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UNOS ESTUDIOSOS DE LAS ESTRELLAS
Comentario a Mateo 2,1-12, evangelio del domingo 3 de enero del 2010, la Epifanía o Manifestación del Señor.
Pbro. Carlos Pérez Barrera
 
     Esta fiesta de la Epifanía o Manifestación del Señor, la Iglesia la celebra el 6 de enero, pero el episcopado mexicano la ha trasladado al domingo para dar oportunidad a que más católicos la celebremos. Se trata de continuar celebrando y contemplando el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios.
     San Lucas nos había contado que los primeros en contemplar a Dios en este recién nacido acostado en un pesebre, además de sus padres, fueron los pastores de Belén. Ahora el evangelista san Mateo nos platica que el pueblo judío en general, con sus especialistas en Biblia (los sumos sacerdotes y los escribas) y sus gobernantes impuestos, como Herodes, no fueron convocados o no acudieron a la cita del nacimiento del Hijo de Dios en este suelo nuestro, sino unos extranjeros a los que Mateo llama magos, y a los que posteriormente las tradiciones católicas han llamado reyes y han identificado con el número de tres. Pero llamarles "reyes” no es algo que corresponda al relato evangélico y a la mentalidad con que nos lo ofrece san Mateo.
     Se trata de unos sabios, de unos estudiosos de las estrellas. A pesar de que nuestra fe se opone, en estos tiempos modernos, a los horóscopos que tanto gustan a muchas gentes que quisieran manejar su destino por métodos mágicos, en vez de hacerse responsables de sí mismos y de ponerse en las manos de Dios, a pesar de esto, hoy el evangelio nos los pone de ejemplo de espíritus abiertos a los caminos de Dios. Estos magos a eso se dedicaban, y por eso fueron conducidos por medio de una estrella hasta Jesús, porque ellos estudiaban el movimiento de los astros, y estaban convencidos de que estos movimientos tenían que ver con la vida y la historia de los seres humanos. Dios se valió de ello para llevarlos hasta su Hijo nacido en la carne. Esta ciencia oriental les sirvió más a ellos para llegar a Jesús, que a los sumos sacerdotes y escribas su conocimiento de la Sagrada Escritura. Bien sabían, por el profeta Miqueas, que el Mesías tendría que nacer en Belén, pero nunca acudieron, nunca se pusieron en camino, su religión no los ponía en actitud de búsqueda constante, estaban estacionados en sus creencias, inmóviles, se sentían seguros y cómodos en su religiosidad.
      ¿No nos pasará esto mismo a tantos y tantos católicos, clérigos y laicos, altos y bajos jerarcas, que ya no caminamos al encuentro del Señor porque no nos hace falta nada ni nadie? El Hijo de Dios nació en Belén. Los primeros en adorarlo, además de José y María, fueron unos pobres pastores que cuidaban sus rebaños a la intemperie. Luego vinieron estos extranjeros, que no eran judíos de raza ni de religión. Esto mismo sucede en nuestros tiempos. Jesús no nace exclusivamente para los de dentro, incluso los de dentro se pueden quedar fuera. Jesús nace para los espíritus inquietos, los humildes, los que saben salir de sí mismos.
     La fiesta de hoy es la convocatoria universal a la salvación de Dios a todas las gentes, de todas las razas, de todas las lenguas, de todas las creencias.

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