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ADVIENTO, TIEMPO DE ESPERANZA
Comentario a Baruc 5,1-9 y al salmo 126 (125), lecturas del domingo 6 de diciembre del 2009, 2º de Adviento.
Pbro. Carlos Pérez Barrera
 
     El Adviento es el tiempo litúrgico en que revitalizamos nuestra esperanza cristiana. ¿Cómo vivir la esperanza cuando cada día nos amanecemos con tan malas noticias que nos empujan a pensar que este mundo ya no tiene remedio? Los que no tenemos remedio somos los cristianos que esperamos contra toda esperanza, como Abraham, para decirlo con palabras de san Pablo (Romanos 4,18).
     El vivir la esperanza no se reduce a este tiempo litúrgico tan corto. Lo que hacemos es revitalizarnos en la esperanza para volverla a vivir el resto de nuestro caminar. Vivimos intensamente lo que debe ser toda nuestra vida. ¿Y cómo debe ser nuestra vida cristiana? Un caminar con la frente en alto, como nos decía nuestro Señor el domingo pasado (vea Lucas 21,28). El cristiano o la cristiana es una persona que sabe que sus sueños, sus ilusiones, sus anhelos van a hacerse plenamente realidad en Dios. Es más, consiste en vivir ya, anticipadamente, la realización de nuestros más profundos sueños.
     Nuestro señor Jesucristo fue una persona de un optimismo incurable. Él anunció el Reino de Dios en un contexto de opresión, de violencia, de injusticia que padecían de manera especial los pobres, los enfermos, las mujeres, todos los excluidos de la sociedad. Hasta las gentes del poder eran víctimas de sus propias injusticias. Sin embargo, tan grande y tan bien fincada era la esperanza del Maestro que dio su vida en una cruz por la realización de ese Reino. Eso sí que es esperar contra toda esperanza.
     Los profetas y demás escritores sagrados que precedieron a nuestro Señor participan de esa misma condición de seres que poseen los más grandes anhelos para la humanidad, anhelos que sólo pueden venir de Dios. Este domingo nos dice el profeta Baruc: "Ponte de pie, Jerusalén, sube a la altura, levanta los ojos y contempla a tus hijos, reunidos de oriente y occidente, a la voz del espíritu, gozosos porque Dios se acordó de ellos”.
     Y el salmista nos predice el cambio de la suerte del pueblo con un cántico y poesía sagrado: "Cuando el Señor nos hizo volver del cautiverio, creíamos soñar; entonces no cesaba de reír nuestra boca, ni se cansaba entonces la lengua de cantar. Aun los mismos paganos con asombro decían: "¡Grandes cosas has hecho por ellos el Señor!” Y estábamos alegres, pues ha hecho grandes cosas por su pueblo el Señor. Como cambian los ríos la suerte del desierto, cambia también nuestra suerte, Señor, y entre gritos de júbilo cosecharán aquellos que siembran con dolor”.
     A tono con este optimismo, re encendamos nuestra esperanza y nuestro compromiso activo en que un día, el día de Dios, va a cambiar todo este batidero en que hemos convertido nuestro mundo. Es más, vivamos desde ahora, anticipadamente en la alegría de que Dios está de nuestra parte. ¿No sueñan ustedes con un mundo nuevo de justicia, de paz, de fraternidad, de igualdad?
     Yo renuevo mi esperanza de una Iglesia nueva. De vez en cuando me encuentro alguna página de internet que da cuenta de que son muchos los que pugnan por un retorno al evangelio. El pueblo más pobre merece ya un cambio, y la Iglesia nos estamos tardando en darles una respuesta a ese legítimo derecho, de ahí la urgencia de una Iglesia de rostro nuevo.

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