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CUÍDENSE DE LA CODICIA
Comentario a Lucas 12,13-21, evangelio de la Misa del domingo 1 de agosto del 2010.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Los hombres que se afanan por atesorar bienes que se acaban, y con frecuencia uno mismo también se acaba antes que ellos, y Jesús que nos invita a atesorar bienes que no perecen.
     La conclusión del pasaje de hoy, sobre el apego a las riquezas y bienes materiales, es el abandono en la providencia de Dios, desgraciadamente no lo vamos a proclamar el próximo domingo, pero va incluido en este comentario.
     Con estas enseñanzas Jesús está formando nuestra vida, mejor dicho, nuestro corazón de cristianos, de discípulos suyos, y a través de nosotros, quiere formar el corazón de todos los seres humanos. Nos está diciendo cuál es el modelo del hombre y de la mujer, y de mundo que nos conviene, si queremos alcanzar realmente la felicidad. La posesión, el acumular, el darse a la buena vida, es el camino equivocado. Suena a sermón moralista pero es la realidad: el afán por las riquezas, por el dinero, por los bienes materiales es lo que está destruyendo nuestra sociedad, nuestra humanidad, ese afán es lo que nos está conduciendo por el camino de la muerte. Pero los seres humanos no lo queremos entender.
     En su camino a Jerusalén, Jesucristo se va encontrando con muy diversas personas y situaciones. Ahora se le presenta un hombre que le pide que le diga a su hermano que le dé su parte de la herencia. ¿Qué le contesta Jesús? El asunto de repartir herencias es tan complejo que a Jesús le hubiera consumido su tiempo. No se puede sin más ni más decirle a una familia que se repartan por partes iguales, porque podría estarse haciendo una injusticia. Imagínense una muchacha que se queda con sus padres, soltera, mientras los demás hacen su vida por otro lado. A ella le tendría que tocar por lo menos la casa, y lo suficiente para vivir. Pero esto no le contesta Jesús, más bien nos ofrece una enseñanza muy profunda. No tanto se refería al que pretendía su parte de la herencia, sino al que no la quería compartir. En este hombre de la parábola, Jesús plasma a dos clases de personas materialistas: tanto al avaro que acumula y acumula, como al que se tira a la buena vida y derrocha y derrocha. Ambas maneras son absurdas, porque ponen el corazón en lo que tiene valor, o que sólo es útil efímeramente.
     ¡Cuídense de la codicia!, dice nuestro Señor. ¿Qué es la codicia? Consiste en poner el corazón en algo meramente material: en un auto, en un tipo de ropa, en el dinero. Poner el corazón en cualquiera de estas cosas es un absurdo, nos dice hoy la Palabra de Dios. Jesús nos lo hace ver con toda claridad por medio de una parábola, este hombre rico que pensaba tirarse a la buena vida pero que sin embargo ese mismo día iba a morir. ¿De qué sirven las cosas si sólo valen para un momento? ¡Necio!, dice Jesús, ¡Tonto, insensato, pobre loco!, de varias maneras traducen nuestras Biblias. Es una soberana tontería gastar la vida en las cosas materiales. Esto todos lo entendemos muy bien con la cabeza, pero hace falta comprenderlo con el corazón, porque de todas maneras nos dejamos ir de cabeza por las cosas, ahí se nos va la vida, y lo peor, descuidamos lo que verdaderamente vale para nuestra salvación, para la vida eterna, la vida que perdura para siempre.
     Hagamos un repaso de las lecturas de hoy:
     "Vanidad de vanidades, todo es vanidad”, nos dice la primera lectura. Repasen en su Biblia todo este libro, para que se convenzan del sinsentido de tantas cosas.
     La vida del ser humano es como la flor del campo, que de mañana se abre y a la tarde se marchita, nos dice el salmo responsorial.
     San Pablo, en la segunda lectura, nos dice: "busquen los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra, porque han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios”.
     ¿Cuándo nos convenceremos de esto? Repito: no tiene caso gastar toda una vida en tantas cosas por las que actualmente nos afanamos. Por eso tantos católicos no están en este momento en Misa, porque les interesa más lo que vale menos. Y no sólo la Misa o los sacramentos, sino una vida de oración, una vida de servicio, de caridad. Todo eso no lo vamos a dejar aquí, nos lo vamos a llevar, eso sí nos enriquece.

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