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EL SACERDOTE, HOMBRE DE LAS BIENAVENTURANZAS
Plática para ejercicios espirituales de sacerdotes, 1-5 febrero 2010.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
(Ahora que hemos proclamado las bienaventuranzas de Jesucristo en el evangelio según san Lucas, quiero hacer extensiva esta plática que me tocó compartir en una de las tandas de los ejercicios espirituales para los sacerdotes diocesanos en la primera semana de febrero. Éramos un grupo de 29 sacerdotes, nutriendo nuestra espiritualidad en este año sacerdotal en la Casa de Cursillos, a quienes les agradecimos su hospitalidad y atento servicio).
 
Introducción. La Escucha de la Palabra.-
     Para cerrar este ciclo de pláticas sobre el amigo que nos ama y al que amamos, queremos sentarnos a sus pies para escuchar su divina Palabra, como corresponde a un discípulo aprender de su Maestro. Queremos que él nos diga cómo quiere que seamos, queremos ver cómo es él, queremos ser como él. Vamos a escuchar una enseñanza suya excepcional: las bienaventuranzas, su programa de vida. Quisiera invitarlos y motivarlos a abrir el corazón, el entendimiento a esa Palabra privilegiada del Hijo de Dios. De sus labios salen palabras llenas de gracia, lo constataba la gente de Nazaret como lo escuchábamos el domingo pasado, pero él nos habla con palabras y con toda su Persona.
     Queremos conocer más a Jesús, crecer en el amor a él, queremos ser como él. Conocer al Padre, el único Dios verdadero y a su Enviado Jesucristo, es la vida eterna. El medio privilegiado para conocerlo es sentarnos a sus pies para escuchar sus palabras. No hay mejor manera de conocer a una persona que platicando con ella, escuchándola, que sea esa misma persona la que nos hable de sí. La lectura y el estudio de los evangelios y demás pasajes de la Escritura no siempre han tenido su lugar de importancia en la espiritualidad de la Iglesia. Este libro de los L. C. que hemos estudiado en estos días como que pasa muy rápido por este momento del estudio de Jesucristo directamente en los evangelios. Vean por ejemplo la página 132. Menciona los Evangelios pero como que le da más importancia a la oración personal. El Evangelio debe nutrir esta oración personal porque de lo contrario se corre el riesgo de crearse un Cristo imaginario, distante del Jesucristo del testimonio apostólico, como de hecho sucede en algunas espiritualidades cristianas, no hablo solamente de las católicas. Los evangelios impiden que nos distanciemos de aquel pobre galileo que murió crucificado, que vivió en constante conflicto con las autoridades de su tiempo, amigo de los pobres, enfermos y pecadores.
     El conocer a Jesús ciertamente no será fruto de nuestro trabajo, sino obra del Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo el que iluminó las mentes y los corazones de aquellas comunidades creyentes que escribieron este testimonio apostólico. Y es el mismo Espíritu el que nos conducirá a la verdad plena (cfr. Jn 16.13). Por ello me invito y los invito a que estudiemos los santos evangelios en ambiente de oración, que le dediquemos mucho tiempo a ese estudio. Si nos piden que hagamos una hora diaria de oración, yo les diría que la nutran con el estudio de la Sagrada Escritura.
 
     ¿Qué lugar ocupa la Palabra de Dios en mi vida? La lectura, la escucha, el estudio de la Palabra de Dios, es constituyente de nuestra vida cristiana y de nuestro ministerio sacerdotal. La escucha de la Palabra, así como el sacramento, es parte fundamental, de fundamento, de nuestra espiritualidad, de nuestra oración, de nuestra pastoral, de nuestro ser iglesia. Los obispos en Aparecida y enseguida en la Misión Continental, se comprometieron a fomentar la pastoral bíblica entendida como animación bíblica de la pastoral. Que nuestra vida creyente consiste en escuchar y obedecer a la Palabra de Dios es una verdad teórica. Habría que revisar qué tanto es una verdad en mi vida, en la práctica. Así es que, preguntémonos: ¿cuánto tiempo le dedico a este estudio, más allá de la preparación de la homilía, por conocer uno a uno los libros de la Biblia? Para preparar la homilía, algún tema, ¿escucho primero la Palabra de Dios, o sólo busco citas para completarlo? ¿Predico con la Biblia en las manos? ¿Me sé manejar con la Biblia? Esto como un signo de que la Palabra de Dios está en la base de nuestra vida cristiana. ¿Con qué obediencia escucho la Palabra de Dios? Estas son inquietudes mías.
 
