Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





VAYAMOS A GALILEA PARA REANDAR EL CAMINO DE JESÚS

Domingo de La Ascensión del Señor, 17 de mayo de 2026

Mateo 28,16-23. -

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.

Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

 

Un comentario. -

En la versión del evangelista san Mateo, escuchamos que Jesús, en la última cena, les hizo este anuncio a sus discípulos: "después de mi resurrección, iré delante de ustedes a Galilea” (Mateo 26,32). De manera que, una vez que resucitó, el primer día de la semana después del sábado, un ángel les dijo a las mujeres que habían ido al sepulcro, muy temprano: "Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de ustedes a Galilea; allí le verán” (Mateo 28,7).  Luego, ellas corrieron a dar la noticia a los discípulos, y en el camino, Jesús les salió al encuentro para darles la misma indicación: "En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: ‘alégrense’. Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron. Entonces les dice Jesús: No teman, vayan, avisen a mis hermanos que vayan a Galilea; allá me verán” (Mateo 28,9).

Todos los que leemos esto en el evangelio según san Mateo (y también en san Marcos), entendemos que hemos de entrar nuevamente (una y otra vez) al Evangelio, y página tras página, hacer el recorrido por los caminos y las casas de Galilea, como al principio, pero ahora iluminados por su resurrección. Contemplemos la vida y el ministerio de Jesús en esa región bendita a la que los judíos consideraban una tierra maldita, plagada de pecadores, pobres, enfermos, impuros, alejados de Dios. Y escuchamos esto como un llamado: ¿queremos encontrarnos con el Resucitado? Pues vayamos a Galilea, allá lo veremos.

En esta vuelta desde el principio de los evangelios, se nos iluminarán la mente y el corazón, y todas nuestras actividades pastorales porque, con esta clave de resurrección volveremos a escuchar los discursos, las parábolas y demás enseñanzas de Jesús; sus milagros como vivencias anticipadas del reino de Dios con aquellas ‘miserables’ y bienaventuradas gentes; sus encuentros con las multitudes, su caminar de Maestro con sus discípulos, sus desencuentros con los dirigentes del pueblo, su entrega de la vida por la salvación-transformación de raíz de esta humanidad, a partir de los pobres, de los últimos.

Pero Galilea, eso discernimos a tono con el evangelio, no es un lugar meramente geográfico del mundo, sino un lugar teológico (social, religioso), que se reproduce en infinidad de lugares de nuestro planeta: ahí donde están los pobres, los marginados, o como lo leemos en este mismo evangelio según san Mateo: "Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea… para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: "¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí… Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido… Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Su fama llegó a toda Siria; y le trajeron todos los que se encontraban mal con enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó” (Mateo 4,12-24).

Así es que salgamos a la calle, y recreemos esos recorridos por el Evangelio, en nuestra realidad, haciendo lo que el Resucitado hizo en Galilea y quiere seguir haciendo en nuestro mundo.

En estos tiempos de religiosidades, grupos exaltados, incluso de ceremonias socio-religiosas eventuales, y hasta muy solemnes, hemos de caer en la cuenta que el encuentro con Jesús Resucitado sigue siendo Galilea.

Nuestra Iglesia universal celebra la Ascensión de nuestro Señor a los cielos al 40° día de la pascua, que se cumplió este jueves pasado, esto según las cuentas de san Lucas en el libro de los Hechos, como lo acabamos de escuchar en la primera lectura: "En mi primer libro, querido Teófilo, escribí acerca de todo lo que Jesús hizo y enseñó, hasta el día en que ascendió al cielo, después de dar sus instrucciones, por medio del Espíritu Santo, a los apóstoles que había elegido. A ellos se les apareció después de la pasión, les dio numerosas pruebas de que estaba vivo y durante cuarenta días se dejó ver por ellos y les habló del Reino de Dios… Dicho esto, se fue elevando a la vista de ellos, hasta que una nube lo ocultó a sus ojos. Mientras miraban fijamente al cielo, viéndolo alejarse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: "Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo? Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo han visto alejarse”. En México, para dar oportunidad a que más católicos celebren esta fiesta, los obispos han determinado que se celebre al domingo siguiente. Pero, para que vayamos conociendo cada vez más los santos evangelios, debemos notar que ni san Mateo ni san Juan nos hablan de esta subida. De hecho, tampoco san Marcos en su primer final, aunque sí en su segundo final que está más bien tomado de la tradición de san Lucas. Pero no es importante si subió o no físicamente, sino que pasó a vivir plenamente la Comunión con el Padre, como lo insiste el evangelista san Juan: "sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía” (Juan 13,3).

El evangelio según san Mateo termina así: "Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28,20). Así es que, no pasemos por alto, en nuestro quehacer pastoral, que de lo que se trata es "hacer discípulos”. No solamente bauticemos y bauticemos niños-niñas para agrandar las cifras de nuestra membresía católica, Jesucristo, lo vemos claramente aquí, no está hablando de un catolicismo light, a la ligera, aguado como el que nos hemos inventado nosotros. Tomemos a cada persona y, tomémosla de la mano, y vayamos educándola como verdadero discípulo de Jesús, principalmente en la escucha y estudio de los santos evangelios, para que, obedientemente, vayamos a donde nos envía Jesús. Jesús mismo nos deja el ejemplo que hemos de seguir en nosotros mismos y en todas las personas a las que vamos, empezando por nuestros católicos: ¿cómo formó él a sus discípulos? Hay que entrar en los santos evangelios para aprender.

 

Su hermano: Carlos Pérez B., Pbro.

 


 

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