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EL ENCUENTRO DE DOS MUJERES Y DE DOS CRIATURAS
Comentario a Lucas 1,39-45, evangelio del domingo 20 de diciembre del 2009, 4º de Adviento.
Pbro. Carlos Pérez Barrera
 
     Estando ya muy cerca de la Navidad, la Iglesia nos ofrece a unos anunciadores (profetas) muy especiales de la llegada del Hijo de Dios en la carne: son dos mujeres y una criatura aún no nacida los que nos llevan de la mano a poner nuestra mirada en el que es el centro de todas estas fiestas, y de toda nuestra vida cristiana.
     Primero vemos a María, una muchacha sencilla de una aldea pobre y desconocida de aquellos tiempos y lugares, Nazaret, de la marginada región de Galilea. Así nos la presentó el mismo evangelista san Lucas en este mismo capítulo, en los versículos 26 y 27.
     La imagen, que no escuchamos en el pasaje de hoy, es sumamente bella. María escucha atentamente al ángel, lo escucha tratando de escudriñar los planes de Dios, lo interroga, no con ingredientes de duda, sino con un corazón dispuesto a conocer su parte en esos planes. El anuncio central del ángel había sido la concepción del Hijo de Dios, por obra del Espíritu Santo, como se hacen todas las cosas de Dios. Y aparte, también le reveló que su parienta Isabel, adulta mayor y estéril, iba ya en el sexto mes de embarazo. Sólo fue una revelación, como una mera noticia, sin órdenes, sin instrucciones.
     María recibe ambos anuncios con un corazón profundamente creyente: para el primero, su respuesta fue declararse esclava del Señor y aceptar la Palabra del ángel con toda fidelidad. Al segundo, su respuesta fue levantarse y ponerse en camino con prontitud hacia la sierra de Judea. Como a toda buena creyente no hacían falta más palabras, ella entendió que su parienta la necesitaba en su avanzado embarazo y consiguiente parto.
     Y así viene el encuentro entre estas dos mujeres y entre estas dos criaturas. Así realiza Dios sus planes de salvación de este mundo: desde las mujeres que nada contaban en aquella sociedad, desde los pequeños, de quienes hoy tan fácil este mundo puede deshacerse por indefensos.
     La alegría de estas cuatro personas es la auténtica alegría de la Navidad. En aquellos tiempos, en aquella escena tan particular en la sierra de Judea, no fueron necesarias las luces de colores, los aguinaldos, los regalos para inundarlas de felicidad.
     A nosotros, ¿qué nos hace falta para entrar en una alegría verdadera? La llegada de Jesús, su presencia entre nosotros es más que suficiente.
     ¡Feliz Navidad, feliz nacimiento de Jesús!

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