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JESUCRISTO NOS LLAMA PARA ENVIARNOS
Comentario a Lucas 10,1-12 y 17.20, evangelio de la Misa del domingo 4 de julio del 2010.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     En los dos domingos pasados hemos escuchado de san Lucas cómo Jesús, en su caminar hacia su pascua, ha ido llamando discípulos en su seguimiento. Ahora vemos que Jesús quería seguidores para enviarlos a las gentes.
     En el capítulo 9 nos platica que primero Jesucristo designó a los Doce para que fueran a proclamar el Reino de Dios. Ahora en el cap. 10 nos dice el evangelista que designó a otros 72, también para enviarlos con esa misma encomienda. Este segundo envío nos habla de la dinámica de Jesús de estar llamando a personas en su seguimiento y para enseguida enviarlos. Seguramente no fueron nada más dos envíos, sino varios más, hasta llegar al envío final después de su resurrección. En estos envíos o misiones nos tenemos que ver a nosotros mismos. ¿Por qué somos cristianos, para qué nos ha llamado Cristo? Para enviarnos. Veamos pues los detalles de esta misión.
     Jesús piensa en la gente, se preocupa por ella, lo dice con estas palabras: "la mies es mucha y los obreros son pocos”. También nosotros dejémonos imbuir por la preocupación de Jesús. Si sentimos la misma preocupación de Jesús, saldremos a misión con más convencimiento. Es mucha la gente a la que hay que ir, y es mucho el trabajo que hay que realizar con ella. Necesitamos tantos trabajadores en la Iglesia, ciertamente muchos más que 72. No pensemos sólo en la ignorancia religiosa en que vive tanta gente, que no conocen a Dios, a ese Padre que los ama, a Jesucristo que dio la vida por ellos, al santo Espíritu que los quiere conducir por sus caminos, esa gente que no sabe casi nada de la Iglesia, de los sacramentos, de la oración, de la catequesis. No pensemos sólo en eso, que ciertamente para nosotros tiene su importancia. Pensemos en tantas cosas de su vida que quisiéramos que conocieran y vivieran: que supieran dialogar en familia, que tuvieran entereza de vida, que tomaran la política en sus manos, con gran discernimiento, que tuvieran fuerza social para sacar adelante sus derechos y su vida, que supieran educar a sus hijos. Gran parte del problema de la violencia que padecemos hoy es producto de deficiencias muy grandes que se viven en el seno de las familias. Pensemos en el ambiente laboral, escolar, cultural, etc. En fin, es mucho el trabajo que hay que hacer en nuestra sociedad.
     Jesucristo nos enseña a recurrir al Padre, para que no pensemos que nosotros somos la solución a tantos problemas. La solución, la salvación viene de Dios, por ello debemos suplicarle que llame y envíe trabajadores a sus campos. El mismo Jesús es un enviado del Padre. Nosotros igual: no somos misioneros a título personal, por iniciativa propia, es el Padre el que nos envía por medio de su Hijo. En esa conciencia tenemos que vivir y trabajar los sacerdotes, las catequistas, los celebradores de la Palabra, los ministros de cualquier ministerio en la Iglesia.
     Y, cosa curiosa, antes de decirnos a qué nos envía, primero nos da las advertencias: los envío como corderos en medio de lobos. Así ve nuestro Señor el estado del mundo. Y no podemos decir que esté exagerando, o que tenga una imagen muy negativista de la humanidad. Lamentablemente así está nuestro pobre mundo. Sobre aviso no hay engaño. No pensemos que nuestra misión va a ser de color de rosa. Es difícil. La tarea de evangelización de esta sociedad nos puede acarrear consecuencias negativas, nos pueden recibir con rechazo, lo dice Jesús versículos más adelante. ¡Qué podemos esperar nosotros si a él mismo lo crucificaron siendo que tanto bien hacía! Por ello nos pide que no pongamos pretextos o excusas: no lleven dinero, ni morral, ni sandalias. Coman de lo que les den. Así, libres de todo nos envía nuestro Señor al mundo, sin ataduras.
     Pues bien, ¿cuál es nuestra tarea encomendada por Jesús? Curar a los enfermos, proclamar la llegada del Reino de Dios. Esto se dice brevemente, pero hay que leer todo el evangelio para entender todo su alcance, amplitud y profundidad de nuestra misión, para ser fieles al encargo de Jesús. No vamos en plan proselitista, a hacer que las gentes se hagan de nuestra religión, o de nuestro partido, o de nuestra cultura o ideología. No. Lo que llevamos es el Proyecto de Dios para este mundo: su Reino, un reino de paz, de amor, de verdad, de justicia. Los vamos a invitar a que se conviertan a este Reino, porque el reino del mundo no vale la pena para los seres humanos, Dios tiene algo mucho, muchísimo mejor para esta pobre humanidad. Y nosotros somos sus humildes pregoneros.
     En aquel tiempo, a pesar de las dificultades encontradas, nos cuenta san Lucas que los discípulos regresaron felices porque hasta los demonios se les sometían. Pero Jesús les contesta que se alegren más porque sus nombres están escritos en el cielo… lo mismo que nuestros nombres.

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