("Cómo ha practicado nuestro Señor Jesucristo la pobreza. Ha querido ser
pobre, ha escogido unos padres pobres, nació como un pobre, la pobreza fue su
carácter distintivo. Se puso al nivel de los pobres…”. Beato
Antonio Chevrier, El Verdadero Discípulo,
p. 407).
JESÚS NOS CONVOCA A LA FELICIDAD
Solemnidad de todos los Santos, domingo 1 de noviembre de
2026
Mateo 5,1-12.-
En
aquel tiempo, cuando
Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron
sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, hablándoles así:
"Dichosos los pobres de espíritu, porque
de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque serán
consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que
tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los
misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de
corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se
les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos serán ustedes, cuando los
injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense
y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”.
Un comentario. -
Hoy celebramos a todos los santos juntos, conocidos y no conocidos. A lo
largo del año, cada día celebramos la memoria de alguno o algunos de ellos. Seguramente
cada uno de nosotros tiene algún santo o santa de su devoción.
En la Iglesia católica, gracias a Dios, literalmente por la gracia de
Dios, los santos son muchísimos, como lo escuchamos proféticamente en la
primera lectura: "Vi luego una muchedumbre tan
grande, que nadie podía contarla. Eran individuos de todas las naciones y
razas, de todos los pueblos y lenguas. Todos estaban de pie, delante del trono
y del Cordero; iban vestidos con una túnica blanca; llevaban palmas en las
manos y exclamaban con voz poderosa: La salvación viene de nuestro Dios, que
está sentado en el trono, y del Cordero… ¿Quiénes son y de dónde han venido los
que llevan la túnica blanca? Son los que han pasado por la gran tribulación y
han lavado y blanqueado su túnica con la sangre del Cordero”.
Jesucristo tiene su manera muy propia de ver, entender y vivir la
santidad y la felicidad. Los seres humanos generalmente buscamos la felicidad
en el dinero, en el poder, el placer de un momento, en la diversión, en la
comodidad, en ocasiones hasta en la venganza, en la muerte de otros, en la
destrucción.
En cambio, nuestro señor Jesucristo nos hace un llamado fantástico, que
nosotros debemos acoger como el verdadero camino que nos conduce a todos, a
todo nuestro mundo, a la salvación: las bienaventuranzas, felicidades o dichas.
Ésta es la religión de Jesús, sus mandamientos, su espiritualidad, su
programa de vida, su santo reino, la verdadera santidad. Jesucristo no compara
el reino de Dios con un funeral, o con una reunión tediosa. En diversas
ocasiones los católicos nos hemos hecho un modelo de santidad distinto al que
nos propone Jesús: personas muy serias, que no se ríen, muy mustias, que no
quiebran un plato, que no critican a nadie, ni a este mundo nuestro y sus
poderes y afanes temporales, calladitos, de ojos cerrados, hasta distantes del
mundo. Y por eso, la santidad la vemos muy alejada de nosotros. Yo recuerdo que
el seminario, sobre todo en sus primeros años, fue una vida de encierro, para
no contaminarnos del mundo, ese mismo mundo al que seríamos enviados a
salvarlo. Es que no conocíamos a Jesús, su santo evangelio. Vivíamos nuestra
religiosidad más parecida a la de los fariseos y escribas del tiempo de Jesús.
¿Cómo vivió el Hijo eterno su vida encarnada? Fue amigo de publicanos y
pecadores, cercanísimo a los enfermos, a los impuros, se dejó amar por aquella
mujer de mala vida (que no sería la única), vivió pobre y entre los pobres,
asistía a las fiestas de los pobres, comparó el reino de Dios con una fiesta de
bodas, con un banquete, con los juegos de los niños. La gente se congregaba
feliz en torno suyo. Y él, desde luego es el Santo de los santos. Tan santo que
entregó su vida en una cruz, como si fuera un delincuente, por la salvación de
toda la humanidad. Jesucristo es el camino de la verdadera felicidad. Los
cristianos, las cristianas, no debemos vivir la vida en una clave distinta a la
de nuestro Señor y Maestro.
