Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





QUÉ PADRE TAN EXTRAORDINARIO

Domingo 30 de marzo de 2025, 4° cuaresma - C

Lucas 15,1-3 y 11-32.

Carlos Pérez B., Pbro.

 

Jesucristo les explica a escribas y fariseos, y a nosotros también, el porqué de su comportamiento, de su manera de ser y de su venida al mundo. Lo hace con tres parábolas: la de la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido. No está el acento en la pérdida sino en el reencuentro con lo que se había perdido, en la alegría de Dios que sale al encuentro de los pecadores, en su Hijo Jesucristo. Hoy sólo proclamamos la tercera parábola, muy rica en detalles con los cuales Jesús describe al Padre eterno.

¿Por qué el Hijo de Dios convive con publicanos, con pecadores, paganos, impuros? ¿Por qué el Espíritu Santo condujo a Jesucristo a Galilea, tierra de pecadores, enfermos y poseídos por espíritus impuros? Estas preguntas las responde Jesús, no con explicaciones teológicas, sino con parábolas, ¡y qué parábolas!

El hijo menor, después de recibir la parte de su herencia, se tira a la perdición. Esperamos que todos los oyentes nos identifiquemos con él. Todos somos pecadores. En su perdición, llega un momento en que toma conciencia de hasta dónde ha caído. Jesucristo lo describe con el hambre y cuidando a los cerdos, que tanta repugnancia provocaban en los judíos, que ni siquiera los comían. Conviene que todos tomemos conciencia que esto es el pecado: es bajeza, algo antihumano; el odio, el egoísmo, la agresión, la mentira al prójimo, el engaño al pueblo, la indiferencia, el robo, el despojo, el abuso de poder, etc., etc. Este evangelio nos invita a que, en este tiempo de cuaresma y siempre, hagamos un buen examen de conciencia.

Luego está la decisión de este hijo perdido: "volveré y le diré a mi padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Son, desde luego, palabras de nuestro Señor que él pone en nuestro corazón. Acojámoslas humildemente, son de él. ‘Ya no merezco llamarme cristiano, ya no merezco que me digan papá o mamá, esposo, esposa, hermano, sacerdote, obispo’. El verdadero arrepentido acepta perder su condición y sus privilegios. El falso arrepentido reacciona con orgullo: ‘yo no tengo la culpa, yo nunca me equivoco, voy a hacer como que no pasó nada, a esperar que todo se les olvide’.

Jesucristo nos invita a tomar la decisión de volver al Padre. ¿Cómo es el Padre? Es un Padre que cada día está pendiente del regreso del que se le ha perdido, por eso pudo divisarlo de lejos. "Se enterneció profundamente”, algo así como que se le movieron sus entrañas, ahí donde se siente la compasión. Yo, y toda la humanidad, no merecemos llamarnos hijos suyos, pero este Padre sale a nuestro encuentro corriendo y nos recibe con abrazos y besos, con ropa, calzado, anillo ¡y con fiesta! Lo había mencionado Jesús así en las dos anteriores parábolas: "habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”. Esta es la salvación del mundo, si los seres humanos entráramos en la alegría del Padre porque ya dejamos de destruirnos unos a otros.

Conviene que también, sobre todo nosotros que somos gentes religiosas, nos identifiquemos con el hermano mayor, el que se niega a entrar en la alegría y en la fiesta de su Padre, como los escribas y fariseos. Es fácil que nos alegremos al recuperar un llavero perdido, un celular, la cartera, la tarjeta del banco, el auto, no se diga un hijo extraviado o desaparecido. Pero no es tan fácil que nos alegremos porque los asesinos, los asaltantes, los malvivientes un día se lleguen a convertir y se quieran volver buenos. Si nos han hecho daño, seguramente nos vamos a resistir a reconciliarnos. El Padre eterno sí se alegra, así se trate del más pecador del mundo, por eso se ha dignado enviarnos a su Hijo.

Permítanme añadir este comentario: hay movimientos sociales, o movilizaciones, por las cuales debemos sentir ciertamente respeto y entrar en sus zapatos y en sus sentimientos, pero que, además de pedir justicia, fomentan el odio, la condena tajante de quienes han cometido un delito grave. Siempre estaremos de parte de los débiles, de los más desprotegidos, pero desde nuestro espíritu cristiano, desde el corazón de Jesucristo, les quisiéramos hacer llegar este mensaje: no es el odio y la condena lo que nos debe mover a los seres humanos, sino el amor. El amor también exige justicia, protección para con los inocentes, prevención. Pero el amor es el que salva, el odio nos destruye.


 

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