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¿QUIÉNES SON REALMENTE LOS CIEGOS?
Comentario a Marcos 10,46-52, lectura evangélica del Domingo 30º ordinario.
Pbro. Carlos Pérez Barrera
 
Tomemos este pasaje en su conjunto en el evangelio de Marcos: Jesucristo viene caminando con sus discípulos, nosotros también caminamos detrás de él en esta lectura continuada. Tres veces nos ha anunciado su pasión, muerte y resurrección. Pero aquellos discípulos y nosotros no entendemos, no acabamos de abrir la mente y los ojos a los caminos misteriosos (sabios) de Dios. Es aquí donde aparece este ciego. El que no podía ver ahora ve y sigue a Jesús por el camino.
 
Antes de la anterior curación de otro ciego, Jesús les había advertido a sus discípulos: "abran los ojos y guárdense de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes” (vean Marcos 8,15). Después de esta advertencia, sigue el milagro de la curación del ciego de Betsaida.
 
Con este antecedente, nosotros tenemos que ver la intencionalidad del Evangelio de nuestro Señor: abrir los ojos de un ciego, además del milagro físico, conlleva un alto simbolismo: después de los tres anuncios de su pasión, muerte y resurrección, san Marcos nos coloca este milagro de Jesucristo para llamar la atención sobre nuestra falta de entendimiento profundo de la Novedad del camino salvador de Jesucristo: "el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, será el esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Marcos 10,43-45). La pregunta es: ¿quiénes son verdaderamente los ciegos? ¿El que estaba a un lado del camino y ahora sigue a Jesús, o los que venimos con él y no alcanzamos a ver y entender el camino de Jesús?
Veamos el texto evangélico:
 
Un limosnero ciego estaba sentado junto al camino. Notemos que son tres realidades las que vive esta persona: está ciego; es desamparado, por eso pide limosna; además está a un lado del camino. No está en el camino, como Jesús, y supuestamente nosotros, sino al margen, detenido, como en realidad también nosotros.
Él ya había oído hablar de Jesús. Ya estamos en Judea, en Jericó, esto quiere decir que la fama de Jesús ya había llegado hasta el sur de Palestina, sobre todo a los desamparados. Ellos ponen su confianza en este galileo sanador.
 
De nueva cuenta, como en el pasaje de los niños en este mismo capítulo 10, los que rodean a Jesús le crean un cerco o un muro que le impide el acceso de los marginados: "le regañaban para que se callara”. Sin embargo, Jesús no se deja atrapar en el círculo estrecho de sus seguidores. Los seguidores están para servir a los foráneos, no para encerrarse en un grupo cerrado. Los gritos legítimos de los desamparados no pueden ser acallados. La Iglesia misma ha dicho tantas veces que quiere ser voz de los que no son escuchados. Así es que Jesús, el que no tiene los ojos ni los oídos cerrados, les dice: "llámenle”.
 
El ciego arroja su manto y de un salto llega hasta Jesús. Aventar el manto es un signo de despojo, de renuncia. Ya desde antes Jesús nos había pedido la condición de dejar todo para ir en pos de él: "ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”, le contestó Pedro, versículos antes (Marcos 10,28).
 
Jesús pregunta: "¿Qué quieres que te haga?” La pregunta aparentemente sobra, porque los lectores ya nos dimos cuenta que se trataba de un ciego. Pero no. Es una pregunta para que también nosotros tomemos conciencia de lo que nos falta. El ciego podía haber pedido limosna como lo hacía con todos al lado del camino; o podía haber pedido otras cosas. Los discípulos, por ejemplo, le habían pedido, en el pasaje anterior, que uno se sentara en su gloria a la derecha y el otro a la izquierda. Este ciego le pide la vista: "Rabunní, (otra palabra aramea que nos ofrece el evangelista), que vea”. ¿No será esto lo que todos nosotros tenemos que pedirle al Maestro para ser realmente sus seguidores? El abrir los ojos aquí en el evangelio no es meramente una necesidad de consumo, para ver la tele, para ver otras muchas cosas, sino una necesidad de seguimiento. Para poder seguir a Jesús es necesario abrir bien los ojos y la mente para entrar en los caminos de Dios, que no son fáciles de entender, no imposibles pero sí fascinantes. En el capítulo 11 Marcos nos relatará la entrada de Jesús a Jerusalén, y nosotros detrás de él.
 
Las ejecuciones en nuestra ciudad han llegado hasta los círculos políticos. Lamentamos todas las vidas que se están perdiendo, sean de personajes ilustres o sean de jóvenes desconocidos. Y las autoridades no nos dan una explicación que nos abra a la esperanza.
 
(Este comentario lo pueden escuchar en el 106.1 de FM, el domingo 25 a las 9:30 a.m.)

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