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DIOS NO ES UN DIOS DE MUERTOS SINO DE VIVOS
Comentario a Lucas 20,27-380, evangelio de la Misa del domingo 7 de noviembre del 2010, 32º ordinario
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     La Iglesia nos acompaña la lectura evangélica con un pasaje escalofriante del segundo libro de los Macabeos. Se antoja, más que comentarlo, repasarlo línea tras línea, para motivarnos, para inyectarnos ese testimonio de fe inquebrantable de esta familia judía. Una madre vio morir a sus siete hijos en un solo día, a manos de un rey tiránico, junto con su equipo de asesinos y torturadores. Ni la madre se echó hacia atrás ni ninguno de sus hijos. ¿Tendremos nosotros ese tamaño de fe? Repasen ustedes esta lectura en su casa.
     Esta fe de los macabeos en la resurrección es la que nos prepara a la enseñanza de nuestro Señor. Aclaremos que no se trata de una mera enseñanza verbal, de sólo palabras, porque Jesucristo entregaría su vida fehacientemente en la cruz en los siguientes días.
     Jesucristo se encuentra en los atrios del templo de Jerusalén. A este punto se había encaminado decididamente, nos lo dice san Lucas desde el final de capítulo 9. Ahí Jesús recibe a varias comisiones de los notables del pueblo judío que lo interrogan sobre variadas cuestiones para ponerlo a prueba y tener finalmente más motivos de qué acusarlo.
     Uno de esos grupos es el de los saduceos. Esta agrupación religiosa tenía a su cargo, en los tiempos de Jesús, el sumo sacerdocio. Ellos no creían en la resurrección de los muertos, por eso le plantean a Jesús un caso con la intención de hacer aparecer absurda esa creencia.
     Ellos no creían en la resurrección porque con la vida presente tenían más que suficiente: gozaban de poder y de dinero, controlaban el comercio que se realizaba en el templo de Jerusalén y estaban bien y en paz con las autoridades romanas. Esa vida satisfecha la consideraban un signo de la bendición de Dios. ¿Para qué creer en la resurrección? Y es que la verdad, los libros más antiguos del Antiguo Testamento no hablan de la resurrección. Son los libros más recientes, como Sabiduría y los libros de los Macabeos los que denotan una más clara conciencia de ella.
     Jesucristo, que se va a entregar decididamente a la muerte en la cruz, es un firme creyente en la resurrección de los muertos. ¿Cómo podría ser de otra manera teniendo contacto con los sufrientes de este mundo, con los enfermos, los pobres, los pequeños, los desposeídos? No es que él quisiera trasladar solamente al cielo la bienaventuranza de todos estos sufrientes, porque en su caminar él fue sembrando felicidad actual para todos ellos, y les mostró a todos las condiciones para cambiar de una buena vez este mundo. Pero el broche de oro de esta buena noticia del Reino de Dios se tendrá en otro tiempo, cuando Dios quiera recapitular todas las cosas.
     Jesucristo nos dice que el día que Dios quiera, resucitaremos como ángeles, como hijos de Dios. No habrá en la vida futura tantas cosas que en este mundo tenemos. No sólo la institución del matrimonio, sino tantas cosas caducas. De lo que sí estamos seguros es que el amor, la justicia, la verdad, esos seguirán existiendo, porque son valores de Dios y no invento de los hombres.
     La frase final de Jesús es lapidaria y habría que grabárnosla para meditarla toda la semana: "Dios no es un Dios de muertos sino de vivos”. Esta respuesta quiere decir que hay varios dioses, no en la realidad, sino en la mente y en el corazón de los creyentes. Hay quienes creen en un Dios de muertos, como los saduceos, hay quienes creen en un Dios autoritario, para justificar sus atropellos desde la autoridad. Hay quienes creen en un Dios mudo, para imponer su religiosidad.
     Por eso, cuando nosotros decimos creer en Dios, debemos hacer varias puntualizaciones: creemos en un Dios que habla a su pueblo, al contrario de quienes creen en una imagen de dios que no dice nada, porque a fin de cuentas no conocen su Palabra ni quieren dejarse conducir por ella; nosotros creemos en un Dios que conduce a su pueblo por sus caminos de justicia, que lo acompaña, que se encarna para caminar con él, a diferencia de quienes creen en un Dios lejano que nos deja al arbitrio de los poderosos de este mundo; nosotros creemos en un Dios que ama, especialmente a los pecadores, a los pobres, a los pequeños, a diferencia de quienes creen en un Dios impersonal que no tiene relaciòn con sus criaturas; creemos en un Dios de vivos, no de muertos, creemos en el Dios de la vida, no creemos que este mundo de muerte es el destino final de los seres humanos. Nuestro destino es la eternidad, la vida eterna, la eterna comunión con Dios, la eterna hermandad. Por eso celebramos a Aquel al que este mundo de muerte mató en una cruz, pero que el Dios de vivos lo resucitó al tercer día.

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