(Ejemplos de Jesús a seguir: "Cómo contesta a los interrogatorios… No
teme decir lo que es. Cómo contesta a los sacerdotes”. Beato
Antonio Chevrier, El Verdadero Discípulo,
p. 471).
DIOS ESPERA BUENOS FRUTOS DE NOSOTROS
Domingo 27° ordinario - A, 4 de octubre de 2026
Mateo
21,33-43.-
En aquel tiempo, Jesús dijo a los
sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola: "Había una vez un
propietario que plantó un viñedo, lo rodeó con una cerca, cavó un lagar en él,
construyó una torre para el vigilante y luego lo alquiló a unos viñadores y se
fue de viaje.
Llegado el tiempo de la vendimia,
envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores; pero
éstos se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro y a otro
más lo apedrearon. Envió de nuevo a otros criados, en mayor número que los
primeros, y los trataron del mismo modo.
Por último, les mandó a su propio
hijo, pensando: ‘A mi hijo lo respetarán’. Pero cuando los viñadores lo vieron,
se dijeron unos a otros: ‘Éste es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos
con su herencia’. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron.
Ahora, díganme: cuando vuelva el
dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?’. Ellos le respondieron: "Dará
muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores que
le entreguen los frutos a su tiempo”.
Entonces Jesús les dijo: "¿No han
leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los constructores, es
ahora la piedra angular. Esto es obra del Señor, es un prodigio admirable?
Por esta razón les digo a ustedes que
les será quitado el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus
frutos”.
Un comentario. -
En los domingos del tiempo ordinario
de este año hemos venido caminando, de manera vivencial, detrás de nuestro
Maestro por las páginas del evangelio según san Mateo. En el capítulo 21
subimos al templo de Jerusalén donde Jesús viviría su conflicto final con la
clase dirigente del pueblo judío, conflicto que lo conduciría a la muerte en la
cruz.
El domingo pasado proclamamos y
escuchamos como buena noticia la parábola de los dos hijos, el que obedeció a
su padre y el que no hizo su voluntad. Parábola en clara alusión a los sumos
sacerdotes y ancianos del sanedrín, a los que Jesús tenía frente a sí. Ahora
escuchamos la parábola de los arrendatarios de la viña, también dirigida a
ellos mismos.
En esta parábola Jesucristo nos
hace, en pocas palabras, una síntesis de toda la historia de la salvación, con
la rebeldía de los hombres, que lamentablemente se sigue repitiendo hasta
nuestros días. El propietario del viñedo, plantación de parras, representa a
Dios nuestro Padre. Los arrendatarios son los dirigentes del pueblo, los sumos
sacerdotes, los ancianos del sanedrín, los escribas, fariseos, saduceos. Los
arrendatarios de la viña somos ahora nosotros, la curia romana, los obispos,
los sacerdotes, los católicos más adentrados en la religión.
Así es. Hemos de vivir nosotros las
cosas de esa manera, ponernos el saco, en lo que nos quede, dejar que
Jesucristo nos hable de frente, con energía, que nos pida cuentas de los frutos
que espera de nosotros. No sólo si nos portamos bien, sino del cuidado que
tenemos o no, de la plantación preferida de Dios que son los pobres, el pueblo,
como Jesús sí lo hacía admirablemente.
Las gentes de aquel tiempo, los
dirigentes del pueblo, se habían encerrado en su propia religiosidad, una
religiosidad que no salvaba, que no salía a buscar a los pecadores, a los
pobres, a los impuros, a los discapacitados, a quienes Dios ama con predilección.
Al contrario, los despreciaban y los excluían del templo y de las bendiciones
de Dios. Es más, a los enviados de Dios, los dirigentes, las gentes del poder,
los perseguían, como hicieron con los profetas. ¡Cómo sufrieron estos enviados
de Dios! Los calumniaron, los rechazaron en vez de escucharlos, los golpearon,
los apedrearon, los mataron. Y, para colmo, al mismísimo Hijo eterno de Dios lo
sometieron a un cruel tormento, lo azotaron, los crucificaron como si fuera un
delincuente.
Asumamos esta parábola para nosotros
mismos. ¿Cuántas cosas nos ha confiado Dios nuestro Padre? Hagamos una lista:
la vida, esta tan maravillosa vida humana, la creación, este mundo tan hermoso
y tan lleno de vida, su Palabra contenida en la Sagrada Escritura, en los santos
evangelios, su Santo Espíritu, los sacramentos, la vida de la Iglesia, la
familia consanguínea, la familia espiritual, la alegría, su paz, su perdón, su
misericordia, etc., etc.
¿Qué frutos le estamos presentando a
Dios? Muchos católicos hemos de reconocer que no vivimos las cosas espirituales
con las ganas que Dios quisiera. Somos muy tibios, flojos, indiferentes, sobre
todo a la caridad para con los más necesitados, y también en relación con los
sacramentos, con la escucha de su Palabra.
A los católicos más allegados a las
cosas de la Iglesia como que nos hace falta entusiasmo para estudiar los santos
evangelios, para salir, súper convencidos, a proclamarle a todo mundo que
Jesucristo es la buena noticia de la salvación, una salvación no imaginaria,
sino real, integral. Se nos hace fácil y cómodo encerrarnos en los rezos y la
liturgia.
Pero, sobre todo, quienes hemos de
ponernos el saco, con humildad y obediencia a la Palabra de Jesús, somos la
clase sacerdotal, desde los sacerdotes de la base hasta la curia romana,
pasando por los obispos. Algunos tenemos la impresión que nos hemos
esclerotizado, petrificado. Ha habido tiempos en que la misma jerarquía
eclesiástica hemos perseguido a los que pensamos que son adversarios, cuando en
realidad son constructores de la Iglesia, desde la base del pueblo.
Despreciamos a los pobres, nos refugiamos en el poder sagrado, nos encerramos,
le damos la espalda al pueblo, nos alejamos del mundo, al que estamos llamados
a llevar la salvación, al Salvador.
Bendito sea Dios que a los pasos que
dan los católicos más activos desde la base de la Iglesia, se ha unido una
parte de la jerarquía con la clara intención de volver a ser una Iglesia
sinodal. ¡Qué cosas tan admirables nos propone el documento que aprobaron y
publicaron hace dos años!:
«
Si la Iglesia sinodal desea ser acogedora, la rendición de cuentas debe
convertirse en práctica habitual en todos los niveles. Sin embargo, quienes
ocupan puestos de autoridad tienen una mayor responsabilidad en este sentido y
están llamados a rendir cuentas ante Dios y su pueblo. » (Documento final del
Sínodo de los obispos, # 99). En este documento se nos
habla insistentemente de escucha, de diálogo, de discernimiento conjunto, de
evaluación y presentación de cuentas. ¿Ya lo estamos estudiando?
Su hermano: Carlos
Pérez B., Pbro.