     Las bienaventuranzas son pues una Palabra privilegiada de Jesús, una de sus enseñanzas centrales, un programa de vida para sus discípulos, para cada uno y para todos ellos en conjunto como Iglesia, para nosotros sacerdotes. Las escuchamos no sólo como mandamientos, en el sentido que nos habla el Antiguo Testamento de los preceptos de Dios para su pueblo, sino más que nada en el sentido que Jesús habla de mandamientos en los evangelios, en la Última Cena, como el Testamento del que ha dado la vida por sus amigos (Jn 15), como la voz del que nos ha amado y nos ha elegido. Escuchamos pues esta Palabra en tono de amor, de quienes se han dejado cautivar por el amor de Jesús.
El espíritu de la bienaventuranza en la Sagrada Escritura.-
     El espíritu de la bienaventuranza recorre toda la Sagrada Escritura. Dios nos llama a la felicidad eterna. A su pueblo, desde la antigüedad lo llamó a una tierra buena y espaciosa, que mana leche y miel (cfr. Ex 3,8). Este mundo, todo ser humano es lo que busca, ser feliz en la vida. Jesucristo se encarnó en un pueblo formado para la bienaventuranza. La Sagrada Escritura se cierra con esa visión de los bienaventurados con blancas vestiduras: "Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz: « La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero. » (Ap 7,9), a la que se le promete que "ya no habrá muerte ni llanto ni gritos ni fatigas” (Ap 21,4), el cielo nuevo y la tierra nueva que habrán llegado.
     Bienaventurado, dichoso, feliz, gusta decir el pueblo desde el Antiguo Testamento. Yo entresacaba algunas citas de los salmos, de Job, de los Proverbios, etc. (Ver documento adjunto).
     También en los evangelios, además de las bienaventuranzas del sermón del monte y del llano, las encontramos en otros pasajes, tanto en boca de Jesús como de otras personas. ¿Recordamos aquella mujer que le gritó la dicha a Jesús? "Sucedió que, estando él diciendo estas cosas, alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo: « ¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron! » Pero él dijo: « Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,27-28).
     Otras:
     Mt 11,6.- ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!
     Mt 13,16.- ¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.
     Mt 16,17.- Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
     Mt 14,45-47.- ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el señor puso al frente de su servidumbre para darles la comida a su tiempo? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. Yo os aseguro que le pondrá al frente de toda su hacienda.
 
