NO AL DIABLO, AL MUNDO Y A UNO MISMO
Domingo 9 de marzo de 2025,
1° cuaresma - C
Lucas 4,1-13.
Carlos Pérez B., Pbro.
El primer domingo de cuaresma la
Iglesia siempre nos ofrece este pasaje de las tentaciones de Jesús en el desierto,
cada año en alguno de los evangelios sinópticos. Este año nos ha tocado
proclamar esta buena noticia en el evangelio según San Lucas.
Escuchamos que Jesús regresó del Jordán
lleno del Espíritu Santo (ver 3,22), el cual lo condujo directamente al desierto,
donde estuvo 40 días sin comer, justo lo que un ser humano, en plena salud,
puede durar sin alimento. Jesucristo, en esto, no hizo ninguna proeza
sobrehumana, sino al contrario, se mostró plenamente humano, para que en él nos
veamos a nosotros mismos. Incluso también nosotros podemos vencer esas
tentaciones, siempre y cuando nos dejemos mover por la fuerza del Espíritu
Santo.
Era necesario que Jesús se probara a sí
mismo y se dejara poner a prueba por el diablo para ser fiel a la misión a la
que el Padre lo había enviado: iniciar y establecer el reinado de su amor,
justicia, paz para todos los seres humanos. Había ciertamente varias maneras de
cumplir esta misión, pero la manera que el Padre había escogido era mucho muy
especial, un verdadero misterio de su sabiduría.
Pongamos mucha atención a la manera
como el diablo le presentó cada una de las tentaciones. Dos veces le dice: "si eres el Hijo de Dios”. No se trata
solamente de que la comida sea la tentación de un hombre que tenía 40 días sin
comer. Se trata sobre todo de su condición de Hijo de Dios, de sus poderes, de
la protección y asistencia especial de su Padre celestial. Jesucristo, como nos
lo pedirá más delante a nosotros ("Si alguno quiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo” Lucas 9,23), le dijo al diablo y
a sí mismo que No. En esto hemos de ejercitarnos en esta cuaresma, en decirnos
que no para ser fieles a los planes de salvación de Dios nuestro Padre para
esta humanidad.
En san Mateo escuchamos más completa la
frase del Deuteronomio 8,3: "no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que
sale de la boca de Yahveh”. La Palabra de Dios es alimento para todo ser humano, y lo hemos de
mostrar así, con toda claridad y fuerza, los que nos decimos cristianos.
Nuestra fortaleza es escuchar al Señor y seguir sus caminos. Es triste que
hayamos y sigamos educando a nuestros católicos en las solas devociones y no en
la escucha de la Palabra de Dios, que es la fuerza para vencer las tentaciones.
La segunda es la tentación del poder, de la gloria, de las riquezas.
¿Apoco no son estas las tentaciones del ser humano?: dominar, imponerse sobre
los demás, apropiarse de los otros y de sí mismo. Los vemos en nuestras
familias, en nuestros círculos laborales y sociales, en la política, en los
gobernantes y los que aspiran a serlo, hasta en la Iglesia. Jesús dice
categóricamente que No, porque sólo a Dios hay que adorar y servirle sólo a él.
Repito, para eso nos puede servir la cuaresma, para ejercitarnos en el ‘no’ a
nosotros mismos y a las tentaciones del mundo. No se puede servir a Dios y al
dinero, lo dice Jesús en Lucas 16,13.
La tercera tentación es una
tentación muy religiosa. El diablo, que es tan diablo, lo tienta con la misma
Palabra de Dios. Es el salmo responsorial de la liturgia de hoy, el salmo 91
(90). Permítanme citar varios de sus versículos: "Tú eres mi refugio y fortaleza; tú eres mi Dios y en ti
confío. No te sucederá desgracia alguna, ninguna calamidad caerá sobre tu casa,
pues el Señor ha dado a sus ángeles la orden de protegerte a donde quiera que
vayas. Los ángeles de Dios te llevarán en brazos para que no te tropieces con
las piedras, podrás pisar los escorpiones y las víboras y dominar las fieras.
Puesto que tú me conoces y me amas, dice el Señor, yo te libraré y te pondré a
salvo. Cuando tú me invoques, yo te escucharé, y en tus angustias estaré
contigo, te libraré de ellas y te colmaré de honores”.
El
salmo nos invita a la confianza extrema, según la mentalidad del antiguo
testamento, esperando que Dios nos prive hasta del más mínimo sufrimiento. Pero
la mentalidad del Nuevo Testamento es otra, la mentalidad del Evangelio.
Jesucristo no quiso tentar al Padre tirándose de cabeza de lo más alto del
templo, o esperando que el Padre lo librara del hambre y demás necesidades, que
lo privara del odio, de la envidia de sus adversarios. El Padre no envió a sus
ángeles para que no permitieran que crucificaran a su Hijo, todo lo contrario,
se quedó abandonado completamente, como lo expresó en la cruz citando palabras
del salmo 22: "Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me has abandonado?”, a pesar de que, en el huerto de los olivos, le
había pedido al Padre que lo librara de ese trago tan amargo… pero siempre
dispuesto a que se realizara mejor su voluntad salvadora de Padre (ver Lucas
22,42).
Los
católicos, y todos los cristianos, le pedimos a Dios toda clase de seguridades
y protecciones, pero, como el mismo Jesús nos enseñó a decir en la oración del
‘Padre Nuestro’: "hágase tu voluntad en
la tierra como en el cielo”. Cultivémonos en esta cuaresma en nuestra
disposición para entrar en la voluntad del Padre celestial. A nosotros también
nos pide que nos entreguemos de cuerpo y de espíritu entero a su proyecto de la
salvación de todos los seres humanos.