Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





EL PERDÓN ES SALUD Y SALVACIÓN PARA EL AGRESOR Y PARA EL AGREDIDO

Domingo 24° del tiempo ordinario, 17 septiembre 2023

Eclesiástico 27,30 hasta 28,7; Mateo 18,21-35.

 

Carlos Pérez B., Pbro.

 

Hoy nos topamos con una enseñanza de nuestro Señor Jesucristo que choca hasta con las mejores ideologías y filosofías de nuestro tiempo. Lo que vemos en la tele y en las redes sociales es la exigencia y promoción del ánimo justiciero. Es cierto, también nuestro Maestro está de parte de la justicia de Dios nuestro Padre, pero su raíz es la misericordia.

¿Cuántas veces hemos de perdonar al hermano que nos ofende? ¿Y cuántas veces tienen que perdonarnos a nosotros? Jesucristo nos hace volver la mirada hacia Dios, ¿cuántas veces nos tiene que perdonar él?

Lo suyo no son los números. Setenta veces siete es siempre, es la actitud permanente de salvar al pecador. Esto requiere de mirar integralmente las enseñanzas de Jesús para no desvirtuarlas. En el pasaje evangélico del domingo pasado escuchábamos que nos decía: ‘si tu hermano comete un pecado, o un pecado contra ti, ve y amonéstalo a solas, hazle reconocer su falta. Si te hace caso, habrás ganado a tu hermano’. El versículo 14 de este capítulo 18 nos daba la pauta, la causa, el motivo de fondo para la corrección fraterna y para el perdón: "No es voluntad de su Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños”.

En esta perspectiva hemos de practicar el perdón al extremo. Hay que decir que no es nada fácil. Perdonar por lo menos una vez, es para muchos de nosotros, para una inmensa mayoría de la población, incluso católicos, un imposible. Pensemos que los miembros de nuestra Iglesia, y no se diga los que no pertenecen a ella, no están, no estamos educados en la escucha y la obediencia de la voz del Maestro. Sí estamos educados en lo que piensa la gente, en lo que bebemos en los medios de comunicación. Por algo se lo reclamaba Jesucristo al apóstol Pedro diciéndole: "Satanás… tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres” (Mateo 16,23).

Así es que pensemos: en ese vecino-a con quien tenemos años en diferencias y desavenencias; ese familiar, el esposo-a, alguno de los hijos, hermanos, pariente cercano, compañero de trabajo, aquel con quien tuvimos problemas en el tráfico, o roce en las compras, mi adversario en la política, en estos tiempos de efervescencia electoral... ¿Nos podemos poner de acuerdo? Hay gente que hasta se abstiene de comulgar porque nomás no hay acuerdos. Pero si de parte tuya hay buena disposición, pues comulga humildemente.

Pensemos en los delincuentes, el sicario que asesinó a un ser querido, que me despojó de mis bienes. ¿Podría darle un abrazo en un momento dado de su arrepentimiento? ¿Estoy deseando en el corazón que llegue ese momento?

En la tele vemos a cada momento escenas en que se exige justicia ante una desaparición, feminicidio, abuso sexual, despojo, injusticia… ¿Sintonizamos con todas esas protestas? Seguramente sí. Pero nosotros siempre diremos con nuestro Señor que llamar a la conversión y al perdón será la salvación para todos.

Es cierto, ¿qué ganas con desear que el hermano (¿así lo consideras?) que te ha ofendido tan gravemente su pudra en la cárcel y en el infierno? Sólo satisfaces tus deseos de venganza, pero no tus deseos de salvación para esta humanidad tan desmoronada.

Perdonar hasta setenta veces siete, a su debido tiempo y momento, es salud para la misma persona ofendida. Hemos escuchado en el libro del Eclesiástico: "Cosas abominables son el rencor y la cólera; sin embargo, el pecador se aferra a ellas”. Vivir en el rencor es una enfermedad que va acabando con la persona que lo padece. Impide vivir en la alegría, es como un cáncer que te va deteriorando. El asesino de tu ser querido está matando dos pájaros de una pedrada, también te está matando a ti, y a todos tus cercanos.

No es fácil, pero es lo mejor. Sólo quienes se alimentan de la Palabra de Jesús, saben de la salud que conlleva el perdonar de corazón. No quiere decir abrir las rejas de las cárceles a todos los internos, porque tenemos que pensar en el bien, en la protección de las posibles víctimas, de los inocentes. Pero sí que la cárcel interior no sea para los agraviados.


 

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