JESÚS ES UNGIDO PARA LOS PECADORES
El Bautismo del Señor, 11 de enero de 2026
Isaías 42,1-7; Mateo 3,13-17.
Mateo 3,13-17.-
En aquel tiempo, Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan
que lo bautizara. Pero Juan se resistía, diciendo: "Yo soy quien debe ser
bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?” Jesús le respondió: "Haz
ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios
quiere”. Entonces Juan accedió a bautizarlo.
Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y
vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre él en forma de paloma y oyó una
voz que decía, desde el cielo: "Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis
complacencias”.
Un
comentario. -
Terminamos el
tiempo litúrgico de la Navidad con la fiesta del Bautismo del Señor. Primero lo
hemos contemplado en el pesebre, luego lo vimos manifestándose a los pueblos
paganos en la persona de los magos del oriente, y ahora lo vemos manifestándose
a los pecadores, en el Jordán.
El pueblo judío
no bautizaba a las personas; ni a los niños ni a los adultos. Moisés no les
había dejado ese mandamiento. En vez del bautismo, desde los tiempos de
Abraham, Dios les había mandado que circuncidaran a todos los varones (vean
Génesis 17). El Niño Jesús recibió esa marca a los ocho días de nacido, con lo
que se convirtió en un judío en toda forma.
Así pues, el
bautismo era una actividad fuera de la institucionalidad de los judíos. Juan
Bautista, de linaje sacerdotal, en vez de anotarse como sacerdote en los turnos
de servicio del templo de Jerusalén, mejor se fue al desierto, impulsado por el
Espíritu Santo, y ahí en el desierto, en el río Jordán bautizaba a los
pecadores como señal de conversión, de cambio de vida.
Jesucristo
nuestro Señor, ¿era uno más de los pecadores que se le juntaban a Juan? Sabemos
que Jesucristo no era un pecador, quizá ante las leyes judías sí, porque no
respetaba el sábado, ni las normas de la pureza, ni otras tradiciones judaicas.
Pero, en lo que respecta al Padre, era obediente hasta la entrega de la vida.
Qué bien lo expresa el profeta Isaías en la primera lectura, en el primer
cántico del siervo de Yahveh: "Miren a mi siervo, a quien sostengo, a mi
elegido, en quien tengo mis complacencias. En él he puesto mi espíritu para que
haga brillar la justicia sobre las naciones”.
Jesucristo baja al
Jordán para cumplir la voluntad del Padre, y el Espíritu Santo confirma esa
voluntad bajando sobre él. Es que el Padre lo enviaba precisamente a los pecadores, no a los santos; a
los enfermos, no a los sanos, y así lo viviría con claridad hasta su muerte en
la cruz, en medio de dos pecadores (Marcos 2,17: "No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal; no
he venido a llamar a justos, sino a pecadores”).
Jesús no subió
al templo para ser consagrado por los sumos sacerdotes como Enviado de Dios.
Fue el Espíritu Santo quien lo ungió, en medio de los pecadores, en el río
Jordán. Los cuatro evangelistas nos relatan esta bajada de Jesús al
Jordán, donde Juan estaba bautizando. Mateo, Marcos y Lucas nos dicen que Jesús
sí fue bautizado por Juan, aunque con resistencias, como lo consigna solamente
san Mateo, a quien hemos escuchado hoy. Pero el evangelista san Juan no nos
refiere que el Bautista bautizó a Jesús, quizá porque, al igual que nosotros,
pensó que Jesús no tenía necesidad de ser bautizado. El domingo próximo, con el
favor de Dios, proclamaremos el testimonio que dio Juan bautista de Jesús, sin
bautizarlo. Porque más bien fue el Espíritu Santo, y en esto sí coinciden los
cuatro, el que lo ungió para llevar y ser la salvación para los pecadores, y a
partir de ellos, a los que piensan que no lo son, pero sí lo somos todos.
El Espíritu
ungió a Jesús para que saliera a impregnar con el mismo Espíritu a todo el
mundo. ¡Cómo necesita nuestro mundo el Espíritu de Dios!, es la convicción
profunda que vivimos los creyentes. Lo sentimos con claridad nosotros y para
nosotros, lo vemos en el mundo de hoy: cómo la violencia, el odio, el egoísmo,
el amor al Ego dominan nuestras personas y a todo nuestro mundo, especialmente
ambientes políticos, pero también movimientos ideológicos, religiosos y
eclesiásticos. Las gentes del poder hacen y deshacen con los más débiles, a
quienes deberían de servir; en la sociedad tantas personas que no se cansan de
agredir a los demás, con sus delitos, el robo, la extorsión, la trampa, el
engaño, la mentira, la guerra, la violación de los derechos humanos; también en
nuestros entornos ordinarios, la familia, el ambiente laboral, vecinal. Todos
necesitamos abrir el corazón y todo nuestro ser al Santo Espíritu de Dios para
llegar a ser mujeres y hombres nuevos, hombres y mujeres más que espirituales,
hombres y mujeres del Espíritu, que se dejan conducir por el Espíritu, para
llegar a ser la nueva humanidad que es el designio de nuestro Creador, calcados
en este Hijo del hombre ungido por el Espíritu.
Su
hermano: Carlos Pérez
B., Pbro.