Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





NO ESTÁ EL DISCÍPULO POR ENCIMA DEL MAESTRO

Domingo 2 de marzo de 2025, 8° ordinario - C

Lucas 6,39-45.

Carlos Pérez B., Pbro.

 

Continuamos escuchando la enseñanza que Jesucristo, nuestro Maestro, nos regaló en un paraje llano (equivalente en algunos puntos al sermón de la montaña en el evangelio según san Mateo, caps. del 5 al 7). Ya lo escuchamos hablarnos acerca de dónde podemos encontrar la felicidad, también nos dejó varios mandamientos, entre ellos el amar a los enemigos. Ahora nos ofrece tres o cuatro instrucciones muy prácticas, pero también muy profundas para nuestra vida cristiana, y como son universales, para la vida de todos los seres humanos. A quienes no lo reconocen como el Hijo de Dios, habría que hacerles llegar todas sus enseñanzas; serían el comienzo de una vida de salvación también para ellos.

La primera instrucción que escuchamos hoy: "¿puede acaso un ciego guiar a otro ciego?” Con mucho sentido común nos ilumina Cristo. Y, sin embargo, es lo que estamos viviendo. Como que muchos, si nos es que todos, opinamos como si fuéramos autoridades en tal o cual materia. Ciertamente todos tenemos derecho a pensar y a opinar, pero debemos hacerlo con mucho cuidado. Hablamos de política, de la familia, del aborto, de la vida, de la religión, de la justicia, de los derechos humanos, etc. No solamente nosotros a nuestro nivel, sino también en los medios de comunicación, en las redes sociales, en la calle. Recordemos: un ciego no puede guiar a otros ciegos porque todos caerán en un hoyo. Hay católicos que mejor se dejan llevar por lo que les llega en las redes sociales que por las enseñanzas de nuestros pastores. ¿Por qué mejor no invitamos a todos a entrar en los santos evangelios? Ahí encontramos a un verdadero Maestro, una luz que nos ilumina sobre las cuestiones más fundamentales de la vida humana.

Déjenme ponerles un ejemplo: cuando el Papa Francisco les envió una carta a los obispos de Estados Unidos sobre su preocupación por la suerte de los migrantes en esta nueva administración, uno de los funcionarios de ella se atrevió a decir que el Papa debería de dedicarse a los asuntos vaticanos y no entrometerse en otras cosas. Hasta ahí llegaba la ignorancia de este político, y no faltarán quienes se dejen guiar por esa opinión.

Abramos los ojos, tanto el laicado como la jerarquía. Si no abrimos los ojos a la realidad de nuestro tiempo, ¿cómo podemos ser guías de los seres humanos? Abramos los oídos a la Palabra de Dios y a las voces de nuestro mundo. No somos fanáticos de una religión. Creemos en el proyecto de salvación.

Enseguida nos advierte nuestro Señor con el conocidísimo dicho, ya extendido en todos los ambientes, de mirar la paja en el ojo ajeno. Somos muy dados a criticar, a juzgar y hasta condenar a nuestros prójimos. Deberíamos traer con nosotros un espejito para estarnos mirando nuestros propios defectos, porque lo que vemos en los demás, es en lo que nosotros mismos pecamos. Esta instrucción de Jesús no anula la corrección fraterna. Ambas cosas debemos integrarlas en nuestra espiritualidad (escuchamos en Lucas 17,3: "Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale”). Nos corregimos unos a otros por amor, como un servicio de salvación, no de condenación.

La tercera instrucción de hoy es una mirada profunda de Cristo al corazón de los seres humanos. Qué sentencia tan sabia: "la boca habla de lo que está lleno el corazón”. Los seres humanos hablamos de lo que traemos en el corazón, de ahí salen los frutos buenos o malos. Las zarzas no dan higos, ni los espinos dan uvas. ¿Qué frutos se pueden esperar de alguien que trae la maldad en el corazón? Y así lo vemos en nuestra sociedad y en nuestras comunidades, hay seres humanos que edifican, hay otros que destruyen. Quienes traen el egoísmo, el odio en sus corazones, esos hacen la guerra, asesinan, trafican con drogas, sólo los mueve el deseo de poder, del dinero, del placer egoísta, la ambición del dinero. No hacen falta discursos hipócritas en la política, en la religión, en la sociedad. Las personas construyen una nueva humanidad porque traen en su corazón las obras buenas, los frutos de los que habla nuestro Señor.

Finalmente, para terminar este sermón del llano, Jesucristo nos llama a la escucha y la obediencia a su Palabra: "¿Por qué me llaman: "Señor, Señor”, y no hacen lo que digo? Todo el que venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica… es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca”. Esta parte del sermón no se proclama en la liturgia de hoy, pero yo no dejo pasar la oportunidad para invitar a todos nuestros católicos, especialmente a los obispos y sacerdotes, a que promovamos la lectura de los santos evangelios como una práctica de la escucha de la palabra del Maestro. Ésta es nuestra vida cristiana, escuchar al Maestro y vivir sus enseñanzas.


 

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