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(Los artículos de esta sección pueden ser reproducidos por cualquier medio, citando la fuente)
LLEVAR LA BIBLIA A LA MISA -III-
- La propuesta a debate -
Sábado 21 de febrero del 2009
Carlos Pérez B., Pbro.
 
(Disculpen que me haya salido un poco extenso).
Frente a esta ignorancia o desconocimiento de la Biblia, (y habría que decir que no interesa sólo el conocimiento externo o el enciclopedismo bíblico, sino la comprensión espiritual y la obediencia a la Palabra de Dios en la vida del cristiano), es por lo que desde hace 30 años, desde los comienzos de mi ministerio, empecé a llevar, además del sacramento de la Eucaristía, Nuevos Testamentos y Biblias a las comunidades rurales y barrios, para que juntos celebráramos la Palabra de Dios, que de eso se trata la Liturgia de la Palabra, de celebrar la Palabra, y para que juntos nos fuéramos haciendo verdaderos discípulos de esa Palabra sagrada. Ésta es pues la propuesta que lanzamos a todos los sacerdotes y demás católicos: que llevemos la Biblia a la Misa, mejor que el Misal anual o la hojita dominical (que también ayudan), y la utilicemos en la escucha de las lecturas, y también en el momento de la homilía. ¿Es antilitúrgico usar la Biblia en la Misa? No entiendo de dónde sacan esto. La liturgia, hablando de su forma externa, que puede variar con los tiempos, está al servicio de la Palabra, como también al servicio del sacramento, es decir, al servicio de la gracia, de la salvación, del amor de Dios. Por eso yo preguntaría: ¿la Biblia estorba o ayuda a la liturgia? La Congregación para el Culto Divino no nos ha dado alguna prohibición expresa sobre el que los fieles y el sacerdote tengan la Biblia en la mano. Un documento que publicó esta Congregación, en marzo del 2004, nos da algunas precisiones sobre la liturgia.
 
En ninguna de sus partes dice nada sobre el tener la Biblia en las manos. Este documento se llama "Redemptionis sacramentum" (y lleva por subtítulo: "Sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía). Si la misma Congregación vaticana, con toda su autoridad, no lo hace, ¿cómo es que algunos sacerdotes se toman la facultad de prohibirle a la gente que lleve su Biblia a la Misa? Más antilitúrgico sería el llevar dinero a la Misa, porque nuestro Señor nos enseñó que no se puede servir a Dios y al dinero. Sin embargo, no creo que ningún sacerdote se atrevería a prohibirle a la gente que lleve dinero a la celebración. Ni siquiera nos atrevemos a prohibir que acudan con reloj, o con vestiduras elegantes, con bolsa de mano, o con lentes. Sí hay algunas parroquias que le piden a la gente que no vaya con escotes, o con shorts, pantaloneras o tubos en el pelo, y además, que apaguen sus celulares… pero ¿se vale poner a ese nivel a la Palabra de Dios escrita? ¿Biblia y Liturgia son antagónicas? Habrase visto semejante cosa. Se dice que es falta de respeto llevar o leer la Biblia en la Misa. Sería falta de respeto ponerse a leer cualquier otro pasaje de la Biblia mientras el lector proclama la Palabra de Dios, o durante la Plegaria Eucarística. Quizá también sería falta de respeto ponerse a leer la Biblia mientras el sacerdote se avienta su sermón; aunque no estoy muy seguro que lo sea, siendo que somos tan aburridos y vacíos. Hasta yo me pondría a leer mejor la Biblia que estar escuchando mis propias vaciedades. En muchas ocasiones les he dicho a las personas, especialmente a los niños, en mis catequesis eucarísticas (las que ofrezco en la misma Misa), que cuando yo hablo, hasta se pueden echar un sueñito, esto para hacer un contraste marcado entre la importancia de las lecturas y el comentario del sacerdote. Qué mejor que leer la Biblia junto con el sacerdote, cuando va mencionando algunos otros pasajes que nos ayudan a entender la Palabra proclamada. Si la Biblia en la mano se pone al servicio de la lectura, yo diría que es lo más litúrgico que hay, y más si vemos que se pone al servicio de la evangelización y de la salvación de las almas, que según el Derecho Canónico, es la norma suprema de la Iglesia (ver canon 1752). Quizá, hablando de una postura meramente externa, se podría decir que es más litúrgico si las personas estuvieran mirando fijamente al ambón, aunque internamente estuvieran ausentes de lo que se lee. Y lo mismo, quizá se pudiera decir que la gente es más respetuosa si miran fijamente al sacerdote, o si cierran los ojos, o clavan su mirada en el piso.
 
