Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     


3 de mayo 2010
¿Un problema aún mayor?
PBRO. DIZÁN VÁZQUEZ
La Iglesia está sufriendo una sacudida universal con motivo de los detestables abusos cometidos por algunos sacerdotes contra menores de edad. Sin embargo, la credibilidad de la Iglesia como guía moral de la humanidad no se ha visto tan afectada por esas infortunadas miserias morales de algunos miembros del clero, sino por la falta de actuación de sus obispos para ponerles un remedio inmediato. Dicha omisión se vio agravada con medidas totalmente desacertadas e irresponsables, como el creer que el problema se resolvía cambiando simplemente a esos sacerdotes de parroquia. Muchos daños y mucho dolor se hubiera ahorrado la Iglesia de haber obrado los pastores de acuerdo con su papel de "vigilantes”, que eso significa el nombre de obispos.
Espero no ser alarmista, pero creo que existe hoy en la Iglesia otro campo minado que es objeto de la misma omisión por parte de los supremos pastores. Me refiero a la amplia difusión de un pensamiento teológico que contradice abiertamente la fe de la Iglesia en sus contenidos más fundamentales. Numerosos teólogos, tal vez los más conocidos, sobre todo por la gran atención que les prestan los medios de comunicación, van en esa dirección. Partiendo del Concilio Vaticano II, lo han superado, pues dicen que no era sino un punto de arranque, y llegan a conclusiones que dicen fundarse en el Concilio, pero que acaban diciendo todo lo contrario de lo que él dice. Leyéndolos, parece que está uno frente a un evangelio totalmente diferente (cf. Ga 1, 6-9).
Estas teologías descienden al común de los fieles mediante diversos divulgadores: pastores, conferencistas, autores de libros y artículos, directores de ejercicios y retiros, consejeros, etc., de manera que esa nueva teología y esas doctrinas totalmente ajenas a la fe cristiana impregnan ya el pensamiento y la vida de grandes sectores de la Iglesia, sobre todos de sectores de personas formadas, que leen, que estudian, que son activas en la pastoral, que influyen en los demás católicos. Es más, está presente en muchos seminarios y casas de formación religiosa.
Todo esto pasa día tras día a la vista de los obispos, sin que estos se alarmen ni hagan nada. Responden con una actitud omisa semejante a la anterior. No me refiero a tal o cual obispo, pues aunque no faltan excepciones, la actitud de tolerancia o de complacencia es general en toda la Iglesia. Esta actitud tiene, desde luego, muchas razones, e incluso aparentes justificaciones, que sería largo analizar aquí.
Junto a este segundo problema, el primero parece mucho menor. No porque este no sea grave en sí, sino porque la Iglesia está reaccionando y le está poniendo remedio, gracias en gran parte a los golpes que le está propinando una sociedad farisaicamente escandalizada de aquello que tolera ampliamente en su seno pero que le viene como anillo al dedo para desprestigiar a la Iglesia. Pero el daño causado por ideas y doctrinas extrañas en el seno de la Iglesia, a largo plazo más destructor que el primero, y en cierta manera causante de éste, no despierta el interés de la prensa secular porque no le interesa o porque incluso comparte esas ideas que precisamente van en la misma línea relativista que inspira hoy a la sociedad.
El primer problema es de tipo moral y tiene como protagonistas a sujetos que se han desviado de las enseñanzas de la Iglesia, pero estas enseñanzas siguen claras y firmes, en la línea de principios, en la condena de tales abusos. Es, en último término, cuestión de aplicar una disciplina pastoral que sane hasta donde se pueda, al pecador y a sus víctimas y que impida casos futuros. El segundo es un problema que afecta a la fe y que amenaza los mismos fundamentos de la Iglesia. En tiempos de la Reforma protestante había mucha corrupción en el clero, pero no fue eso lo que causó la gran desbandada. Tal vez fue solo el pretexto, pero la verdadera causa fue que desde hacia muchos años se había ido infiltrando en grandes sectores del clero una teología heterodoxa, nominalista, es decir voluntarista e individualista, hasta vaciarla de su verdadero sentido. Lutero mismo, y los demás líderes de la Reforma, que no hay que olvidar que eran sacerdotes, estaban impregnados de esa teología. Cuando Roma despertó y se dio cuenta, ya era demasiado tarde.
Quiera Dios que hoy no pase lo mismo, pero si no se toma suficientemente en serio este hecho se está gestando un problema tan gigantesco que no nos la vamos a acabar. Si los que tienen el deber no ponen remedio, este esmog contaminará a tal grado la Iglesia que en unos años más una buena parte de los católicos ya no van a saber en qué creer.
 

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