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¿QUIÉNES SON REALMENTE LOS MUERTOS?
Comentario a las lecturas del domingo 1 y lunes 2 de noviembre
Pbro. Carlos Pérez Barrera
 
Nuestra Iglesia celebra la memoria de las personas que nos han precedido en este paso necesario de la vida presente a la vida futura, de esta vida que más parece de a mentiras a la vida verdadera. El 1 de noviembre los recordamos y los contemplamos en la bienaventuranza de esa vida plena a la que nos ha convocado Dios, el tres veces Santo. El día 2 los recordamos, popularmente, como nuestros seres queridos que han dejado un hueco en nuestras vidas y con una grande esperanza en Dios de que nos volveremos a encontrar.
 
Estos días no son días de muertos. Los cristianos celebramos la vida, celebramos al Dios de la vida plena que es el Dios en quien tenemos puesta nuestra fe de manera absoluta. La Palabra de Dios que escuchamos en estos dos días, los que asisten a misa, nos confirman en esta convicción. ¿Qué nos dice nuestro Señor en el capítulo 5 de san Mateo? Nos habla de los bienaventurados, de los felices. ¿Los de este mundo? ¿Los que no tienen hambre, los que abundan en dinero y bienes materiales, los que se divierten a sus anchas, aquellos a los que de momento no les falta nada? No. A esos no se refiere Jesucristo con su declaratoria solemne de la montaña.
 
¡Qué extraño! La gente del mundo debe decirlo categóricamente, aunque también nosotros los cristianos, para ponernos en la escucha profunda, no superficial, obediente de la Palabra de nuestro Maestro: ¡qué extraña declaración de la felicidad!
 
Felices los pobres de espíritu. Los pobres de espíritu no son pobres de a mentiras. Son realmente pobres, con un espíritu de pobreza que les viene del espíritu, del Espíritu de Jesús, el que se despoja de sí mismo para confiarse plenamente en el Padre de los cielos. Felices los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, felices los perseguidos… Todos ellos gozan de la eterna bienaventuranza, junto a nuestro ser más querido, el que nos llamó en su seguimiento y por quien dejamos todo.
 
Cuando visitamos las tumbas de nuestros seres queridos, vemos ahí las fechas de su venida y de su partida de este mundo. Nos adentramos en un campo santo donde reposan los muertos, según nosotros, y volvemos a la ciudad, donde los "vivos” no se dan reposo.
 
Pero Jesús nos invita hoy a ver las cosas de diferente manera. ¿Cuándo inició tu vida y cuando terminará? Tu fecha de nacimiento y tu fecha de muerte quedarán grabadas en una tumba, pero tu verdadera fecha de nacimiento no es cuando comienza tu vida pasajera sino cuando aceptaste a Jesús, su persona, su propuesta de salvación, su oferta de vida, y que por esa aceptación te has comprometido totalmente con él; a partir de ese momento se ha terminado para ti, para mí, para cada quien, la vida pasajera y ha comenzado la vida eterna. ¿Lo entendemos? No esperes a morirte para este mundo, porque la vida eterna ya ha comenzado.
 
Cuando yo visito un panteón pienso siempre en lo contrario: aquí descansan los vivos y allá en la ciudad se quedan los muertos, los que se debaten entre la vida y la muerte.
 
En Mateo 25,31-46, escuchamos que Jesús le da posesión definitiva del Reino del Padre a aquellos que vivieron el Reino del compartir, el Reino de amor, el Reino de los corazones abiertos al hermano, desde este mundo. No veamos el Reino de los cielos como un premio para los que se portaron bien, porque en ese caso se lo darían a los que iban a misa, a los que no cometieron adulterio, ni robaron ni se emborracharon. Veamos más bien el Reino como una continuidad. Recordemos aquella escena del hombre rico que se le acercó a Jesús, Marcos 10,17-22, lo proclamamos el domingo 11 de octubre. Este hombre pregunta por la vida eterna, y Jesús le responde que no basta con cumplir los mandamientos de la Ley de Dios para conseguirla, que es necesario, indispensable dejar todo y seguir los pasos del Maestro.
 
Para nosotros los cristianos ésa es la vida: seguirle los pasos a Jesús, hacer lo que él nos pide, vivir como él vivió su obediencia al Padre, su compasión por los más necesitados. Es lo que nos dice con otras palabras el apóstol san Juan en la primera de sus cartas, la segunda lectura de la misa del 2 de noviembre: "Nosotros estamos seguros de haber pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte”. La vida y la muerte empiezan hoy: tú escoges una u otra.

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