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EL HIJO DEL HOMBRE HA VENIDO A BUSCAR Y A SALVAR LO QUE SE HABÍA PERDIDO
Comentario a Lucas 19,1-10, evangelio de la Misa del domingo 31 de octubre del 2010, 31º ordinario
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Zaqueo quería conocer a Jesús, pero era pecador. En Jesucristo había una fuerza especial que atraía a las personas, no era un maestro común y corriente, la misma gente lo reconocía: "Quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad” (Lucas 4,32). Zaqueo, así nos lo describe el evangelista, era jefe de publicanos y rico. Esto era demasiado, porque los publicanos no tenían una fama gratuita, eran corruptos, así como en nuestros tiempos se da tanto. Recordemos el llamado que les hacía Juan Bautista: "No exijáis más de lo que os está fijado” (Lucas 3,13). Por eso no los quería el pueblo, no sólo porque recaudaban para el imperio, sino porque le sacaban de más a la gente. La riqueza de Zaqueo era el signo palpable de su corrupción, y desde la perspectiva evangélica, un signo de su lejanía de los planes de Dios.
     Jesucristo lo sorprende y nos sorprende a todos: "hoy tengo que hospedarme en tu casa”. ¡Un maestro, predicador de la justicia de Dios hospedándose en casa de un pecador! ¡No puede ser!
     Pero Jesús era el que tenía bien clara su misión: "el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido”. Ésta es una constante en los cuatro evangelios, especialmente en el de san Lucas, la actividad de nuestro Señor Jesucristo entre los pecadores. Desde que se fue al río Jordán a bautizarse con Juan en medio de los pecadores, en vez de iniciar su ministerio de la salvación de Dios en el templo de Jerusalén, al amparo de los sacerdotes. Desde que llamó en su seguimiento a aquel grupo de pescadores, y a aquel publicano llamado Leví. Su respuesta era: "No temas”, "No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores” (Lucas 5,10.31).
     Repasemos otros dos pasajes evangélicos por los que ya hemos pasado en la liturgia dominical de estos meses. Jesús da cuenta de su "mal” comportamiento al acoger a los pecadores ofreciéndonos tres maravillosas parábolas: el pastor que sale a buscar la oveja perdida, la mujer que busca afanosamente la moneda perdida, el padre que sale al encuentro de su hijo que estaba perdido (Lucas 15).
     El domingo pasado nos tocaba proclamar otra parábola que retrata bien la misión del Hijo de Dios, y que no leímos por haber celebrado el Domingo Mundial de las Misiones. Es la parábola del fariseo y el publicano. "Les digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no”, concluía Jesús (Lucas 18,14).
     El encuentro personal con Jesús transforma a las personas, no las deja igual. Esto es salvación.
    
     Todos somos pecadores: los que se confiesan, que tienen conciencia clara de serlo y de ser necesitados de la misericordia de Dios, y expresan así su confianza en esa misericordia. Están también los que saben que son pecadores, que son católicos, pero casi no se acercan a los sacramentos. Quizá no se sienten dignos de la misericordia de Dios, o se consideran incapaces de convertirse. Somos pecadores comunes y corrientes: sabemos de nuestros pleitos, egoísmos, afán desmedido por el placer, la comodidad, el dinero; somos conscientes de nuestras faltas cometidas en el trabajo, en la escuela, en el hogar, en la calle. Están también los otros pecadores, los que miramos hacia afuera, los delincuentes comunes, los que roban, se emborrachan, se pelean, se drogan. Pero desde luego que hay que incluir en la categoría de pecadores a los que están atrapados en el crimen organizado, los funcionarios públicos corruptos. Y, por qué no mencionarlos, estamos también los pecadores de la jerarquía eclesiástica, los que hemos sido consagrados para hacer palpable a Jesucristo cabeza de la Iglesia, y que sin embargo, nos hemos dejado llevar por el afán de poder, y nos hemos forrado de impunidad y revestido con las apariencias.
     Todos somos pecadores, y todos estamos necesitados de la gracia de Dios. Jesús sale a buscarnos a todos, y nos deja la pauta de lo que debe ser nuestra vida de Iglesia, llevarles a todos el amor y la misericordia de Dios. A todos Dios nos invita a volvernos a él, como Zaqueo, y a cambiar de vida como él. Jesucristo no está encerrado en un recinto sacro esperando sólo a los más santos. ¿Queremos conocerlo? ¡Qué dicha si a todo mundo le cayera el veinte de que conocer a Jesús es nuestra salvación personal y la salvación para este pobre mundo! El sentido más profundo de nuestro ser de Iglesia está precisamente en dar a conocer a Jesús, no es otra nuestra misión.
     Hay que decir con claridad que nosotros, por ser apóstoles de Jesús, no somos los buenos de la película, no interesa decir si somos más buenos o más malos que los demás, lo que interesa es que nuestra salvación y la de ellos está en volvernos radicalmente a Dios. Les llevamos esa convicción desde nuestra fragilidad, sólo por la fuerza de la gracia de Dios.
     La fuerza que sentimos nosotros de salir a ellos, también ellos la pueden ejercer hacia nosotros, y nos daría mucho gusto que así fuera.
     Sin embargo, no debemos ser ingenuos. Percibimos una dificultad especial en nuestros tiempos: pensemos en los narcotraficantes, sicarios, extorsionadores, secuestradores, etc. Son muchas las acciones que se pueden y se deben realizar, pero en el fondo de todas está la intención de Dios: salvar a los pecadores. Y la salvación es Jesucristo en persona. La salvación no es nuestro tinglado eclesiástico. ¡Qué felicidad que Jesucristo pudiera ser llevado hasta todos ellos!

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