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SI NO NOS CONVERTIMOS, TODOS PERECEREMOS
Comentario a Lucas 13,1-9, evangelio del domingo 7 de marzo del 2010, 3º de cuaresma
Carlos Pérez Barrera, pbro.
 
     Hoy nos enseña nuestro señor Jesucristo que no hay una conexión directa e inmediata entre los males que estamos padeciendo y nuestros pecados. Hay personas, sobre todo cuando les sobreviene un mal sobre otro, que piensan que sí hay esa conexión, o que son las malas vibras o los males puestos. Conviene repasar la respuesta tajante de Jesús a los acontecimientos trágicos de aquellos tiempos: "¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos? Ciertamente que no”. Con esto debemos quedarnos los cristianos, porque es Palabra del Señor.
     No hay conexión directa e inmediata, pero Jesús sí nos da a entender que el pecado, el pecado no sólo personal sino el pecado de todos, sí nos conduce a la muerte: "si ustedes no se arrepienten perecerán de manera semejante”. Y eso es lo que estamos viendo y padeciendo: este mundo se nos está destruyendo.
     Jesucristo nos hace hoy un llamado a la conversión, al cambio de vida y de ambiente. Para ello nos propone una parábola, la higuera que no daba fruto. Todos entendemos bien que esa higuera es cada uno de nosotros. Las personas somos como los árboles, Dios espera frutos de cada uno de nosotros. Si una persona no da frutos, pues habría que cortarla, pero no en este momento, sino en el momento en que Dios, el juez supremo, lo decida. Mientras estemos en este mundo, debemos entender que estamos en el tiempo de la paciencia de Dios: él nos está dando tiempo para que recapacitemos y demos fruto.
     En la Iglesia queremos llegar con este llamado de Jesús a todos los católicos: todos estamos llamados a dar frutos. ¿Qué frutos está dando cada uno de nosotros? Revísese cada quien: ¿qué tan útil soy para la Iglesia? ¿Tengo alguna actividad apostólica? ¿Doy catecismo, anuncio el evangelio a otros, promuevo la fe en los demás?
     En la sociedad igualmente. Frutos se esperan de cada ser humano. Sin afirmar que nosotros somos los buenos, de ninguna manera, sí constatamos que hay personas que son de mucho provecho para este mundo, que lo edifican: trabajan por la justicia, por la verdad, por la libertad para todos, por el respeto a los derechos humanos, por el bienestar de los demás; los servidores de las mejores causas. En cambio, hay otros que pareciera que sólo vinieron a este mundo para destruir, para atrasarlo, para ser un estorbo: los corruptos, sicarios, extorsionadores, los amantes del poder. Con la parábola de la higuera, nuestro Señor nos invita a la conversión, y nos enseña que Dios tiene paciencia con todos, que debemos esperar y trabajar para que todo ser humano se convierta y se anime a dar frutos. Los cristianos debemos ser más activos en llegar, de muchas maneras, hasta aquellos que vemos que más daño le hacen a los demás, no con el afán de autoridades civiles para castigarlos, sino para buscar su conversión y la nuestra.
     Así es que aprovechemos esta cuaresma para decidirnos a ser personas de frutos, útiles para este mundo, para la Iglesia y para Dios.

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