Las bienaventuranzas evangélicas.-
    Las bienaventuranzas son una manera muy superior que dictar un mandato o un código de leyes. El sermón de la montaña está en paralelo con la ley dictada en el monte Sinaí, eso nos dicen los estudiosos de la Biblia. Y sin embargo, las bienaventuranzas están expresadas en un tono distinto al decálogo de Moisés. No se utiliza la expresión imperativa, que también es propia y es un derecho de la Palabra de Dios, sino una invitación atrayente al Plan de Dios. Hasta parece una invitación de carácter opcional, siendo que en realidad tiene más fuerza que el mandamiento: ¿quieres ser feliz?, pues haz esto, o sé así. Todos buscamos la felicidad, repito, algunos en las cosas materiales, o en el poder o el prestigio, otros en las cosas del Espíritu. Las bienaventuranzas tampoco son un código moralista, sin querer decir con esto que los principios morales no sean necesarios, pero las bienaventuranzas son un ideal de vida evangélica. Las bienaventuranzas son otra manera de ver la vida, otra óptica. Por ejemplo, ¿cómo alguien decir que bienaventurados son los que lloran? O lloran o son bienaventurados. Y sin embargo, detrás del llanto hay un fondo, una dimensión que sólo descubre quien tiene la mirada de Dios.
     En las bienaventuranzas Jesucristo se retrata a sí mismo. Se pueden leer con esta óptica: ¿qué nos dice cada una de ellas de Jesús?
     También en las bienaventuranzas Jesucristo retrata al ser humano, al ideal del ser humano: ¿cómo quiere Dios que sea cada hombre y cada mujer, cómo quiere Dios que sea cada cristiano, cada sacerdote? No digamos yo no soy así, no puedo serlo. Mejor digamos que queremos ser como Jesús. Dejémonos hacer por él, por su Palabra, por su Espíritu. Pidamos siempre, con humildad, con ánimo de recibir esa gracia, con la disposición de pagar los costos de esta gracia, pidamos el santo Espíritu para que Dios nos conceda ser como él nos quiere.
 
     Centremos pues nuestra atención en las dos versiones de las bienaventuranzas: la de Mateo 5 con que se abre el sermón de la montaña, y la de Lucas 6 del sermón del llano.
     Ambas son enseñanza de Jesucristo. El verdadero creyente no escoge, acoge la Palabra de Jesús sin discutir. Esta actitud vale para todos los pasajes paralelos de los evangelios. No escogemos a ver cuál nos gusta, cuál se nos hace más liviano, más llevadero, menos escandaloso. No. Las varias versiones de algún pasaje se enriquecen unas a otras. Y el creyente se queda con todo. Por eso decimos: tan bienaventurados son los pobres como los pobres de espíritu, tan bienaventurados son los que tienen hambre en el estómago como los que tienen hambre y sed de justicia, los que lloran como los que lloran con los que lloran. El Señor ha hablado, yo no le discuto, sólo trato de entender mejor. Y el hecho de que contemos con dos versiones de esta enseñanza programática de Jesús, quiere decir que aquellas comunidades evangélicas llamadas Mateo y Lucas, escuchando la Palabra de Jesús quisieron ir más allá de la letra, encontrar detrás de ella la voluntad, el mensaje, la Buena Noticia de Jesús. Más que contrapuestas, son una riqueza de entendimiento de las palabras llenas de gracia que salían de los labios de Jesús.
     Toda explicación acerca de las bienaventuranzas y de otras enseñanzas de Jesús es sólo una ayuda. Ninguna explicación humana será la más adecuada, entre las muchas que se dan, desde los santos padres hasta nuestros días, todas son una riqueza de acogida de la Palabra y de espiritualidad, siempre y cuando no haya intención de manipulación. Lo mejor es acoger todo comentario y quedarse con la Palabra de Jesús, y dejar el corazón abierto para que sea el Espíritu Santo el que me lleve a comprender el misterio que Jesucristo nos quiere revelar con esa Palabra, esto requiere un verdadero acto de fe y de humildad. Las enseñanzas de Jesús con frecuencia golpean el intelecto, como el amor a los enemigos, como el perdonar hasta setenta veces siete, como las mismas bienaventuranzas.
     Las bienaventuranzas son Palabra del Señor. Escuchémoslas y dejémonos hacer por ellas. Una anotación que vale para todas y que vale la pena repetirla: no se trata de ser de buenas a primeras, sino de querer ser, de dejar formarnos, moldearnos, por el Espíritu de Dios, por la Iglesia, por el presbiterio, por la comunidad. El obispo auxiliar de Guadalajara, Miguel Romano Gómez, hace su propia lectura de esta Palabra de Jesús, "El sacerdote, hombre de las bienaventuranzas”. Yo también hago mi propia lectura de ellas, que les comparto. Ustedes también han hecho su propia lectura. Cada quien tiene que hacer su trabajo personal. De eso se trata en estos ejercicios de hacer una lectura personal de la Palabra de Dios para nuestras vidas. Las bienaventuranzas de Jesús según san Mateo nos hablan más de actitudes y conductas, de opciones y decisión de vida, las de san Lucas, en cambio, nos hablan más de situaciones dadas. Además, san Lucas nos ofrece las malaventuranzas, antítesis de cada una de las bienaventuranzas.
 
