("Es necesario que haya unos hermanos que amen a estos niños, que los
comprendan y tengan hacia ellos afecto y entrega”. Beato Antonio
Chevrier, Cartas, # 23).
EL MANDAMIENTO UNIVERSAL DEL AMOR
Domingo 30° ordinario - A, 25 de octubre de 2026
Mateo 22,34-40.-
En aquel tiempo, habiéndose enterado los
fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él.
Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro,
¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?”
Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu
Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el
más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás
a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la
ley y los profetas”.
Un comentario. -
El evangelio según san Mateo (capítulo 21) nos platica que una vez que
llegó Jesús a la ciudad de Jerusalén, por haber expulsado a los vendedores del
templo, salieron a cuestionarlo, para cazarlo en alguna trampa y poder
condenarlo a muerte, primero los sumos sacerdotes y los ancianos del sanedrín,
luego, los fariseos y los herodianos, enseguida los saduceos, y finalmente este
doctor de la ley de Dios (una persona muy docta o estudiada en el antiguo
testamento de la Biblia).
Este doctor de la ley, para ver si Jesús contradice a Moisés, le hace
una pregunta magnífica, que nosotros debemos agradecerle, porque así nos
quedamos con la respuesta de nuestro Señor y Maestro. Para nuestro mayor conocimiento
de los santos evangelios, les comparto que este pasaje evangélico lo
encontramos en los tres evangelios conocidos como ‘sinópticos’, y conviene que
vayamos teniendo conocimiento de la riqueza que nos ofrecen los tres, incluso
el cuarto evangelio, Juan, en el que Jesús nos da la versión del nuevo
mandamiento del amor, en los capítulos 13 y 15.
En san Lucas, el doctor pregunta por lo que tiene que hacer para
alcanzar la vida eterna. Una segunda pregunta provoca la parábola del
samaritano compasivo que sólo en Lucas encontramos. Ver Lucas 10,25-37. En san
Marcos y en san Mateo leemos que el doctor de la ley pregunta por el
mandamiento más importante de la ley de Dios.
A mí me encanta la versión de san Marcos, porque ahí la respuesta de
Jesús comienza desde el llamado que Dios le hace a su pueblo. Jesucristo sabía
y con toda seguridad él mismo lo practicaba: todo judío recitaba diariamente el
‘Shemá’: "Escucha, Israel, el Señor tu
Dios es el único Señor”, Deuteronomio 6,4s. Esta primera parte sólo san Marcos
la transcribe.
A pesar de que la pregunta sólo le pedía por el mandamiento más grande,
Jesucristo responde con dos mandamientos, que en los libros de Moisés no vienen
juntos, porque el primero lo encontramos en el Deuteronomio, y el segundo, en
el libro del Levítico 19,18, ahí como perdido entre otros varios mandamientos.
La obra de Jesús es juntar ambos mandamientos como inseparables, el amor
a Dios y al prójimo. Moisés no los juntó. Además de ‘segundo’, Jesús le llama
‘es semejante’, al primero. Así es que nosotros, los cristianos, los acogemos
en la espiritualidad de Jesús.
Qué deleite para el creyente escuchar a Jesús. No es un piadosista, es
un Maestro universal. Un creyente de cualquier religión, al escuchar a Jesús se
sentirá movido a vivir el mandamiento del amor como salvación para la
humanidad.
El primero, pues, dice: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y
con toda tu mente”. ¿Y cómo
podemos brindar nuestro amor a Dios si no lo vemos, si no lo tenemos al alcance
de la mano? ¿Le daremos de comer si tiene hambre, lo abrigaremos si tiene frío,
le daremos descanso si está muy fatigado? Pues lo primero que nos pide Dios en
el Deuteronomio, y Jesucristo lo ratifica en varios pasajes de los santos
evangelios, y con toda su vida, es que lo escuchemos. Dios es un Dios que
habla, que nos habla a partir de la Biblia, un Dios que quiere ser obedecido.
¿Así como los dictadores de este mundo? Claro que no. Dios no nos da
mandamientos porque necesite algo de nosotros. Dios nos enseña el camino de la
salvación en su Hijo Jesucristo. Así es que, además de escuchar a Dios en su
Hijo Encarnado, hemos de seguirle los pasos, por el bien de nosotros, por el
bien de nuestro mundo. Dios nos pide que lo amemos, pero en realidad él nos ha
amado primero. Acojamos con agradecimiento su amor, y correspondámosle de la
misma manera… claro que nuestro amor siempre será más pequeño y limitado.
Y la palabra de Dios, en toda la Biblia,
especialmente en los santos evangelios, nos remitirá siempre hacia nuestro
prójimo, hacia nuestros hermanos, especialmente los más pobres, los sufrientes,
los excluidos. Dios los ama con especial predilección y lo mismo hemos de hacer
nosotros. Dice al apóstol san Juan en la primera de sus cartas: "quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no
ve” (1 Juan 4,20).
Precisamente por eso Jesucristo no quiso separar el amor a Dios del amor al
prójimo.
Y Jesús nos da la medida de ambos amores: A Dios, con todo tu corazón,
con toda tu alma, con toda tu mente. A tu prójimo, como a ti mismo. Los seres
humanos somos muy narcisistas, nos súper amamos a nosotros mismos, hacemos
hasta lo que no, por nosotros mismos. Pues esa medida nos da Jesús. Y él mismo
lo pone en práctica en todo su ministerio hasta llegar a la cruz.
Contemplémoslo así en los santos evangelios. No es un maestro de religión, es
la encarnación del amor de Dios.
Permítanme insistir: el mandamiento más importante de la ley de Dios no
es el culto, ni los rezos, ni las cosas religiosas, sino el amor. Y el amor,
para que sea integral, debe de conducirnos a transformar nuestro mundo en una
casa para todos. Amemos a nuestros hermanos cambiando nuestra sociedad, la
cultura, la política, la economía, y hasta nuestra misma Iglesia, para que no
sean excluyentes.
Su hermano: Carlos
Pérez B., Pbro.
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