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UNA IGLESIA AL GUSTO DE JESUCRISTO
 
Otro comentario a Marcos 12,38-44, evangelio del domingo 8 de noviembre del 2009.
Pbro. Carlos Pérez Barrera
 
En este afán de formar y formarnos a los católicos en las enseñanzas de Jesús, quiero llamar la atención de ustedes sobre la crítica que hace él sobre las costumbres de los escribas. En esa crítica Jesucristo está plasmando el modelo de Iglesia que él quiere.
Dice Jesús:
"Guárdense de los escribas que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa”.
 
¿Alcanzamos a mirar la imagen de nuestra Iglesia en esas palabras? Nuestro Señor dice las cosas con toda claridad, con absoluta transparencia. ¿No podemos aprender de él? ¿No nos sentimos obligados a ponerle la misma atención a nuestra Iglesia?
 
Cuando denunciamos alguna desviación en ella, ya sea en el laicado o en el clero, algunos se escandalizan y nos ven como si fuéramos enemigos de la Iglesia, cuando más bien estamos practicando la crítica evangélica que aprendemos de nuestro Maestro.
 
Nuestra Iglesia, me refiero a todos, ha asumido muchas malas costumbres, actitudes, hábitos que más bien son propios del mundo. ¿Por qué no levantar la voz como nos enseña Jesucristo para ayudarnos a conducirnos por sus caminos? Escuchando esta enseñanza tan clara, todos los que nos decimos cristianos, toda la
 
Iglesia en conjunto, debemos proponernos acortar la distancia tan grande que hemos establecido entre el evangelio y nuestra vida personal y eclesial.
Cuántos católicos tendrán que decir si sí o si no les gusta pasear a la moda, con algunas joyas y maquillaje que llamen la atención, que la gente hable bien de ellos, que les den un buen lugar en las reuniones sociales. El problema no está en las cosas, sino en que ponemos en ellas nuestro corazón.
 
Y los clérigos, desde el Papa hasta el más humilde de los sacerdotes, tendremos que revisar uno a uno esos puntos: nuestros amplios ropajes (¿no debería ser más sencilla nuestra liturgia?), el trato diferenciado de las personas (padre, monseñor, excelentísimo), ocupar los primeros lugares en nuestras reuniones. Y no se diga cuidarnos al extremo de sacarle dinero a la gente, para provecho personal, con el pretexto de la devoción.

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