· Según san Lucas, Jesucristo dice que bienaventurados son los pobres, los pobres reales, los que carecen de bienes materiales. ¿Por qué son bienaventurados ellos? Que los simples pobres sean bienaventurados es algo que golpea las mentes moralistas, porque pensamos que hay que hacer algo para merecer la bienaventuranza de Dios. Sería la lectura de los fariseos: sólo los que cumplen la ley de Dios pueden ser favorecidos por él. En el judaísmo la pobreza es una maldición, y los pobres son considerados unos malditos. Pero la verdad es que Dios los ha escogido a ellos para hacerlos herederos de su Reino. Decir que los pobres son bienaventurados es algo incomprensible para los judíos. Esta revelación que hace Jesús rompe radicalmente con la mentalidad de los judíos. En la bienaventuranza de los pobres se manifiesta de manera más nítida la gratuidad de Dios, porque no tienen atractivo humano, porque no tienen con qué corresponder. Vean lo que nos enseña Jesús sobre los invitados a nuestros banquetes: "serás dichoso”, dice Jesús, "porque no te pueden corresponder” (Lc 14,12-14). Los pobres son bienaventurados porque en ellos se deja ver con más claridad la misericordia de Dios, porque la bienaventuranza se les concede por su sola compasión. Habría que preguntarnos si en nuestra Iglesia es así, en los sacerdotes. De una manera efectiva, no sentimental o espiritualista, sino real. La correspondiente bienaventuranza mateana sería: bienaventurados los misericordiosos. Más adelante nos pedirá Jesucristo que seamos misericordiosos o compasivos como nuestro Padre (Lc 7,36). / Revisemos en nuestro tiempo personal: ¿Qué lugar ocupan los pobres en mi persona y en la parroquia? ¿Buscamos a los pobres, pasamos tiempo con ellos? ¿Son los pobres llamados al apostolado, a las responsabilidades parroquiales? / En contraparte, pero no me detengo en ella, está la mala o desventuranza: ¡ay de los ricos! Si está en el evangelio, si la pronunció Jesús, entonces es una malaventuranza evangélica. A veces queremos llamarle evangélico sólo a lo que nos suena bonito a nosotros, a lo que nos gusta. Pero no, el evangelio de Jesucristo tiene estas dos caras: es buena noticia para los pobres y es una fuerte, hasta agresiva, diría yo, denuncia contra los ricos. Lo evangélico no es lo de color de rosa, sino lo que está en los evangelios en los labios, en el corazón y en la vida y persona de nuestro Señor Jesucristo.
 
· La correspondiente bienaventuranza a esta primera según san Lucas, sería la quinta de san Mateo: bienaventurados los misericordiosos o compasivos. Así nos lo pide Jesús: el sean santos como Dios es santo del libro del Levítico (19,2), Mateo lo recibe como sean perfectos como su Padre celestial es perfecto, y Lucas nos lo transmite así: sean misericordiosos como su Padre es misericordioso (6,36). En Jesús no nos resulta difícil contemplar para aprender su misericordia: cada uno de sus milagros son más que una muestra de poder una prueba de misericordia: el siervo del centurión, el hijo de la viuda de Naím, la pecadora perdonada. Y nosotros los sacerdotes, ¿qué tan cultivados estamos en la misericordia de Jesús? ¿Qué tanto pedimos en la oración ser como Jesús? Así los pobres, los enfermos, que no pueden pagar como las bodas o las quinceañeras, serán mejor recibidos en nuestras parroquias. Yo les confieso que los engaños lo van haciendo a uno matrero, desconfiado, además de la falta de tiempo para verificar la necesidad de los que se acercan. Me gustan más los que no piden, los que visitamos a través de Cáritas.
 
