Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





DIOS MIRA A LOS POBRES Y SUFRIENTES CON EL CORAZÓN

Domingo 16 de febrero de 2025, 6° ordinario - C

Jeremías 17,5-8; 1 Corintios 15,12 y 16-20; Lucas 6,17 y 20-26.

Carlos Pérez B., Pbro.

 

Después de bajar del monte (asemejándose a Moisés en el antiguo testamento que había bajado con las tablas de la ley), y después de elegir a doce de entre sus numerosos discípulos, Jesucristo se detuvo en un paraje llano y proclamó ante el pueblo un discurso fantástico pero muy desconcertante para nuestro modo de pensar tan asimilado al mundo, su nueva y definitiva ley: las bienaventuranzas, las malaventuranzas, el amor a los enemigos, su instrucción sobre la escucha y la obediencia a sus enseñanzas.

El domingo pasado escuchamos que Simón Pedro le dijo con toda fe y confianza a su Maestro: "en tu Palabra echaré las redes”. Y nosotros extendíamos esta frase a toda nuestra vida y a todo nuestro mundo: ‘en tu palabra viviré mi vida toda, en tu palabra edificaré la sociedad, su economía, su política. En tu palabra está la salvación de este mundo’.

Pues lo mismo hemos de decir ante este discurso de Jesús pronunciado en un paraje llano. Y con toda obediencia desde nuestro interior, hemos de confesar: sí creemos que ésta es la salvación de esta pobre humanidad.

Así pues, Jesucristo declara felices a los pobres, a los que tienen hambre, a los que lloran o sufren, a los perseguidos. Y, por el contrario, declara infelices a los ricos, a los satisfechos, a los que se divierten de lo lindo, a los halagados y lambisconeados. Hemos de decir que declarar felices a las personas, era muy propio de la religiosidad judía: "Feliz la que ha creído”, le decía Isabel a María (Lucas 1,45); "Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven”, les decía Jesús a sus discípulos (Lucas 10,23); "Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan” (Lucas 11,28); "¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!”, le gritaba una mujer a nuestro Señor (Lucas 11,27). Entre otros pasajes.

Para acoger con más amplitud esta enseñanza de Jesús, hemos de complementarla leyendo las bienaventuranzas según san Mateo 5,3-12, en nuestra lectura personal. En este evangelio, sin expresarlas como mandamientos, sino como valores atrayentes, Jesús nos dice dónde encontramos la verdadera felicidad, que no son cosas, sino actitudes y maneras de vivir como seres humanos, como seres espirituales; "felices los pobres en el espíritu”, "felices los mansos”, "felices los que tienen hambre y sed de justicia, los que trabajan por la paz, los misericordiosos”, etc.

En san Lucas, Jesucristo nos dice cuáles personas son felices. ¡¿Los pobres, los que sufren, los que tienen hambre, los perseguidos son realmente felices?! Pues ésta es la Palabra del Maestro, y en esa Palabra queremos poner toda nuestra vida, ya no digamos para nuestra vida personal, que también, sino para el modo de ser mundo, el modo de ser humanidad. Sí, Jesús está mirando el reino de Dios en estas personas, el proyecto de vida, de amor, de salvación de Dios nuestro Padre para todos nosotros. Es el futuro de la humanidad: querer a las personas como Dios las quiere y las procura.

Seamos realistas: este mundo desprecia a los pobres, a los migrantes, a los indígenas, a los campesinos. No hablemos de frases bonitas que se usan en el ambiente político y social, sino en las cosas efectivas, en esa vida que, pasan y pasan lo siglos, y continúa igual: los pobres siguen siendo pobres y marginados, ninguneados y manipulados, por más que algunos gobiernos se presenten como de izquierda, derecha o benefactores.

En estas personas, los pobres, los que sufren, nuestro Señor alcanza a mirar el Amor, la Misericordia, la Gratuidad de Dios nuestro Padre. Claro que hay que tener una mirada tan profunda como la de nuestro Señor para poder ver este misterio tan enorme. A Dios Padre lo mueve el sufrimiento, la pobreza de las personas, a diferencia de tantos seres humanos que no sienten el dolor de los otros, las necesidades ajenas. Y no lo sienten porque son ricos, porque están satisfechos, porque mientras a ellos no les falte nada, no hay problema, que cada quien se rasque con sus uñas. Dios no es egoísta como nosotros. Dios es amor. Por eso son felices aquellos, porque están en el corazón de Dios. Y sabemos que estas no son palabras, son acciones eficaces de Uno que entregó gratuitamente su vida en una cruz para ser bienaventuranza para los sufrientes, que terminó pobre y despojado completamente.

Si quieres que Dios te ame, no pongas tu corazón en el mundo, sino en estas personas que carecen de tanto. Y el mejor bien para todos ellos es que sientan y vivan efectivamente que Dios está con ellos, que Dios está de parte de ellos, en su Hijo Jesucristo.


 

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