("Nuestro verdadero alimento es Jesucristo, su palabra divina, su
sagrada carne, su sangre adorable, ya que un día seremos llamados a este
banquete eterno…” Beato Antonio Chevrier, El Verdadero
Discípulo, p. 184).
DIOS NOS CONVOCA A UNA FIESTA
Domingo 28° ordinario - A, 11 de octubre de 2026
Mateo 22,1-14.-
En aquel tiempo, volvió Jesús a
hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo,
diciendo: "El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete
de bodas para su hijo. Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero
éstos no quisieron ir.
Envió
de nuevo a otros criados que les dijeran: ‘Tengo preparado el banquete; he
hecho matar mis terneras y los otros animales gordos; todo está listo, vengan a
la boda’. Pero los invitados no hicieron caso. Uno se fue a su campo, otro a su
negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los
mataron.
Entonces el rey se llenó de cólera y
mandó sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos y prendieron fuego a la
ciudad.
Luego les dijo a sus criados: ‘La
boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos.
Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a
todos los que encuentren’. Los criados salieron a los caminos y reunieron a
todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala del banquete se llenó de
convidados.
Cuando el rey entró a saludar a los
convidados vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y
le preguntó: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’ Aquel hombre
se quedó callado. Entonces el rey dijo a los criados: ‘Átenlo de pies y manos y
arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación’.
Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”.
Un comentario. -
Continuamos contemplando a nuestro
Señor Jesucristo en conflicto abierto con los sumos sacerdotes y los ancianos
del sanedrín, quienes eran los encargados de administrar el templo de Jerusalén
y toda la religiosidad judía. A eso había llegado Jesús desde Galilea, a hacer
ver que esa manera de entender y vivir la relación con Dios y con los demás, era
por demás inadecuada: cultualista, excluyente, sin misericordia, hipócrita,
elitista, en fin, una religión que no salvaba al pueblo pecador, que también lo
eran ellos.
En esa plática que sostiene nuestro
Maestro con los notables del pueblo, les ha dirigido dos parábolas, la que
proclamamos del domingo antepasado, la parábola de los dos hijos, el que sí
hizo la voluntad de su padre y el que no, hijo que los representa a ellos. El
domingo pasado proclamamos la parábola de los viñadores asesinos, que también
Jesús les aplica a ellos, porque, en vez de presentarle frutos a Dios, en su
lugar matan a sus enviados, incluido el Hijo de Dios. Ahora les presenta otras
dos parábolas que, por la redacción parecen una, pero claramente se ve que son
dos. La primera del versículo 1 al 10, y la segunda del versículo 11 al 14.
Qué bonito que nuestro Señor compara
el Reino de Dios con una fiesta de bodas o con un banquete. En otros lugares
así nos lo presenta Jesucristo:
"¿Pueden acaso los
invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos?” (Mateo 9,15).
"El Reino de los Cielos será
semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al
encuentro del novio” (Mateo 25,1).
"Y vendrán de oriente y
occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios” (Lucas 13,29).
"Se celebraba una boda en
Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda
Jesús con sus discípulos” (Juan 2,1).
Pues bien, Jesucristo les está
diciendo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del sanedrín y a toda la clase
más religiosa del pueblo judío, que ellos son los primeros invitados a la
fiesta del Reino, pero lamentablemente se están resistiendo a participar en
ella, incluso, le están cerrando el paso a todo el pueblo, con esa religiosidad
tan cerrada y estrecha que están practicando ("¡Ay de ustedes, escribas y
fariseos hipócritas, que cierran a los hombres el Reino de los Cielos! Ustedes
ciertamente no entran; y a los que están entrando no les dejan entrar” Mateo 23,13). Y no sólo se están negando a participar en la fiesta de Dios, sino
que, para colmo de males, hasta han insultado y matado a sus enviados.
Jesucristo no compara el Reino de
Dios con un funeral, o con una jornada de trabajo, o con una reunión aburrida.
Esto debe de ponernos a pensar a los católicos y especialmente a nuestros
dirigentes. ¿Por qué no logramos atraer a todos los católicos a la fiesta de
Jesús, que no sólo se celebra en la Misa sino que se vive todos los días y las
24 horas del día? ¿Por qué no logramos atraer a los no creyentes hacia esta
Persona tan fascinante que es Jesucristo? La causa no sólo está en ellos, sino
también en nosotros. No les hemos presentado el evangelio de la gracia, de la
vida, de la salud corporal y espiritual, el evangelio de la alegría, de la
fraternidad, de la salvación. Y nos resistimos a cambiar, a inculturar el
evangelio, adecuarlo a nuestros tiempos. Somos muy tercos en aferrarnos a ritos
de siglos pasados, como si nuestro Señor se hubiera sujetado a esos ritos.
Vemos en los santos evangelios que Jesús celebró la última cena con mucha
libertad, no como algo ritual. Y los evangelistas, con tantas diversidades
entre ellos, fueron muy libres en relatarnos, no sólo la Última Cena, sino
infinidad de encuentros salvadores con aquellas gentes, especialmente los
pobres, enfermos, impuros, pecadores, poseídos por espíritus impuros.
Como lo vamos a seguir contemplando
en estos domingos del tiempo ordinario, los dirigentes del pueblo se mostraron
en todo momento como adversarios de este pobre galileo que a nosotros nos ha
‘robado’ el corazón. El pueblo pobre y sencillo sí que se maravillaba por él.
En relación con la segunda parábola, No vayamos a caer en el error de
pensar que Jesucristo exige que vayamos elegantes al encuentro con él. En la
fiesta del Reino los principales invitados son los pobres, los humildes, los
arrepentidos. Las vestiduras más adecuadas para presentarse delante de Dios son
las obras de caridad, no las vestiduras exteriores.
Su hermano: Carlos
Pérez B., Pbro.