· ¿Quiénes son los pobres de espíritu, según san Mateo? Muchas cosas se han dicho para tratar de entender a quiénes se refiere. Las mismas diversas versiones de nuestras Biblias se ve que batallan para traducir esta bienaventuranza. "Makarioi hoi ptojoi to pneumati”, pobres en espíritu. En griego está en dativo, no en genitivo. Así traduce la Biblia de América: "dichosos los pobres en el espíritu”. La Biblia de Jerusalén traduce "Bienaventurados los pobres de espíritu”. La Latinoamericana: "felices los que tienen espíritu de pobre”. La Dios Habla Hoy: "dichosos los que reconocen su necesidad espiritual”. La Biblia de Nuestro Pueblo: "felices los pobres de corazón”. Ya las diversas traducciones son una riqueza porque son distintas maneras de tratar de entender esta expresión. Si supiéramos griego, también nosotros haríamos nuestra propia traducción, y sería una riqueza para la Iglesia. ¿Cómo traduces tú? "dichosos los que tienen el espíritu del pobre”. / En ocasiones algunos se sirven de esta bienaventuranza para la manipulación, para aplicársela de manera ligera y barata a cualquier persona, precisamente para aligerar los cargos de conciencia, si es que se tienen por cuestiones de propiedades o de riquezas. Esta bienaventuranza hubiera resultado muy adecuada para que el joven rico no se hubiera dado media vuelta cuando Jesucristo lo llamó en su seguimiento. / Lo que nosotros queremos captar en esta bienaventuranza, sin pretender que sea la interpretación última u oficial, es el llamado del Maestro, a abandonar todo para seguirlo a él, como se ve en el pasaje del joven rico; a confiar absolutamente en Dios, en su Divina Providencia, como se ve en el cap. 6, parte también de este sermón de la montaña. Queremos ver en esta bienaventuranza el camino de la felicidad. Esto ciertamente no será para quienes ponen su confianza en el dinero, en los bienes materiales. Imaginémonos a un sacerdote pobre. ¡Qué eficacia de apostolado el suyo! Decía el p. Chevrier: "¡Qué hermoso este hombre de Dios cuyos pies apenas tocan la tierra! ¡Qué libertad, qué poder da al sacerdote esta santa y hermosa pobreza de Jesucristo! ¡Qué fuerza adquiere para luchar contra los vicios del mundo! ¡Qué ejemplo es para el mundo, este mundo que no trabaja más que para el dinero, que no piensa más que en el dinero, que no vive más que para el dinero! Y al lado de este mundo material, sensual, un hombre totalmente espiritual, que no vive para la tierra, que desprecia el dinero y los bienes de este mundo… mi tesoro está en el cielo, mi vida es Jesucristo… Donde estén estos hombres, harán siempre maravillas” (V. D. 322). En otro lugar nos dice: "Poned un sacerdote santo en una iglesia de tablas, abierta a los cuatro vientos, atraerá y convertirá a más gente en su iglesia de tablas que otro sacerdote en una iglesia de oro” (V. D. 297). La eficacia no viene de la iglesia de tablas sino del sacerdote santo, para que no digamos que vamos a construir jacales en vez de templos. Mejor construyamos sacerdotes santos, y cristianos santos. Con frecuencia, al menos quienes son más honestos o conservan un poco de conciencia, se hacen planteamientos sobre dónde está la medida de la riqueza y de la pobreza. Qué bueno que los sacerdotes nos hagamos esas preguntas cada vez que vamos a adquirir un bien material. Pero la cuestión no está ahí, sino en el lugar que ocupa Dios en mi vida y el lugar que le concedo a las cosas en mi corazón. Los planteamientos de conciencia nunca debe paralizarnos, o crearnos un sentido farisaico ante las cosas. Hay que empezar por poner el corazón en Dios, realmente en Dios, y el camino se van dando. En nuestra Iglesia los cristianos más serios y profundos hacen sus propias lecturas de la pobreza evangélica. San Francisco hizo su propia lectura, y fue radical en su respuesta, y es un ejemplo para todos. La madre Teresa de Calcuta hace su propia lectura para ponerse al servicio de los más desamparados. También el padre Chevrier hace su lectura, y nos deja de herencia la pobreza apostólica, que consiste en poner todas las cosas al servicio del apostolado. Aquí nadie posee la lectura oficial, lo mejor es que cada cristiano, con toda honestidad haga su propia lectura. / Hoy nuestra sociedad insiste mucho en los derechos humanos: el derecho a la sana alimentación, a una vivienda digna, al vestido, a la educación. También nuestro Señor se pronunció a favor de estos derechos al abogar por los que tienen hambre, sed, necesidad de techo y salud. La creación es de Dios y está al servicio del hombre. Malo cuando se ponen las cosas en el centro y se constituyen en fines en sí mismas, terminan siendo ídolos, y los ídolos exigen sacrificios humanos. Los cristianos estamos porque la ciencia, la tecnología, el progreso, la economía, se pongan al servicio de la salvación del ser humano. En algunas bienaventuranzas las recompensas están expresadas en presente, como las de los pobres, los pobres de espíritu y los perseguidos. El resto están en futuro. Lo cual quiere decir que no toda recompensa se pospone hasta el final.
 