Permítanme una pequeña nota
sobre cada bienaventuranza:
"Bienaventurados
los pobres en el espíritu”.
Viéndolo a él, decimos que se trata de una pobreza verdadera, la pobreza de
quien renuncia a otras cosas por poner lo más importante en la base de la
felicidad, en la voluntad salvadora del Padre, en los pobres, en los
sufrientes, en los ninguneados de este mundo. Para vivirla, hay que poner el
corazón en Dios, no en los bienes pasajeros. Dejemos que el Espíritu Santo nos
vaya trabajando con su luz y su fortaleza para vivir la vida como la vivió
Jesús.
"Bienaventurados los que lloran”. ¿Por qué dice Jesús que son bienaventurados si
están llorando? Porque los ve con otra mirada, es el llanto al que le sale a su
encuentro Dios, el consuelo pleno. Y los creyentes tenemos que aceptar y
sentir, como un grande consuelo, que Dios declare felices a tantas gentes que
han sufrido tanto en este mundo, algunos que no han vivido más que en medio de
sufrimientos. Pienso en los que han sufrido torturas por parte del poder de
otros, los que han muerto en las guerras, los atormentados en los regímenes
autoritarios, los eternamente enfermos, etc. El Dios de todo consuelo está con
ellos y los tiene en su corazón.
"Bienaventurados
los mansos, los pacíficos”.
Muchas personas entre nosotros viven el espíritu de la mansedumbre de
Jesucristo, como él mismo nos lo enseña: "aprendan de mí que soy manso y
humilde de corazón y encontrarán descanso para sus almas” (Mateo 11,29). El
presidente de Estados Unidos se cree merecedor del premio Nobel de la paz, con
tanta guerra que provoca. Qué bueno que en este año se lo dieron a una mujer
sudafricana que siempre ha luchado por los derechos humanos.
"Bienaventurados
los que tienen hambre y sed de justicia”. Cuando uno escucha esta bienaventuranza piensa que debería haber
otras imágenes de santos, más combativas, con una pancarta en las manos,
exigiendo respeto a los derechos humanos; con una manta pidiendo justicia para
los desprotegidos: como sí los hay, que luchan por los derechos de los
indígenas, obreros, campesinos, mujeres, huérfanos, niños de la calle,
migrantes, etc. Son los santos de las manifestaciones pacíficas que exigen
terminar con las desapariciones.
"Bienaventurados
los misericordiosos”. Son las cristianas especialmente,
pero también cristianos, que le dan otro rostro a esta Iglesia encaramada en el
poder, las que salen al encuentro de los heridos, de los maltratados, de los
más pobres, aquellas mujeres que lanzan agua y alimento a los migrantes que
viajan en "la bestia” (el tren), las que cuidan de huérfanos y ancianitos.
Ellas obtendrán misericordia.
Ojo con ésta: "bienaventurados los perseguidos
por causa de la justicia… bienaventurados ustedes cuando los injurien, y los
persigan, y les levanten toda clase de calumnias. Alégrense y regocíjense”.
Alégrense y regocíjense” es el título de un mensaje que nos dejó el Papa
Francisco para recordarnos que Jesús nos llama a la verdadera felicidad y
santidad. ¿Cómo la ven? ¿Tenemos esa capacidad de alegrarnos cuando nos
levantan un falso o nos agreden por causa de Jesús? Si no tenemos esa capacidad
quiere decir que tenemos que trabajarnos, formarnos, moldearnos en el espíritu
evangélico, poco a poco pero con firmeza. De veras, dichosos nosotros si en las
adversidades alcanzamos a palpar la felicidad de Dios.
Al decir, "creo”, vamos a reafirmar nuestra fe en
las bienaventuranzas de Jesús: creo en Jesucristo, su único Hijo.
Su hermano: Carlos
Pérez B., Pbro.