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(Los artículos de esta sección pueden ser reproducidos por cualquier medio, citando la fuente)
TAN LEJOS DEL EVANGELIO
Martes 22 de septiembre del 2009
 Carlos Pérez B., Pbro.
 
"Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos” (Marcos 9,24). Durante siglos nos hemos venido distanciando, como Iglesia y como cristianos, de la Palabra de nuestro Señor y Maestro. Contrario a lo que él nos instruyó en la persona de Pedro, hemos tomado la delantera y nos hemos hecho un modelo de Iglesia muy a nuestro modo, siguiendo más los criterios de nuestro mundo que los de Dios. Recordemos lo que leíamos en Marcos 8,31-33, el domingo antepasado. Pedro reprende a Jesús porque no está de acuerdo con el anuncio que hace de su pasión, de su rechazo por parte de los hombres, de su muerte y resurrección. Y Jesús, a su vez, reprende a Pedro con aquellas palabras tan duras: "colócate detrás de mí, satanás, porque tus pensamientos no son los de Dios sino los de los hombres”. Para ser Iglesia y para ser cristianos necesitamos caminar detrás, no delante, de Jesús. Esta semana nuevamente vuelven a tomar fuerza esas palabras cuando Jesús nos enseña, incluso estrechando a un niño en sus brazos, que para ser grandes tenemos que colocarnos en el último lugar y hacernos servidores de todos, cita que encabeza este artículo.
 
Al escuchar de nueva cuenta estas palabras como que debemos de tomar conciencia de cuán lejos estamos como Iglesia de las enseñanzas de nuestro Señor, incluso de su gran enseñanza que contemplamos en su imagen de crucificado. Nuestros documentos eclesiásticos están ciertamente llenos de consideraciones tiernas para con los pobres, los pequeños, las mujeres, los sufrientes, los últimos. También cuántos jerarcas se presentan como los grandes servidores, pero más de los labios hacia afuera, porque la verdad es que están impregnados de poder y de dinero.
 
En nuestra Iglesia, sobre todo en las esferas jerárquicas, aunque también entre los laicos, la carrera es ascendente: aspiramos a las "mejores” parroquias, anhelamos los títulos (monseñor, reverencia, excelencia, eminencia, santidad). En las curias diocesanas y en la curia romana, en los pasillos y salones vaticanos, todos los sacerdotes lo sabemos, hay un frenético empuje por hacer carrera, por escalar peldaños. Es contemplando a esta Iglesia nuestra por lo que nos atrevemos a exclamar: ¡cuán lejos estamos todavía del Evangelio de nuestro señor Jesucristo!
 
Al escuchar esta Palabra tan sabia y tan divina de nuestro Maestro, todos, sin resignaciones estériles, debemos de comprometernos a cambiar a esta Iglesia nuestra, con decisión, con valentía, con empeño, con constancia, así se nos vayan años, así nos vean como parias, así nos tilden de herejes o cismáticos, aún cuando quedemos expuestos y destinados a esos evangélicamente últimos puestos. El Evangelio, Jesucristo mismo, la Buena Noticia de la salvación de Dios para este mundo, es nuestra única motivación

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