EXTRAORDINARIO
Y ÚNICO EN JESÚS ES EL AMOR A LOS ENEMIGOS
Domingo 23 de febrero de
2025, 7° ordinario - C
1 Samuel 26; Lucas 6,27-38.
Carlos Pérez B., Pbro.
El domingo pasado escuchamos las
sorprendentes y desconcertantes enseñanzas de nuestro señor Jesucristo: las
bienaventuranzas según el evangelio de san Lucas: la verdadera felicidad la
encontramos en los pobres, los sufrientes, los hambrientos, los expulsados e
injuriados por causa suya. Con estas palabras Jesús nos enseña a dirigir
nuestra mirada y nuestro corazón hacia ellos, así obtendremos también nuestra
felicidad.
Ahora, en el siguiente pasaje evangélico,
nos sigue sorprendiendo nuestro Maestro: "amen
a sus enemigos”. En los santos evangelios, nuestro Señor nos llama a varios
amores, o a varios destinatarios de nuestro amor, amor sincero, amor profundo:
el amor a Dios por encima de todo (ver Lucas 10,27); el amor al prójimo como a
nosotros mismos (ver Lucas 10,27); el mandamiento nuevo del amor, hasta dar la
vida (ver Juan 13,34). Está también el amor a los pobres, a los enfermos, a los
sufrientes, no expresado así con esas palabras, pero sí practicado por nuestro
Maestro (ver por ejemplo Lucas 14,13).
El amor a los enemigos, como lo expresa
nuestro Señor en este pasaje evangélico, hace al cristianismo algo no visto en
todas las culturas y religiones de todo el mundo y de toda la historia. Y es
algo fantástico. Mientras que en el mundo lo ordinario es el desquite, la
venganza. Hemos de reconocer que así lo vivió el pueblo judío en el antiguo
testamento, el pueblo de Jesús. Pero Jesús toma distancia de esa mentalidad. En
la sinagoga de Nazaret, en su lectura del rollo de Isaías, Jesucristo no quiso
aplicarse a sí mismo la frase que seguía: "(El
Espíritu está sobre mí para proclamar) el
día de la venganza de nuestro Dios” (Isaías 61,2).
Pero el amor a los enemigos hemos de
entenderlo y vivirlo con madurez cristiana, es decir, hemos de alimentarnos de
la Persona de nuestro Señor Jesucristo en los santos evangelios. Es posible que
lo veamos como algo ‘utópico’, bonito pero irrealizable, como algo que sólo los
santos pudieron practicar: hacerle el bien a quien nos hace el mal, bendecir a
los que nos maldicen, poner la otra mejilla cuando nos han golpeado en una,
dejar que nos despojen, que nos roben, que nos opriman, que se aprovechen de
nosotros, y muchos etcéteras. ¿Nos invita al masoquismo?
¿Así lo practicaba Jesucristo? Pues hay
que ver en el evangelio cómo practicó nuestro Señor el amor a sus enemigos. Siempre
fue, en su palabra y en su persona, un llamado constante a la conversión, al
cambio de vida ("Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale”. Lucas
17,3). Nos enseñó, con su ejemplo, a salir a buscar a la oveja perdida, al
hermano perdido, al que ha caído en el pecado, en la conciencia de que nosotros
también caemos en él. En este llamado a la conversión, no movía a Jesús el odio
sino el amor, porque el Padre celestial no quiere que se pierda ninguno de los
extraviados, sino que se conviertan y vivan (ver Mateo 18,14).
Esto es lo que hemos de buscar siempre,
la salvación propia y la salvación de nuestros hermanos. No es salvación que
permanezca alguno de nosotros en el pecado, sino salir de él. Dejar que los
ladrones sigan robando no es amor ni salvación para ellos, dejar que los
políticos (y también algunos eclesiásticos) continúen despojando a los pobres,
no es un acto de amor ni salvación para los pobres, pero tampoco para los
despojadores. Dejar que los opresores continúen oprimiendo a los oprimidos, no
es liberación para nadie. Si Jesús es la liberación de los oprimidos, como lo
expresó en la sinagoga de Nazaret (ver Lucas 4,18), pues entonces hay que
entender que se trata de liberar a oprimidos y opresores.
Pero hemos de entenderlo así: Jesús nos
llama a no guardar ni cultivar malos sentimientos hacia quienes nos hacen daño.
Que sea siempre la misericordia de Dios, su amor, el que nos mueva. Y la
misericordia de Dios Padre es buscar la conversión de todos, para que vivamos.
Nuestra principal motivación es la
misericordia de Dios Padre, encarnada en su Hijo Jesucristo.