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"ÉSTE ES MI HIJO AMADO, ESCÚCHENLO”
Comentario al evangelio del domingo 28 de febrero del 2010, 2º de cuaresma. Lucas 9,28-36.
Carlos Pérez B. Pbro.
 
     Este pasaje de la transfiguración del Señor lo encontramos en los tres evangelios sinópticos: Mateo 17, Marcos 9 y Lucas 9. Cada uno tiene sus propios detalles y su propio plan. Hoy nos ha tocado proclamarlo en san Lucas.
     Para comprender mejor este pasaje, vayamos unos versículos más arriba, en este mismo capítulo 9 de san Lucas. En el versículo 18 nos dice el evangelista que Jesucristo, en ambiente de oración, les hizo esta pregunta a los discípulos: ¿quién dice la gente que soy yo? Esta pregunta va a ser respondida por la gente, por los discípulos, por Jesucristo mismo, por la Palabra de Dios revelada desde la antigüedad y por el Padre eterno.
     La gente pensaba que Jesús era un profeta como los antiguos. Pedro responde que Jesús es el Cristo de Dios. Qué clase de Cristo, esto es lo que nos va a responder primero Jesús y después el pasaje de la transfiguración.
     Jesucristo les hace una revelación escandalosa a los discípulos: "El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día”. Esta revelación es escandalosa para cualquier mente judía. El pueblo no estaba formado en esa nueva espiritualidad, en ese camino sorprendente de Dios. ¿Cómo llegar a comprender este misterio de la pasión y muerte como paso para la vida? Jesucristo se lleva a tres de sus discípulos al monte para ponerse en oración, en una oración tan intensa que se dan todos esos signos: su rostro cambia, sus vestiduras blancas y resplandecientes, Moisés y Elías, la nube, la voz del Padre. Toda una revelación divina.
     Lucas es el que nos acentúa que toda esta revelación se da en ambiente de oración. Jesucristo sólo contempla. Si nos fijamos, en san Lucas Jesucristo no pronuncia una sola palabra, sólo está ahí presente, acogiendo la voluntad del Padre para él. Moisés y Elías no sólo conversan con él, sino que hablan de su partida que se tiene que cumplir en Jerusalén. ¿Qué significa esto? No se trata solamente de dos personajes que se aparecen en este monte, se trata más bien de la personificación de la ley de Moisés y los libros de los profetas. Esto quiere decir que, en su oración, Jesucristo sabe escuchar la Palabra de Dios, y bien que sabe escucharla porque lo hizo en silencio, sin pronunciar palabra. Y así transcurrió toda su oración sin decir una sola palabra, a diferencia de nosotros, que acostumbramos llenar nuestra oración de palabras. Se requiere que hagamos silencio para que Dios nos hable, por medio de la Escritura y por medio de su Santo Espíritu.
     El desenlace de esta oración de Jesús es que debe bajar del monte, al contrario de los deseos que expresaba Pedro, y subir a Jerusalén, donde le esperaba su pasión y su muerte. Esta suerte tan desastrosa no cabía en la mente de los antiguos creyentes, de todo el pueblo judío. Incluso en nuestra mente de católicos tampoco cabe el fracaso. Ya nos sabemos de memoria que Jesucristo murió crucificado, pero vemos esta muerte a la luz de su resurrección. O vemos su cruz con mucha devoción. Pero para comprender a fondo el misterio de Dios, tenemos que trasladarnos a aquellos tiempos, sentir el fracaso de Jesús, que es también el fracaso de Dios. Todos sus milagros, todas sus enseñanzas se van a quedar en el vacío, en la nada, cuando sea crucificado. A nuestras mentes humanas no les cabe, pero ahí está precisamente la gloria de Dios: lo que a nosotros nos parece un fracaso rotundo, es la victoria de Dios sobre los procedimientos de los hombres. Si nos dejamos conducir al misterio de la cruz y de la muerte, también nuestro rostro se iluminará y todo nuestro ser. Será una verdadera iluminación del Espíritu en nosotros.
     Así iluminados, bajemos también nosotros del monte con Jesús, decididos a avanzar a Jerusalén, en este mundo donde reina la inseguridad y la violencia. Fortalezcamos nuestra espiritualidad con el camino de Jesús. El Padre nos pide que lo escuchemos, así como el Hijo escucha y obedece la santa Voluntad de su Padre. ¿Ya están leyendo y estudiando los santos evangelios?

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