Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     


 
Juan Diego, alma de todo un pueblo

Margarita Iturbide

Algo sabemos de Juan Diego. Él vivió a la sombra de la Guadalupana, para servirla y dar testimonio del amor y misericordia de Dios al mundo a través de su madre. Ha sido sobre todo a finales del siglo XX cuando se ha conocido más su persona, a raíz de su beatificación, y posteriormente, de su canonización realizada por Juan Pablo II en el Tepeyac. Aunque algunas obras que se escribieron durante la evangelización de México están cargadas de prejuicios, llama la atención el asombro que provoca la personalidad de los indígenas, sobre todo en los misioneros españoles. Repasemos algunos de estos textos que, aunque retratan a todo un pueblo, podemos concluir que resaltan la figura de un hombre que heredó la virtud y finura de alma de sus antepasados.
Juan Diego nos muestra la gran altura espiritual y humana a la que llegaron los indígenas y que los hizo merecedores del gran privilegio de acoger en su seno a Santa María de Guadalupe y de recibir la fe cristiana con la misma hondura y amor con que vivieron sus antiguas creencias. Guardamos pocos testimonios, aunque valiosísimos, de cómo Juan Diego era considerado santo para sus coetáneos, de cómo lo iban a ver los indios para pedirle intercediese por ellos a la Virgen.
Era santo entre muchos santos que no podemos olvidar porque, si bien no conocemos sus nombres, son los cimientos de una nación que hoy en día desborda una religiosidad, que en medio de su sencillez y espontaneidad, es profundamente real y sincera. Ya los Cantares Mexicanos nos muestran a un pueblo esencialmente religioso y sabedor de la fugacidad de las cosas en este mundo. Los mexicas tenían una sensibilidad finísima y una gran habilidad para expresar por medio de la poesía sus sentimientos más profundos:
Flores con ansia mi corazón desea, sufro con el canto, y sólo ensayo cantos en la tierra, quiero flores que duren en mis manos… ¿Yo dónde tomaré flores hermosas, hermosos cantos? Jamás las produce aquí la primavera.
El franciscano Fray Bernardino de Sahagún, que investigó a fondo durante gran parte de su vida la cultura mexica, nos dice:
En lo que toca a la religión y cultura de sus dioses no creo ha habido en el mundo idólatras tan reverenciadores de sus dioses, ni tan a su costa, como estos de esta Nueva España; ni los judíos ni ninguna otra nación tuvo yugo tan pesado y de tantas ceremonias….
Sobre el amor y veneración que los mexicanos tenían de sus sabios, Sahagún nos da un ejemplo:
El sabio, una luz, una tea. Una gruesa tea que no ahúma. Suya es la tinta negra y roja (la sabiduría) De él son los códices. Él mismo es escritura y sabiduría. Es camino, guía veraz para otros. Conduce a las personas y a las cosas, Es guía en los negocios humanos.
Sigamos con Jerónimo de Mendieta quien escribió mucho sobre los indios: "…gente pacífica y mansa… y en los señores y gente principal no se podía ver mayor falta que verlos enojados: y así los sacerdotes y religiosas no pueden ver en ellos cosa que más los escandalice; que reñir unos con otros; o verlos turbados cuando a ellos les riñen…”; ”…pobreza y contentamiento de ella; sin codicia de allegar ni atesorar; que es el mayor tesoro de los tesoros para un cristiano…”. "De humildad hartos ejemplos se puede colegir de lo que hasta aquí se ha dicho: ¿Qué más humildad que ponerse un gran señor a barrer la Iglesia?...” "También se prueba la paciencia en la facilidad con que perdonan las injurias y ofensas…”.
Motolinía también nos deja un testimonio: "…Eran estos mancebos tan mandados y tan prestos en lo que les encomendaban, que sin ninguna excusa hacían todas las cosas corriendo; ahora fuese de noche, ahora de día, ahora por montes, ahora por valles, ora con agua, ora con sol, no parecía que tenían impedimento alguno”. Volvamos a Mendieta que nos descubre el corazón del pueblo mexicano: "…de aquellos pobres frailes, no dudaban (los indios) de ponerse totalmente en sus manos, y regirse por sus saludables amonestaciones y consejos, cobrándoles entrañable amor, mucho más que si fueran sus padres y sus madres que los habían engendrado…” "Cosa maravillosa fue el fervor y diligencia con que los indios de esta Nueva España (después que les fue predicada la palabra de Dios) procuraron edificar en todos sus pueblos iglesias, acudiendo hasta las mujeres y los niños a acarrear los materiales, y aventajándose los unos con envidia de los otros en hacerlas mayores y mejores…Y si les dejasen, cada uno querría tener una iglesia junto a su casa. Y ya que esto no pueden, tienen todos ellos sus oratorios a do rezan y se encomiendan a Dios. Y los que alcanzan caudal, parece que todo lo querrían emplear en cosas que causen memoria de Dios y de sus santos…”.
Mendieta nos habla sobre el sacramento de la confesión: "sus confesiones (en especial las de las mujeres) son de increíble pureza y de nunca oída claridad”. Al leer estos textos podemos darnos una idea muy clara de cómo era el vidente de Guadalupe sin necesidad de un biógrafo. Si estas virtudes eran comunes entre la gente común, ¡Imagínense en Juan Diego! Estas escasas citas nos revelan la gran cultura desarrollada en el Valle de México cuando la conquistaron los españoles. No fue menos grande la admiración que les produjo descubrir el corazón de aquellos hombres que respiraban espiritualidad por todas partes, que eran valientes hasta el heroísmo, profundamente enamorados de Dios… y Dios tan profundamente enamorado de ellos que quiso enviarles a su propia madre.
 

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