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(Los artículos de esta sección pueden ser reproducidos por cualquier medio, citando la fuente)
 
EL PAPA Y EL USO DEL CONDÓN
Miércoles 24 de noviembre del 2010
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Un tercer tema de interés que toca el Papa en el libro "Luz del mundo” es lo que ha expresado acerca del uso del condón. Nos dice que en el caso de un hombre dedicado a la prostitución está justificado recurrir a ese preservativo si lo que se busca es prevenir en alguna medida el contagio del sida.
     Yo quisiera platicar personalmente con el Papa, y quisiera invitarlo a iniciar un debate abierto, valiente sobre este y muchos otros temas. Los que estamos en un contacto más cercano con la gente tenemos mucho que decir, mucho qué debatir y suplicar.
     Por un lado, hay que admitir que nuestros católicos tienen poca conciencia de pecado. Cuántas parejas viven en unión libre o meramente civil, y duermen y comen tan tranquilamente. Como que hasta a uno le da cierto temor decirles que están viviendo en pecado mortal, que no les es lícito llevar una vida sexual si no se han comprometido el uno y la otra para siempre. Del mismo modo, cuántas parejas recurren a los métodos anticonceptivos artificiales sin cargo de conciencia.
     Pero la verdad es que también hay muchos católicos que sí se plantean problemas de conciencia, y hasta viven angustiados porque no quieren faltarle a Dios, el Padre de bondad.
     La Iglesia acepta como lícitos los métodos naturales para espaciar los hijos o para limitar su número. Si la pareja recurre a las relaciones sexuales en los días infértiles de la mujer, todo es lícito. Pero recurrir a los métodos artificiales no. ¿Por qué?, nos preguntamos muchos. Es cierto que nuestra vocación cristiana nos conduce a vivir una espiritualidad más intensa, y no idealizar o fomentar todo lo que nos pide el cuerpo: alimento, consumo, sexo. Sin embargo, la sexualidad, no vivida como una afán sexualista, como nos la presentan los medios de comunicación, y como se vive en general en nuestra sociedad, sino una sana sexualidad es parte de la espiritualidad del matrimonio, es el ejercicio del amor conyugal.
     En nuestra pastoral parroquial nos topamos con muchos casos que hacen difícil este recurso de los métodos naturales. Un caso es el de muchos maridos que salen a trabajar fuera (me ha tocado estar en parroquias de fuerte migración). El día o lo pocos días que pueden estar con su mujer, no pueden tener convivencia con ella por el riesgo de embarazo. Está también el caso de las mujeres que ya son cercanas a la menopausia, el embarazo es de mucho riesgo. O también el caso más trágico de que uno de los cónyuges está contagiado por alguna enfermedad. ¿Les está recomendada la abstinencia sexual absoluta o les está mandada? Y desde mucho antes se ha mencionado la situación de la gente del campo, de baja escolaridad, el problema de los maridos alcohólicos, no creyentes, de mal carácter, etc.
     Pero todavía tengo algo más en contra de lo "natural” de los métodos naturales. La mujer vive diferentes etapas cada mes: los días de su menstruación, los días de infertilidad y los de fertilidad. Cuando la mujer está en sus días de ovulación, es cuando su organismo segrega ciertas cantidades de hormonas que aumentan, por naturaleza no porque el diablo ande meneando la cola, su celo sexual. Esto sucede en todos los mamíferos. ¿No hemos visto esto en el rancho y en la tele en los programas culturales sobre el reino animal? Dice la Sagrada Escritura, más como una descripción de la psicología de la mujer que como un mandato: "Tu deseo te empujará hacia tu marido" (Gen 3,16). Así es que si la mujer, cuando más desea tener relaciones con su marido es cuando menos las puede tener, entonces nos estamos topando con un método machista, y con un mandato de la Iglesia que hace menos a la mujer y privilegia al varón. De por sí nos enfrentamos en nuestra cultura al problema de la frigidez femenina (cuántos casos me han llegado de estos en el confesionario) y más que la Iglesia la fomenta. Para que una mujer viva una satisfactoria sexualidad, debe contar con la colaboración de su marido, que debe aprovechar esos días, y también de la Iglesia, la madre de las mejores causas. Si el Papa toma en cuenta a los prostitutos, ¿por qué no tomar en consideración a estas hijas predilectas de la Iglesia que son las mujeres?

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