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¡NO TEMAS, PEQUEÑO REBAÑO!
Comentario a Lucas 12,32-48, evangelio de la Misa del domingo 8 de agosto del 2010, 19º ordinario.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     ¡Qué consoladoras nos vienen estas palabras de nuestro señor Jesucristo, especialmente para este tiempo casi de terror que están viviendo tantas de nuestras gentes! "No temas, pequeño rebaño”. A nuestro Señor le resulta muy fácil decirlo, porque está bien apoyado en su confianza en el Padre, en su misión, convencidísimo de su entrega de la vida. Pero a nosotros no nos resulta tan fácil apartar el temor, el miedo que sentimos ante esta situación de criminalidad, delincuencia, violencia extrema que estamos padeciendo. Cuántas personas se han acercado a mí para expresarme ese sentimiento de angustia: temen por sus hijos, temen por sí mismos, los que venden temen por su trabajo (¿cierro o me arriesgo?, me preguntan), tememos salir a la calle, de noche.
     Pues no para otro tiempo, sino para este, más aún, para un tiempo de persecución como el que vivían los cristianos de los tiempos del evangelista san Lucas, es para el que deben de resonar con fuerza las palabras de confianza, tan llenas de ternura del Maestro: "No temas, pequeño rebaño, porque a su Padre le ha parecido bien darles a ustedes el Reino”.
     Generalmente uno no es partidario de las oraciones repetitivas, porque se van vaciando de sentido, porque se convierten en palabras que recitamos como el perico, pero esta vez quisiera recomendarles a tantísimas personas que tomen en sus labios las anteriores palabras de Jesucristo, y las repitan, no con los labios sino sólo en lo profundo de su corazón, sintiendo todo el amor de nuestro Señor que ellas contienen, que las repitan constantemente, sobre todo en esas veces que el sentimiento de angustia aumenta de intensidad. Esto nos puede convencer poco a poco de la promesa del Padre de otorgarnos gratuitamente su Reino de justicia, de amor, de paz, de fraternidad, ese Reino donde vale la pena vivir, donde la vida es plena, no de mentiras, no donde parece más muerte que vida como la que estamos viviendo ahora.
     Y la garantía de que esa promesa tendrá cabal cumplimiento es la cruz de nuestro Señor Jesucristo, quien se entregó a sí mismo plenamente y sin medida, a favor de este mundo pecador. "No temas, pequeño rebaño, porque a su Padre le ha parecido bien darles a ustedes el Reino”.
 
     Jesucristo nos pide que vendamos nuestros bienes y demos limosnas. Y yo les diría todo lo contrario: ¡No vendan sus bienes! Todavía no. ¿Por qué? Porque nuestra confianza en Dios aún no es plena. Porque la religión se presta para que los vividores se aprovechen de la buena fe de los creyentes.
     El día que nuestra fe sea tan grande como la confianza que Jesucristo depositaba en su Padre, ese día sí, vendamos nuestros bienes y demos limosnas, como los santos, los verdaderos creyentes, porque nuestro corazón estará bien puesto en un tesoro que no está aquí en la tierra, sino en Dios nuestro Padre bondadoso. "Donde está tu tesoro, ahí estará tu corazón”. Qué palabras tan llenas de sabiduría de nuestro Señor que descubren tan claramente el corazón de los seres humanos. No está nuestro corazón ahí donde decimos o alardeamos, sino donde está nuestro tesoro..

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