Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





LA VERIFICACIÓN DE QUE AMAMOS A JESÚS

Domingo 22 de mayo de 2022, 6° de pascua

Hechos 15,1-29; Juan 14,23-29.

Carlos Pérez B., pbro.

 

En el pasaje evangélico del domingo pasado escuchábamos el mandamiento nuevo que nos dejó Jesús: "ámense los unos a los otros”. Pues ahora vemos que no sólo nos pide que nos amemos entre nosotros como él nos ama, sino que también lo amemos a él. En la última cena, que estamos contemplando con mirada pascual, continúa hablándonos del amor. ¿Amamos a Jesús? Siempre resulta muy fácil decir que amamos a una persona: al marido, a la esposa, al prójimo, en las redes sociales, en nuestros círculos de amigos, lo escuchamos en la tele, incluso que amamos a los pobres, al mismo Dios. Jesús, en su sabiduría divina, con ese conocimiento profundo que tiene de los seres humanos ("Pero Jesús no se confiaba a ellos porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues él conocía lo que hay en el hombre” (Juan 2,24), nos ofrece esta prueba de verdad sobre nuestro amor hacia él: "el que me ama, cumplirá mi palabra”. Pues sería bueno preguntarnos, y preguntarles a todos los católicos si conocemos la palabra de Jesús para poder cumplirla. Porque si no la conocemos, no la podremos cumplir. No nos quedemos en decir que amamos a Jesús, demostrémoslo con hechos.

No pensemos que nuestra jerarquía sí conoce y sí cumple las palabras de Jesús, porque si las pusiéramos en práctica, otra sería nuestra teología, otra nuestra liturgia y nuestra pastoral. ¿Y nuestros católicos de la base? Pues, no por culpa de ellos sino de nosotros los clérigos, los seguimos manteniendo en el desconocimiento de la sagrada Escritura particularmente de los santos evangelios. El estudio de los santos evangelios es lo que nos puede ir haciendo discípulos de Jesús. El discípulo-a vive en esa relación de escucha obediente y amorosa de la Palabra de Jesucristo. No es bueno imaginarnos que Jesucristo quiere una u otra cosa. En eso hemos vivido por siglos. Lo mejor es ir a los santos evangelios y escuchar ahí a nuestro Maestro. Y no hagamos una lectura superficial de sus enseñanzas, sino que hemos de entrar en un discernimiento pausado bajo la luz del Espíritu Santo, para ir entrando en sintonía con la voluntad de Jesús, de modo que vayamos comprendiendo: éste es el cristiano-a que Jesucristo quiere; ésta es la Iglesia que Jesucristo quiere; éste es el mundo-humanidad que Jesucristo quiere, no para beneficio de él, sino de nosotros mismos. "Pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho”.

Hagámonos apóstoles de esta enseñanza de nuestro Señor, comuniquemos a toda la gente que Jesucristo quiere ser escuchado y obedecido. A todas-os que tengan alguna devoción por una imagen de Jesús (Sagrado Corazón, Señor de los guerreros, Divino Rostro, santo Cristo de aquí o de allá), digámosles: Jesucristo quiere que lo conozcas en los santos evangelios.

El amor es una fuerza que mueve a las personas. Si tú amas a Jesús harás muchas cosas por amor. Si no lo amas realmente, tu religión será una carga, un fastidio, la dejarás a un lado para sólo tomarla cuando la necesitas urgentemente.

 

En el capítulo 15 del libro de los Hechos (primera lectura de hoy), san Lucas, su escritor humano (y su comunidad), nos comparte un momento difícil que vivió la naciente Iglesia de Jesucristo. Aunque fue un momento de conflicto, de confrontación, en realidad ahí aparece una Iglesia bella, la que Jesucristo cimentó sobre su Santo Espíritu. Hoy no leemos todo el capítulo, sólo algunos versículos entresacados. Les recomiendo que lo leamos completo en nuestra lectura personal, para nutrir nuestra espiritualidad, nuestra eclesialidad, ahora que hemos sido convocados por el Papa Francisco a retomar nuestra esencia sinodal.

¿Qué Iglesia contemplamos aquí?

Una Iglesia que sabe escuchar. Hay algunos que piensan que se debe seguir con la ley de Moisés, y se les pone atención a ellos.

Una Iglesia en la que se tienen convicciones de fondo y por ello sabe vivir la confrontación. Tanto en Antioquía como en Jerusalén se vivió el altercado y la violenta discusión. ¿Un mal ejemplo para los de afuera? Al contrario, porque eso es lo que se debe de hacer, discutir para llegar a la verdad.

Contemplamos a una Iglesia fraterna, no cerrada ni impositiva. Pablo, Bernabé y algunos más fueron "contando la conversión de los gentiles y produciendo gran alegría en todos los hermanos. Llegados a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia y por los apóstoles y presbíteros, y contaron cuanto Dios había hecho juntamente con ellos”.

Una Iglesia que sabe vivir el discernimiento abiertos a la obra que el Espíritu va realizando, porque él es el que conduce a la Iglesia. Ya había vivido Pedro la obra del Espíritu realizada en la familia de Cornelio, un pagano-incircunciso que había sido llamado a la fe; y la obra que el Espíritu había realizado en las correrías misioneras de Pablo y Bernabé. ¿Alguien le puede llevar la contra al Espíritu de Dios? Al contrario, la Iglesia no es el centro ni la autora de la obra de Dios, es servidora.

En fin, contemplamos a una Iglesia sinodal, una Iglesia que hace un Camino conjunto en el seguimiento de Jesús. Antioquía y Jerusalén son dos iglesias que saben caminar conjuntamente. Ésta pudo haber sido la primera división de los cristianos y, sin embargo, lo que resultó fue el afianzamiento de la unidad que es obra del Espíritu.


 

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