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VINO LA PALABRA DE DIOS SOBRE JUAN
Comentario a Lucas 3,1-6, evangelio del domingo 6 de diciembre del 2009, 2º de Adviento.
Pbro. Carlos Pérez Barrera
     Para el segundo y el tercer domingo de adviento de este año la Iglesia nos ofrece la figura y la predicación de Juan Bautista, el designado por Dios para anunciar la llegada de la Salvación al pueblo. San Lucas primero nos pinta el cuadro del poder romano y judío de aquel tiempo. Nosotros tenemos que captar y dejarnos evangelizar por este quiebre tan marcado que nos hace el evangelista, como es tan característico en él. Nombra a los grandes señores pero para hacerlos inmediatamente a un lado: Dios no se ha fijado en ellos para hacerlos parte de sus planes de salvación. Estos señorones estaban ahí encumbrados pero Dios no se quiso hacer presente en el palacio del emperador de Roma, ni en el de sus subalternos en Palestina, ni siquiera en la casa ni en la persona de los sumos sacerdotes, los cuales habían sido ungidos según los ritos ordenados por la ley de Moisés. La Palabra de Dios vino sobre un pobre hombre del desierto, que no estaba oficiando en el templo de Jerusalén a pesar de que era de familia sacerdotal, sino a orillas del río Jordán, en medio de los pecadores, un hombre despojado de todo poder humano pero investido por una poderosa palabra que le venía desde Dios y que se reflejaba en una tremenda coherencia de vida. El pueblo sentía mucho respeto por él, y le consultaba, a pesar de sus regaños, sobre lo que habían de hacer, sometiéndose a su bautismo, hasta el mismo Jesucristo se acercó a él. Tan no tenía pelos en la lengua este profeta que no se detuvo ante el rey Herodes para reprenderlo por todas las cosas malas que hacía. Herodes se tomó la libertad de encerrarlo en la cárcel pero no se atrevía a ejecutarlo (vea Marcos 6,20).
     Si nosotros, cada uno de los cristianos y cristianas, y toda la Iglesia en conjunto, queremos ser anunciadores de la llegada de Jesús, la Salvación para este mundo, estamos obligados a ser de este tamaño, del tamaño de Juan, con una palabra tan coherente con nuestra vida como la de este y los demás profetas. Si nuestra palabra y la palabra de nuestra Iglesia carece hoy de valor frente a la sociedad, es porque nos falta atención y obediencia a la Palabra de Dios. Si vivimos en nuestros palacios, escondidos en nuestras elegantes vestiduras, como aquellas gentes a las que alude san Lucas sobre las que no vino la Palabra de Dios, entonces mejor pongámonos a anunciar la llegada del santo Clós, porque Jesús requiere de otro tipo de anunciadores.
     La expresión tan solemne que utiliza san Lucas, "vino la Palabra de Dios”, es una llamada de atención para todos los que nos decimos creyentes. Veamos en dónde tienen su origen los planes de salvación de Dios: no en la mente y en la palabra de los hombres, ni siquiera son producto de la deliberación de la Iglesia. La Salvación de este mundo parte de la Palabra de Dios. Abramos nuestros oídos y pongámosle pues atención a esa Palabra y dejemos de lado y en segundísimo término nuestras ideas por muy religiosas que sean.
     Por otra parte hay que decir, siguiendo el texto del evangelio, que la salvación de Dios consiste y requiere de un arreglo de esta humanidad. Es como cuando un pueblo quiere que aterrice en su localidad un avión. Si no hay una pista nivelada adecuadamente, no podrá llegar ninguno. Algo parecido nos anunció el profeta Baruc desde la antigüedad, anuncio que el evangelista toma del profeta Isaías: "Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos. Todo valle será rellenado, toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados y todos los hombres verán la salvación de Dios”.
     ¿Entendemos este lenguaje profético? Lo tenemos que ver reflejado en nuestra pobre humanidad. Las cosas entre nosotros no están muy bien, y hay algunas que están tremendamente mal, tanto en nuestra vida personal, como social, eclesial, laboral, política, económica. La Palabra de Dios nos exige conversión, cambio de vida, enderezar chuecuras, allanar diferencias económico-sociales y hasta religiosas. La Salvación que nos trae Jesús no se quiere realizar mágicamente, requiere de nuestra participación. Si le echamos ganas y vamos cambiando todo lo que haya que cambiar, entonces le estaremos diciendo a todo nuestro mundo con hechos no con palabras superficiales: "¡Feliz Navidad!”

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