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NAVIDAD, LA BUENA NOTICIA DE DIOS
Carlos Pérez B., pbro.
 
     Dios creó este mundo maravilloso. Para poder decirlo más categóricamente, habría que admirar detenidamente esta creación. Los documentales, los videos en televisión y en internet nos ayudan bastante: el reino animal, el vegetal… y constatar una evolución de millones de años de vida, la manera tan maravillosa como se va desenvolviendo la vida. El universo, su inmensidad, su misterio, nuestra pequeñez, no sólo de nuestro planeta sino de nosotros mismos, pequeñísimos. Y lo máximo de la creación, el ser humano, el que piensa y el que ama, como Dios.
     Sin embargo, ¿qué vemos? Nos ha tocado ser testigos de mucha muerte y destrucción. Dios no creó así las cosas. Este mundo maravilloso tiene otro destino: la vida, la armonía, y tratándose de los seres humanos, la felicidad, la paz, la fraternidad, el amor.
     Éste es el pensamiento de Dios. ¿Cómo conseguir esta armonía de la creación, especialmente de sus hijos queridos, cómo quiere él realizar sus planes de recreación de este mundo? Enviando a su Hijo Unigénito, haciéndolo carne como uno de nosotros. ¡Qué admirable gesto de Dios tan paterno, tan tierno, tan misericordioso, un misterio inmenso del amor de Dios!
     Esta obra de redención, de liberación de la creación entera, comienza en el vientre de una jovencita, María, que dio a luz al Hijo de Dios, concebido por obra del Espíritu Santo, y lo recostó en un pesebre, en un establo, en una gruta de Belén. Esto no fue casualidad, fue algo bien planeado por la sabiduría del Padre eterno. Lo sabemos porque así lo vino realizando desde la antigüedad. Y su Hijo siguió por este mismo camino, que conduce del pesebre a la cruz, pasando por la marginada Galilea, por su desenvolverse en medio de los pobres, como una Buena Noticia, la Buena Noticia de Dios para este pobre mundo que pone su cabeza y su corazón en todo lo contrario. Este Niño despojado de todo bien material nos viene a revelar al mismo tiempo que el amor de Dios, el verdadero rostro y la verdadera condición del ser humano, la pobreza. Ahí está el camino de la salvación que Dios nos envía: el desapego de sí mismo para hacerle su lugar a los demás, y en el centro de todos, a Dios.
     Quienes celebramos la Navidad, el Nacimiento de Jesucristo en el pesebre de Belén, estamos dispuestos a entrar y continuar por ese camino que Dios escogió para su Hijo. Nos postramos con toda obediencia ante el misterio de Dios, doblamos nuestro intelecto ante su sabiduría, aceptamos que ahí, recostado entre esas pajas, en la más absoluta pobreza, comienza y radica la salvación de este mundo. La salvación de este mundo es un proyecto, es una Persona.
     Este proyecto, esta Persona requiere de nuestra aceptación, de nuestra respuesta, de nuestro compromiso. Quienes celebramos la Navidad estamos dispuestos a caminar por ese sendero, el del pesebre, el de Galilea, el de la cruz. Nuestra Navidad no requiere de muchos adornos, estamos felices porque tenemos a Jesús con nosotros, hemos entrado a la gruta de Belén como los pastores, llenos de alegría. Dios nuestro salvador está de nuestro lado.
     Consecuencia de la felicidad que nos produce este misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y de su Nacimiento en el pesebre, son los buenos sentimientos.
     No queremos cerrar los ojos a nuestro entorno, a estos tiempos tan difíciles y contrarios que nos ha tocado vivir. Al contrario, porque Dios sigue confinado en esta carne mortal al enviar a su Hijo en ella, nosotros también nos sentimos llamados a confiar en que el ser humano puede salir de este bache y entrar en un nuevo camino. Consecuencia de la felicidad que nos produce este misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y de su Nacimiento en el pesebre, son los buenos sentimientos que por doquier afloran: amor, paz, fraternidad, compartir. Esto es Navidad.

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