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LA SUBLIMIDAD DEL CONOCIMIENTO DE JESUCRISTO
Comentario a Filipenses 3,7-14, segunda lectura del domingo 21 de marzo del 2010, 5º de cuaresma.
Carlos Pérez Barrera, pbro.
 
     "Conocer a Jesucristo lo es todo, lo demás es nada", decía un sacerdote del siglo XIX, el p. Antonio Chevrier, palabras que están en plena sintonía con lo expresa san Pablo en la segunda lectura de hoy: "Pienso que nada vale la pena en comparación con el bien supremo, que consiste en conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por cuyo amor he renunciado a todo, y todo lo considero como basura, con tal de ganar a Cristo”.
     Pablo de Tarso era un fanático de la religión judía, de la ley de Moisés, y por ello perseguía a muerte a una secta que recién había nacido entre ellos, los llamados cristianos. Pero un día Jesucristo le salió al encuentro. Este encuentro con el Señor fue la experiencia que transformó radicalmente a este judío y que él siempre presentará por delante en su apostolado. De considerarse el último de los pecadores, un mal nacido, un aborto (vean 1 Corintios 15,7-10), ahora es lo que es por esta gratuidad de Jesucristo, que lo tomó y se apoderó de él para hacerlo instrumento de salvación para los paganos.
     El llegar a conocer a Jesucristo fue para este apóstol no sólo el máximo valor, sino el único, dicho así con la radicalidad que lo dice el autor de esta carta. Lo que antes era precioso para él ahora lo consideraba una nada. Y san Pablo no se está refiriendo a la botella de licor, a la televisión o al dinero, verdaderas baratijas que a veces los seres humanos de hoy apreciamos tanto. No. Él se está refiriendo a su religiosidad, a toda su vida pasada en la que él se había entregado apasionadamente a servir a la ley antigua. Cuando se topó con Jesucristo, toda esa práctica religiosa se le resquebrajó y se le vino hasta el suelo, al grado de considerarla basura.
     ¿Cuántos católicos podremos decir lo mismo que el apóstol? La verdad es que sólo el conocimiento de Jesucristo es el que puede hacernos verdaderamente cristianos.
     Cómo le pido a Dios que, por el soplo del Espíritu Santo, nosotros los católicos lleguemos a ese nivel de san Pablo, que lleguemos a tener sus mismos sentimientos en relación a Jesucristo, que lo lleguemos a conocer y nos enamoremos apasionadamente de él.
     Tenemos los santos evangelios al alcance de la mano: estudiémoslos para conocer a Jesucristo como él quiere ser conocido. Leer, escuchar, por ejemplo, el pasaje de hoy de la mujer adúltera, en verdad que nos deja fascinados por la sabiduría, la entereza, la agudeza de nuestro Maestro.
     ¡Jesús, llegar a conocerte es lo máximo!

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