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EL POBRE NO CONFÍA EN EL POBRE, PERO DIOS LOS AMA
Comentario a Lucas 4,21-30, evangelio del domingo 31 de enero del 2010, 4º ordinario
Carlos Pérez Barrera, pbro.
 
     Este pasaje evangélico nos habla de Jesús pero también nos habla del pueblo pobre. Nos revela el rostro y nos descubre el corazón de cada uno. Contemplémoslos a ambos.
     Jesucristo, siendo el eterno Hijo de Dios, se ha encarnado en la pobreza del pueblo galileo. ¿Por qué? Por el puritito amor de Dios, por su voluntad salvadora. Así contemplamos a Jesucristo, como la encarnación del amor de Dios por su pueblo. En los pasajes evangélicos del domingo pasado y de hoy lo vemos manifestando la gracia o gratuidad del plan salvador de Dios: "el Espíritu del Señor me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, la libertad a los cautivos, la vista a los ciegos, la liberación de los oprimidos, a proclamar el tiempo de la gracia de Dios”. Esto leyó Jesús en Isaías y esto se cumplía en él.
     Vemos también en el evangelio del domingo pasado y en el de hoy las dos reacciones de este pueblo pobre. Primero se admiraron de las palabras llenas de gracia que salían de la boca de aquel paisano suyo que les leía y les comentaba la Sagrada Escritura. Pero luego, en un cambio brusco que nos da el evangelista, se preguntan si no era ése que les estaba hablando, el hijo de José. Hay en esta pregunta un cierto tono de desánimo o desconfianza. Al menos Jesús les echa en cara que ningún profeta es bien recibido en su patria.
     ¿Es necesario que un profeta venga de fuera para que crean en él? ¿Por qué a un vecino, a uno de los nuestros no? Así pasa, aunque esto no quiere decir que así deba ser. ¿Qué nos revela esto?
     Ahí se revela, se manifiesta la desconfianza que el pobre tiene de sí mismo. Por eso decimos que el evangelio es revelación también del ser humano. El pobre siente de sí mismo que es muy ignorante y apocado, que nada se puede esperar de él. Es la atrofia en lo profundo del ser que provoca el tejido social enfermizo al que pertenecemos: Nosotros no valemos nada, y si éste es de los nuestros, pues tampoco vale nada, nada nos puede traer, no podemos depositar nuestra confianza en uno que es como nosotros, porque nos conocemos, porque sabemos que somos capaces de muy poco.
     Aún así, el evangelio, por la voluntad terca de Dios, es para los pobres, ellos son sus destinatarios privilegiados. Este rechazo en Nazaret no hizo cambiar de orientación a Jesús, él sigue firme en su misión y su mesianismo de evangelizar a los pobres, de llevarles la Buena Nueva del amor y de la salvación de Dios. Jesucristo sigue siendo fiel a quien lo envía.
     La Iglesia y cada uno de los cristianos somos depositarios de la misión del Hijo de Dios. También nosotros tenemos que llevarles el Evangelio a los pobres, porque en la evangelización de los pobres nos evangelizamos todos. No nos debe de detener el hecho de que no nos acepten o no nos comprendan. Le tenemos que ser fieles a Dios que nos envía a ellos.

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