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¿HARÁ DIOS ESPERAR A QUIENES PIDEN JUSTICIA?
Comentario a Lucas 18,1-8, evangelio de la Misa del domingo 17 de octubre del 2010, 29º ordinario.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Aunque sea de pasada quiero repasar el testimonio de san Pablo sobre la Palabra de Dios escrita, que hoy nos toca proclamar en la segunda lectura, es la recomendación que le hace a su discípulo Timoteo: "desde tu infancia estás familiarizado con la Sagrada Escritura, la cual puede darte la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación. Toda la Sagrada Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, para reprender, para corregir y para educar en la virtud, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté enteramente preparado para toda obra buena… te pido encarecidamente… que anuncies la palabra; insiste a tiempo y a destiempo; convence, reprende y exhorta con toda paciencia y sabiduría”. Ésta es mi insistencia con todos los católicos. Espero poder convencerlos algún día.
 
     Y en el evangelio Jesucristo nos instruye acerca de la oración, nos propone una parábola para enseñarnos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer.
     ¿Qué hábitos de oración tienen ustedes? ¿A qué horas acostumbran orar? ¿Rezan a lo largo del día, en algunos lugares especiales, en algunos momentos especiales? La de ustedes, ¿es una oración verbal, espontánea, de memoria, leen oraciones hechas, es oración en silencio? Hay varias maneras de orar.
     En la oración acostumbramos pedirle muchas cosas a Dios, generalmente para nosotros y para nuestra familia. Jesucristo, en capítulos anteriores nos había enseñado a pedir el Reino de Dios, a pedirle a Dios su santo Espíritu, a pedirle más fe. Ahora nos enseña a pedir justicia.
     Siguiendo el ejemplo de nuestro Señor, me parece que la oración más excelente es la oración en silencio, que es la oración que busca escuchar, estar en sintonía con Dios, con su santa voluntad, la oración que busca entender sus planes para entrar en ellos, que son siempre planes de amor y de salvación de este mundo.
     Pero ahora Jesucristo nos enseña la perseverancia de la oración, la perseverancia en suplicarle justicia para sus elegidos que se confían a él.
     Nuestro Señor, que compartía muy de cerca y de dentro la vida del pueblo, conocía bien a estas gentes que precisaban de justicia, que exigían justicia, por ello las plasma en su parábola. Exigir justicia, tanto en la sociedad como al interior de la Iglesia, hay que decirlo categóricamente, es un derecho evangélico consagrado por Jesucristo.
     Veamos en esta viuda a tantas gentes que padecen injusticias, en sus trabajos, en sus propiedades, en sus relaciones. Cuántos hay que salen a las calles a reclamar constantemente que el gobierno les haga justicia: campesinos, indígenas, electricistas, mujeres, madres de hijas desaparecidas, etc., etc. A veces nos fastidian estas imágenes y pensamos como el juez injusto: ¡cómo molestan! Pero hagamos lo mismo que nuestro Señor, metámonos en los zapatos de todas estas gentes.
     También Jesucristo conocía a los jueces injustos que se dan en todos los tiempos. No es la ética de los jueces sino la insistencia, la persistencia de los que defienden sus derechos, lo que consigue que se les haga justicia. Así quiere nuestro Señor que seamos los cristianos, insistentes en aquello que pensamos que es justo, no sólo para nosotros individualmente, sino para el pueblo. Si de veras la razón está de nuestra parte, Dios estará también de nuestra parte, y nos hará justicia, y es lo que estamos esperando en este mundo para tantísima gente.
     Por otro lado, nosotros debemos caer en la cuenta de que Dios ha puesto a este mundo en nuestras manos, incluida su gracia y su salvación, y que él está esperando que nos pongamos en obra, como Iglesia y como comunidades cristianas, para ponernos del lado de la justicia que merecen los desamparados de este mundo. Dios quiere obrar a través de nosotros. Y ahí se pone a prueba nuestra fe: el que cree, persiste en conseguir lo que cree.
     Nuestro Señor finaliza su parábola con una pregunta que nos deja inquietos: "Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?" Pareciera que con esta pregunta Jesucristo estuviera pensando precisamente en nuestros tiempos modernos. Por un lado eso es lo que estamos presenciando quienes estamos más viejos. No sabemos decir si antes había más fe o más religiosidad y ahora hay muchas cosas que se están perdiendo. Pero también constatamos que, quienes están siendo evangelizados más auténticamente, está viviendo una fe más profunda que no puede catalogarse como simple religiosidad. Viendo esto, podemos contestar la pregunta de Jesús: Sí, sí vas a encontrar fe cuando vengas, porque no estamos pasivos en este mundo.

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