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DEJEN QUE LOS NIÑOS VENGAN A MÍ 
Domingo 4 de octubre del 2009. 27º ordinario
Pbro. Carlos Pérez Barrera
 
Comentario a Marcos 10,13-16.
 
Al tratar de impedir que le acerquen los niños a Jesús, los discípulos quieren crear un cerco en torno a Jesús, un cerco que lo divida o aísle de la gente. Jesucristo sabe bien brincarse ese cerco, porque él es el Maestro y ellos los discípulos, algo que les y nos cuesta mucho entender. Esta es una imagen de nuestra Iglesia actual. El pueblo se ha quedado al margen de nuestra Iglesia. Decimos que nosotros los clérigos somos los encargados de llevarlos a Dios cuando en realidad somos, en muchas ocasiones y situaciones, los que impedimos o que tratamos de impedir que tengan acceso a él. Y no me refiero sólo a los casos de escándalos de sacerdotes, sino más bien a esa imagen que damos de dos iglesias paralelas: por un lado las altas dignidades que se han apropiado de la Iglesia y la manejan a su antojo, y por otro lado el pueblo pobre, marginado de toda acción decisiva en la conducción de la Iglesia.
 
Diga usted, ¿en cuál lado se coloca Jesús mismo? Lo vemos en el evangelio, Jesús está al lado del pueblo, se brinca a los discípulos.
 
Esta imagen cariñosa de un Jesús que abrazaba, bendecía e imponía sus manos sobre los niños es la imagen que debemos imitar todos los que nos decimos pastores de almas. ¡Qué evangelio tan bello vemos en Jesús! No nos conformemos pensando que los niños son los que llenan nuestros salones de catecismo (porque en verdad, por su número, son los más asiduos semana a semana en la parroquia), más bien sintamos el llamado de Jesús a ser, no una iglesia infantilizada, sino una Iglesia de cristianos con corazón de niños y que le da su lugar de preferencia a todos los pequeños, en todos los sentidos.

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