· Bienaventurados los que lloran, nos dicen ambos evangelistas. En Mateo, a tono con el resto, habría que entenderla en sentido espiritual. En Lucas, como una situación dada. Creo que los que lloran con los que lloran, los que se hacen solidarios con los sufrientes, serían los bienaventurados según Mateo. Y Lucas se referiría a los que sufren por alguna situación propia; los que pierden un ser querido, los que padecen una injusticia, los oprimidos, los maltratados. Yo le digo a la gente que qué bueno que Dios se acuerda de los que sufren, porque hay gente que sólo vino a este mundo a eso. Para entender mejor esta bienaventuranza recordemos la parábola del rico y Lázaro (Lc 16,19-31). Nuestra Iglesia se ha mostrado ordinariamente solidaria con los que sufren. ¿También los sacerdotes? Es nuestra vocación, sufrir con los que sufren. / En contraparte, igualmente, está la malaventuranza, que yo expresaría en estos Términos más actuales: ay de los que sólo se la pasan suave, los que sólo piensan en divertirse, los que no ven ni se preocupan de las desgracias del prójimo, como el rico epulón, los que sólo esperan que llegue el fin de semana para darse el reventón. Palabras similares expresaban los profetas: recordemos aquel conocido pasaje de las vacas de Basán, del profeta Amós: "Escuchen esta palabra, vacas de Basán,… que dicen a sus maridos: traigan y bebamos” (Am 4,1s). ¿De qué lado me coloco yo como sacerdote?
 