¿Les parece que la gente les falta al respeto si se ayudan de su Biblia en la mano? Bueno, si el sacerdote está hablando de todo menos de la Palabra, pues ahí sí, el sacerdote puede pensar que la gente no tiene por qué estar viendo su Biblia, porque no lo están escuchando a él, sino a Dios. Si fuéramos honestos, tendríamos que aceptar que nuestra gente escucha poco la Palabra. Hagamos la prueba, como yo lo hago en infinidad de veces: la gente no recuerda, al empezar la homilía, de qué libro se tomó la primera o segunda lectura, o el evangelio, y menos de qué se trató. Ante esta realidad, ¿no nos sentimos empujados a hacer algo al servicio de la Palabra? Habemos algunas personas que somos muy distraídas o dispersas (quizá un 99.9% de la población). A nosotros nos ayuda enormemente el tener la Biblia en la mano para concentrarnos en la escucha de la Palabra. Yo personalmente doy testimonio de esto. Si no tengo la Biblia en la mano y me ayudo de la vista, mi pensamiento se va por la multitud de pendientes que traigo en la mente. Todos tenemos este problema, porque la vida tiene tantas preocupaciones. Bien nos pone en guardia nuestro Señor contra las preocupaciones del mundo que pueden ahogar la Palabra (vea Mateo 13,22). Un compañero sacerdote, estudioso de la Biblia, me decía que no sólo se escucha por los oídos, también por los ojos se escucha, que entre más sentidos entren en juego, más atenta es la "escucha”. Es cierto, en la lectura personal de la Biblia, en el silencio del cuarto, uno puede hablar categóricamente de "escucha”, aunque sean los ojos los que estén trabajando. En nuestras reuniones de sacerdotes se usa que se repartan hojas con los temas copiados que el expositor nos va a leer. Los oyentes nos ayudamos de esos papeles para poner más atención a la exposición, incluso para hacer algunos apuntes. Antes, cuando no se usaba esto, algunos nos poníamos a escribir lo más que podíamos de lo que nos estaban hablando. ¿Alguno de los expositores se sentía que le faltaban al respeto porque no lo miraban fijamente los oyentes, sino que se ponían a escribir o a seguirlo con la lectura de esas hojas? El Papa y algunos personajes importantes de nuestra Iglesia predican leyendo sus papeles.
 
Todos los hemos visto. (¿Leer la homilía desde unos papeles sí es litúrgico? ¿Leerla desde la Biblia no? No entiendo) Si en vez de leer las citas bíblicas de esos papeles las leyeran de la misma Biblia, ¿no sería eso más motivador para que los católicos se acercaran a conocer la Biblia? De Juan Pablo II se publicaban fotos con el rosario en la mano. A mí me gustaría que Benedicto XVI publicara fotos suyas con la Biblia en la mano. Ésta es la necesidad actual de la Iglesia. Yo pienso que la oposición al uso de la Biblia en la liturgia viene más bien del poco conocimiento que se tiene de la Palabra. Los fieles laicos no se sienten a gusto con la Biblia porque no la saben manejar, y se quedan rezagados si el sacerdote les va mencionando texto tras texto. Y terminan cerrando su Biblia porque no saben ni por dónde. Aquí lo que se requiere es paciencia de parte del sacerdote, para que camine junto con ellos, a su paso. Y los sacerdotes tampoco nos sentiríamos a gusto con la Biblia en la mano, a la hora de la predicación, porque no la sabemos manejar, no tenemos destreza (la palabra no es la más adecuada) en hacer que sea la Palabra de Dios la que se comente a sí misma. Porque hay que saber recurrir a otros textos para que sean ellos los que nos ayuden a entender mejor, más amplia y profundamente un determinado pasaje. (Esto no es una realidad en mí, hablo más bien del nivel al que quisiera llegar). En este caso, ¿qué hay que hacer? Los sacerdotes necesitamos invertir mucho tiempo de trabajo personal en la Sagrada Escritura, de trabajo espiritual más que académico, de trabajo dedicado y disciplinado. Dedicar horas diarias (¿exagero?) a la lectura de la Biblia para ir haciéndonos discípulos de la Palabra. Así, cuando nos pongamos a preparar la homilía, se nos vendrán a la mente y al corazón otros pasajes de la Biblia que iluminan los textos sagrados que se van a proclamar. Y hay que perder el miedo a empezar. Con el tiempo, nuestras predicaciones se irán haciendo cada vez más bíblicas. Para concluir. Esta propuesta está a debate. Y me gustaría debatirla para que salgan las razones que tenemos en uno o en otro sentido. La calidad de las razones es lo que cuenta. Finalmente les quiero ofrecer algunos textos, enseñanza de nuestro Señor Jesucristo, que nos hablan del lugar tan fundamental que debe ocupar la Palabra de Dios en la vida del cristiano y en la vida de la Iglesia:
 
« Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina (Mateo 7,25-27).
 
El les responde: « ¿Quién es mi madre y mis hermanos? » Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: « Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre. (Marcos 3,33-35).
 
El sembrador siembra la Palabra. Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos. De igual modo, los sembrados en terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, al punto la reciben con alegría, pero no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes; y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumben en seguida. Y otros son los sembrados entre los abrojos; son los que han oído la Palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Y los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento. (Marcos 4,14-20). Sucedió que, estando él diciendo estas cosas, alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» Pero él dijo: « Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan. (Lucas 11,27-28).
 
Jesús le respondió: « Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado (Juan 14,23-24).

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