana en todo tiempo, es el examen de conciencia frecuente. Acostumbremos hacerlo, cada noche, cada semana, o al menos cada mes. No vivamos inconscientemente, detengámonos a pensar en nosotros mismos. Sólo así seremos mejores humanos, mejores cristianos. Una vez que hacemos nuestra toma de conciencia, entonces lo que sigue es entrar en un verdadero arrepentimiento, sentir dolor por los pecados cometidos. Esto es lo que nos puede conducir de nuevo a Dios. Si nos la pasamos justificándonos a nosotros mismos, minimizando nuestras faltas, seguiremos sempiternamente igual, nunca cambiaremos. Y el cambio de vida, al menos la decisión de cambiar efectivamente de manera de vivir, ya en sí misma es salvación.

Todo lo demás lo hace Dios. Desde que uno cae en la falta, Dios está ahí amando al caído, tendiéndole la mano. Cuando el pecador se arrepiente, Dios hace fiesta, como lo expresa Jesús en esta parábola, para plasmar plásticamente la alegría de Dios nuestro Padre amoroso. En el evangelio de san Mateo, Jesús nos dice: "no es voluntad de su Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños” (Mateo 18,14). Dios no quiere el pecado porque destruye al ser humano, a toda la humanidad, pero sí ama a todos los seres humanos; ama más a los que se están perdiendo. Tanto ama Dios a los pecadores que nos envió a su propio Hijo como salvador, lo leemos en Juan 3,16.

En esta convicción de Jesús debemos vivir y actuar todos los cristianos: Dios desea rescatar a todos los seres humanos, por amor. ¿No deberíamos construir una sociedad que así funcionara? ¿No debería ser esa nuestra Iglesia, que en vez de encerrarse en el culto saliera a rescatar a los atrapados en el vicio, en la delincuencia, en el crimen organizado? Nunca cultivemos esa mentalidad condenatoria que se da tanto en la Iglesia como en la sociedad. Permítanme decir que no hay delito, ni crimen, ni falta que no pueda ser perdonado (ni siquiera la pederastia), desde luego que sin ingenuidades, porque hay que seguir todo un proceso de penitencia, de cura, de sanación especialmente de las víctimas. La misericordia de Dios nos alcanza a todos y es nuestra plena salud.

 

 

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