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¿ME AMAS?, NOS PREGUNTA CRISTO RESUCITADO
Comentario a Juan 21,1-19, evangelio del domingo 3º de pascua, 18 de abril del 2010.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
    Este último capítulo del evangelio según san Juan, que nos habla de la "tercera” manifestación de Jesús resucitado a sus discípulos, nos parece que se refiere a una época muy posterior a la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. En este sentido va el siguiente comentario.
     La comunidad de los apóstoles, aquí san Juan menciona solamente a siete, un número que en la Biblia indica totalidad, está a la orilla del lago. No se siente el entusiasmo de la resurrección del Señor en este grupo. Más bien parecen desanimados, grises. Uno de ellos, Simón Pedro, se levanta y les dice: "voy pescar”. Esta es una nota que añade más aburrimiento a la escena, como cuando en el rancho decíamos, "vale más irnos”. Los otros, quizá para sacudirse la modorra, se anotan también para salir a pescar. Y nos preguntamos: ¿a qué pesca se refiere el evangelista? Porque sabíamos que el Señor Jesús ya los había sacado de la pesca de peces y los había embarcado en la pesca de hombres. Pues es posible que el evangelista esté pensando en esta última. "Voy a pescar”, dice el que encabeza el grupo, como si un sacerdote o un laico apostólico se dijera, en este ambiente de estancamiento de la Iglesia: "hay que salir de nuevo a la gente”. O como hace dos años que los obispos de nuestro continente latinoamericano nos han lanzado a la Misión continental, una misión que tiene dos mil años pero que se nos había olvidado.
     Pues bien, hay una nota que debemos resaltar. Este grupo de pescadores de hombres no ha logrado pescar nada en toda la noche. ¿Qué les falta si tienen años en este oficio? Les falta ese desconocido que se les presenta en la orilla del lago, les falta su palabra que los oriente y los dirija. Si el cristiano y la Iglesia pierden esa Presencia y esa Palabra, su vida y su actividad apostólica se vuelven estériles, como la pesca de estos muchachos.
     En el grupo hay uno que sí reconoce al Resucitado: quién otro podría ser sino el discípulo amado. Bien decimos en la familia del Prado que el conocimiento de Jesucristo nace del amor. Y todo el evangelio según san Juan nos está invitando a identificarnos con este discípulo amado. Yo soy ese discípulo al que Jesús amaba.
     En correspondencia con el amor de Jesús, él no tiene otro examen para constituirnos en apóstoles seguidores suyos que el amor. Tiene Jesús todo el derecho de cuestionarnos porque es la prueba fehaciente que nos ha dado: él nos entregó con toda gratuidad sus milagros y sus enseñanzas, él dio por completo y sin medida su vida en la cruz, y ahora ha resucitado para congregarnos de nuevo, a la orilla del lago, como cuando todo esto empezó. Para congregarnos de nuevo en torno suyo, sin rencores ni resentimientos por nuestras traiciones, negaciones o abandonos. Ha vuelto a nosotros sólo porque nos ama como amigos (ver Juan 15,15), por el amor a este mundo (ver Juan 3,16).
     El amor es la fuerza más grande del mundo, es el camino que Dios ha escogido para salvarlo. No tomó el camino de las armas, de los ejércitos, de la fuerza física, como lo han hecho los gobernantes y como estamos tentados la generalidad de los humanos para solucionar nuestros problemas. No. Dios tomó el camino del amor para salvar a este pobre mundo que se nos pierde, la entrega de sí mismo, la donación más que la imposición.
     Por ello, a todo cristiano Jesús tiene el derecho de interrogarlo: ¿me amas? Una pregunta que nos hace tan repetidamente como sea necesario. Porque no es una pregunta que debemos responder a la ligera, como acostumbramos. Una pregunta que nos obliga a una revisión a fondo de nuestro ser, de nuestro corazón.

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