· Bienaventurados los que tienen hambre ahora, lo leemos en Lucas. Y en Mateo, los que tienen hambre y sed de justicia. Ambos son bienaventurados, ambos serán saciados. Unos porque no tienen que llevarse al estómago, otros porque luchan por la justicia de Dios. La palabra justicia en la Biblia siempre se refiere a la voluntad de Dios, el enteramente Justo. Esto no significa espiritualizar la justicia, porque la justicia para los que sufren injusticias es también justicia de Dios. Habría que revisar qué tan valientes somos los sacerdotes, ungidos profetas, para afanarnos por la justicia para los hambrientos y los indefensos. Es también nuestra vocación propia. En las enseñanzas de nuestro Señor hay muchas cosas que rebasan nuestras cortapisas, nuestros criterios. Canonizamos a la gente más religiosa. Pero si somos fieles a lo que Jesús nos dice, tendríamos que reconocer que hay muchos no religiosos que gozan de la bienaventuranza de Dios por haber cumplido las condiciones expresadas en ambos discursos. / Por el contrario, la malaventuranza de los satisfechos yo la expresaría en éstos términos: ay de los satisfechos, no sólo de comida, sino también de vida, ay de los estacionados, de los conformes con todo, de aquellos que ya no buscan, que no se incomodan. / En nuestra oración personal revisemos nuestras ansias y afanes por la justicia como sacerdotes. · Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia de Dios, por causa del Evangelio. La palabra justicia en la Biblia se refiere siempre a la justicia de Dios. Sin embargo, toda justicia humana, si es verdadera justicia es conforme con la justicia divina. ¿Habría que declarar bienaventurados a todos aquellos que luchan porque se haga justicia a los campesinos, a los indígenas, a los obreros, a las mujeres, aquellos que se afana con las mejores causas humanas? Yo digo que definitivamente sí. Todo lo bueno para el ser humano es bueno para Dios. Quizá podamos estar en desacuerdo con algunos métodos a los que en ocasiones algunos recurren, pero el método de quedarse callados tampoco es un comportamiento cristiano. El silencio es complicidad cuando se trata de injusticias. La Iglesia canoniza como mártires sólo a los perseguidos por causa del Evangelio, pero Jesús se refiere a todos, es más universalista. ¿Qué tanto me expongo, qué tanto arriesgo yo como sacerdote? · Bienaventurados los mansos, los limpios de corazón. Estoy pensando en muchas personas que Dios me ha concedido conocer y tratar. En el campo, tanto en el este, al sur de Ojinaga, como en el oeste. No digo que toda la gente del campo temporalero sea así, pero sí hay personas: en Pocitos, en Escobillas, en R. Guadalupe, Ciénega de Loya. Ustedes conocerán muchos otros lugares y personas. Muchas veces he pensado que son los 10 justos por los que Abraham le regateaba a Dios para perdonar a aquellas ciudades pecadoras. La mansedumbre cristiana la contemplamos en Jesucristo. Para no malinterpretarla o acomodarla a nuestro gusto, habría que hacer un estudio en el evangelio sobre la mansedumbre de Jesús. Él nos dice: "Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí que son manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Con todas estas actitudes describe n. Sr. al cristiano como a una persona radicalmente distinta de este mundo. Hay gente así en el campo, en los barrios. Hay gente así entre los no creyentes, gracias a Dios. Ahí descubrimos las semillas del Verbo. Pero ese no es el espíritu del mundo, menos de este mundo moderno. ¿Somos los sacerdotes así de bienaventurados? ¿Estamos recibiendo esa formación, desde el seminario?
 
· Bienaventurados los que trabajan por la paz. Esta no es una bienaventuranza, si nos la tomamos así como está expresada, meramente religiosa. Es más universalista. Jesucristo está declarando bienaventurados a todos aquellos que trabajan por la paz en el mundo. Al empezar este evangelio Zacarías presentaba a Jesús Niño como el que nos guiaría por los caminos de la paz. Así conocemos a Jesús, como el pacífico. Y sin embargo Jesucristo dirá más delante que no vino a traer la paz a la tierra sino división (Lc 12,51). Es que no se trata de cualquier paz, la paz de los sepulcros, la paz del miedo, la paz de la apatía o la paz de la hipocresía. ¿Cómo trabajamos por la paz? ¿Por cuál paz?
 
Trabajo personal. Estudio de evangelio.-
Mateo 5,1-12 y Lucas 6,20-26.
1.- Leer despacio y fijarse atentamente en las palabras del Señor. Gustar, regustar, escuchar de los propios labios de Jesús este mensaje tan fantástico.
2.- ¿En cuál bienaventuranza me veo más reflejado, en cuál me gozo más? ¿Por qué?
3.- ¿En cuál bienaventuranza tengo que trabajarme más y dejarme trabajar?
4.- Contemplar en la oración a Jesucristo como el verdadero bienaventurado. A partir de sus palabras, mirar su vida, su estilo de vida, su corazón, su entrega, su trato con las personas, su cruz, su resurrección.

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