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HAY ALEGRÍA EN EL CIELO POR UN SOLO PECADOR QUE SE CONVIERTE
Comentario a Lucas 15,1-32, evangelio de la Misa del domingo 12 de septiembre del 2010, 24º ordinario.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Jesucristo, según el evangelio, no era una persona encerrada en un círculo estrecho de gentes religiosas. No era, al parecer, muy "persignado”, diríamos hoy día. Él buscaba a los pecadores, a las gentes de mala fama. Y la razón de su conducta nos la da por medio de tres parábolas: ¿qué pastor, qué mujer, qué padre, qué ser humano en sus cinco sentidos no sale a buscar aquello que se le ha perdido?
     Yo lo he comprobado en mis años de cura rural: la gente del campo sale a buscar la vaca, el becerro, el caballo que se le ha perdido. Y camina kilómetros en su búsqueda, y pregunta a sus compañeros y a ejidatarios vecinos que si no han visto un animal con tales y cuales características. Y en las cosas domésticas, cuántas veces lo hemos experimentado, creo yo que todo mundo, el haber perdido las llaves, o la bolsa, alguna prenda de vestir, un cuaderno, un libro,… ¡o hasta un hijo! ¿Quién no sale a buscar afanosamente lo que se ha perdido? ¿Y quién no se alegra cuando encuentra lo que se le ha perdido? Aquí nuestro Señor apela al sentido común, a la experiencia común para que comprendamos su comportamiento.
     Sin embargo, cuando se trata de recuperar a otros seres humanos, ese sentido no parece ser tan común. ¿Se imagina usted que un sicario, un extorsionador, un asaltante,… un obispo autoritario y abusón, un sacerdote pederasta, etc., se convierta con toda humildad y quiera retornar a la convivencia social y eclesial? ¿Todos los demás estaríamos dispuestos a acoger a esa persona con los brazos abiertos? Me temo que no. Nos sucede como a los escribas y fariseos, que en su religiosidad van cerrando su corazón hasta hacerlo impermeable a la conversión de los demás.
     Jesucristo, no sólo con su palabra sino con toda su persona, nos está convocando a ser como Dios (vean Lucas 6,36), que en su Hijo eterno sale a buscar al que se ha perdido, y se alegra, y hace fiesta cuando uno de sus hijos se convierte y retorna a él.
     Esto no es un juego religioso, de que yo peco y luego me confieso, y vuelvo a lo mismo. No. Aquí se trata de algo serio, de la salvación de los pecadores, que somos todos. La conversión es nuestra auténtica salvación. Se trata de volvernos a Dios, radicalmente a Dios.

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