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SEÑOR, AUMÉNTANOS LA FE
Comentario a Lucas 17,5-10, evangelio de la Misa del domingo 3 de octubre del 2010, 27º ordinario.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Nos vemos plenamente reflejados en los gritos de angustia del profeta Habacuc, quien vivía en circunstancias parecidas a las de nosotros, fíjense en sus quejas y cuestionamientos que le lanza a Dios, sobre la violencia y opresión, la perversión de la justicia. Nuestras quejas también son legítimas, no porque tengamos derecho a reclamarle a Dios, sino por angustia, porque ya no queremos esto que estamos viviendo. Dios ciertamente escucha nuestros gritos y clamores. Y su respuesta es, aunque parezca que se tarda: "El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe".
     En el evangelio vemos que los discípulos han aprendido a pedir cosas que valen la pena, no pequeñeces. Antes ya le habían pedido que les enseñara a orar (Lc 11,1), una súplica que no está muy presente en nuestros católicos. Y él les enseñó a pedir el Espíritu Santo (Lc 11,13). Ahora, igualmente, no le piden bienes materiales sino que les aumente la fe. Gran cosa le piden.
     Hay que notar que los discípulos constatan y aceptan que les falta fe. Esto es un gran paso. La religiosidad lleva el riesgo de hacernos pensar que las prácticas que tenemos son en realidad fe. Muchas veces esas prácticas religiosas denotan lo contrario. Nosotros confesamos con frecuencia que no tenemos fe. ¿Y la pedimos? ¿La pedimos con el corazón, con el ánimo de recibirla, al costo y con las consecuencias que sea?
     ¿Qué clase de fe le vamos a pedir al Maestro? ¿Qué entendemos por fe? Hay varias maneras de entender y de vivir la fe. Hay quienes le llaman fe a la mera afirmación mental de una verdad o de una persona: yo creo en Dios, como el equivalente a creer en su existencia; yo creo en la virgen y en los santos, o lo que es lo mismo, yo creo que sí existieron.
     Otra manera de entender la fe es como un poder que uno tiene en la mano para conseguir todo lo que uno quiere, poder hasta para manejar a Dios al antojo. Por ejemplo: yo creo que voy a salir bien en los exámenes, aunque no haya estudiado; yo creo que no me voy a enfermar, aunque no cuide las comidas ni las bebidas u otros consumos, o a pesar de los vicios.
     Pues bien, de esa fe no está hablando nuestro Señor. La auténtica fe cristiana es aquella que nos pone en sintonía con los planes de Dios, y que cree que se van a realizar, aunque no de manera inmediata ni como nosotros quisiéramos. Por ejemplo, tenemos la fe de María, reconocida por Isabel que le dijo: "¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (Lucas 1,45). Los profetas tuvieron fe en Dios que les pedía hablarle a su pueblo, o a sus autoridades para llamarlos a la conversión, y ellos lo hicieron hasta arriesgando su vida. Los apóstoles tuvieron fe en Jesús cuando les llamó en su seguimiento y ellos dejaron todo. El mismo nuestro señor Jesucristo nos muestra cuál es su fe al venir a este mundo y dejarse conducir hasta la muerte en cruz, todo por la salvación de este mundo pecador que es el plan de Dios.
     La fe es abandono en las manos de Dios, la fe es obediencia plena a la voluntad de Dios, porque él hará que se cumplan todas las cosas que tiene planeadas. Eso es lo que significan las palabras de Jesús de conseguir hasta lo imposible. Pidámosle a Dios que nos aumente esa clase de fe: la fe que consiste en creer en él y en su enviado Jesucristo, creer en sus enseñanzas contenidas en los evangelios, creer en su persona, en sus conflictos con las autoridades, en su muerte, en su resurrección. La fe que consiste en abandono total en los planes de Dios. La fe que consiste en desinstalarnos en nosotros mismos para instalarnos en ese Otro que es Dios. La fe que consiste en vivir lo más cercanamente al evangelio de Jesús, y hacerlo progresivamente, sin estacionarnos nunca en una fe inmóvil.
     Con esa fe nos podremos poner enteramente al servicio de la Obra de Dios, de la salvación de este mundo. ¿Qué nos enseña Jesús? Es fuerte lo que hoy nos dice y está matizado en la lectura de la liturgia "¡No somos más que siervos!", hemos proclamado en la Misa. Pero san Lucas escribió, de los labios de Jesús, algo más fuerte: "¡Somos siervos inútiles!" (así se lee en el original griego). En este mundo y en estos tiempos actuales, hemos aprendido a declararnos siervos. ¡Cuidado! Podemos hacerlo con cierta soberbia, como si nos colgáramos una medalla. Las gentes del poder, tanto civil como eclesiástico, acostumbran presentarse como servidores. ¡No! No somos como los servidores contratados por un sueldo. Frente a Dios nosotros somos siervos inútiles, porque Dios no nos necesita, nos llama por pura gracia.

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