Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





DIOS AMA A LOS PECADORES Y QUIERE SALVARLOS

Domingo 6 de abril de 2025, 5° cuaresma - C

Filipenses 3,7-14; Juan 8,1-11.

Carlos Pérez B., Pbro.

 

Pongamos atención a cada detalle de esta narración evangélica para que apreciemos la riqueza de persona que es nuestro señor Jesucristo.

Jesucristo había llegado, desde Galilea, a la ciudad de Jerusalén para vivir el final de su existencia terrena, su entrega plena de la vida. Días antes de ser crucificado, iba al templo a enseñar, y por las noches se retiraba al monte de los olivos, para la oración, esa oración de comunión con el Padre como lo conocemos bien de él.

Así es que, al amanecer, como lo escuchamos en el evangelio, regresó al templo, se sentó y se puso a enseñar a la multitud. Imaginémonoslo así, sentado entre la muchedumbre, como un Maestro del pueblo, con sus típicas enseñanzas sencillas. Jesucristo no era un catedrático de salón de clases, de cosas de libros. Así lo hemos de vivir ahora, abramos los santos evangelios para que él nos enseñe, tantas cosas que tiene que enseñarnos, porque si no vamos a los santos evangelios, ¿cómo nos puede él enseñar? Y la enseñanza con la que nos topamos ahora es formidable, más que palabras, es con su acogida, porque él recibe a la muchedumbre, a los escribas y fariseos, y a una mujer que traen como jueces que se creen sobre las personas. ¿Cómo reacciona Jesús ante ellos y ella?

Esta mujer había sido sorprendida en flagrante adulterio. Bueno, sabemos que el adulterio no lo comete una persona sola, sino en pareja. ¿Dónde quedó entonces el fulano adúltero? No se lo presentaron a Jesús, sólo a la parte más débil. La ley de Moisés, para erradicar esta clase de pecados, les ordenaba apedrear a ambos, no sólo a la mujer. Así lo leemos en la Biblia: "Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, será muerto tanto el adúltero como la adúltera” (Levítico 20,10). Según esto, Jesús como buen judío, para ser fiel a la ley de Moisés, tenía que haberles dicho: ‘ándeles pues, apedréenla, y busquen al hombre para que lo apedreen también a él’. Pero si Jesús les dice que tengan compasión por ella, estaría violando la ley de Moisés o dándole la contra, con lo cual estaría siendo también él digno de condenación. Jesucristo se había ganado su lugar de Maestro, de intérprete autorizado de la Palabra de Dios, por eso comparecen ante él, pero también porque le traían ganas y querían cazarlo en alguna trampa para poder acusarlo y condenarlo a muerte.

Pero Jesús no les contesta nada, sino que se agacha y se pone a escribir en el suelo. ¿Qué significa esto? ¿Indiferencia, enojo, falta de interés en este caso? ¿O les da oportunidad para que la piensen y recapaciten? Sólo ante su insistencia, se incorpora Jesús y les deja caer una frase lapidaria que hasta en nuestros ambientes civiles y paganos se utiliza: "Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. No esperaban eso, ni tampoco nosotros, les metidos en religión, los eclesiásticos. Con unas cuantas palabras Jesucristo nos desnuda, deja al descubierto nuestra conciencia. Quizá no nos habíamos mirado en el espejo y Jesús consigue que lo hagamos. Nosotros condenamos al mundo por tantas cosas, y el mundo nos condena a nosotros. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Mejor llamémonos unos a otros a no pecar.

Este pasaje evangélico de la mujer adúltera perdonada, lo encontramos en el evangelio según san Juan, pero como que todos nos damos cuenta, en una lectura continuada, que no es éste su lugar porque rompe con la narración que le antecede y le sigue. Los biblistas lo colocan al final del capítulo 21 de san Lucas. En los tiempos en que se estaban conformando los santos evangelios, como que este pasaje provocó escándalo y algunos lo quitaban para que no fuera canónico, porque Jesús no quiso condenar a una mujer que no tuvo manera de mostrar su arrepentimiento (como sí lo hizo la mujer de mala vida de Lucas 7), pero otros, en cambio, que reconocían la bondad de su buena noticia, lo volvían a integrar en los evangelios reconocidos por la Iglesia; y resulta que no quedó bien colocado, pero es lo de menos, lo bueno es que se conserva como canónico, como revelado, porque es una joya de evangelio, y hace aparecer a nuestro Señor en todo lo extraordinario de su persona. Bien dice san Pablo en la segunda lectura de hoy (Filipenses 3) que el conocimiento de Jesucristo es el bien supremo, nada se le compara. Hemos de dejarnos hacer por el conocimiento de Jesucristo. Que este pasaje evangélico nos haga enamorarnos aún más de Jesucristo. Él siempre está del lado de los pobres, de los condenados, de los excluidos, porque Dios Padre los ama y no quiere que vivan en el pecado. Bien escribió el p. Chevrier: "¡Oh Verbo, oh Cristo, qué grande eres, qué bello eres!”

Todos hemos de identificarnos con esta mujer. Jesús no quiere condenarnos sino salvarnos. Y por eso entregará su vida en una cruz.


 

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