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PREPARÉMONOS PARA SALIR AL ENCUENTRO DE JESÚS
Comentario a Mateo 24,37-44, evangelio de la Misa del domingo 28 de noviembre del 2010, 1º de adviento.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Adviento, como cada año lo decimos, es el tiempo en que nos preparamos para la celebración del nacimiento de nuestro señor Jesucristo. También es un tiempo, casi cuatro semanas, en que vivimos de manera más intensa lo que es toda nuestra vida cristiana, un caminar por la vida y por la historia al encuentro definitivo con el Señor, no sólo individualmente sino eclesialmente. Adviento por ello es tiempo de esperanza, de ilusión, de utopía, de echar al vuelo nuestros más grandes sueños. Son ingredientes de nuestra espiritualidad y nuestra vida cristiana. La Palabra de Dios que hoy nos ofrece la Iglesia ilumina de manera especial este caminar nuestro por la historia y la manera como debemos vivir concretamente este tiempo de adviento.
     Convendría leer todo el capítulo 24 de san Mateo para darnos una idea más completa de la enseñanza de nuestro Señor, que nos habla, estando frente al templo de Jerusalén, de muchas más señales que anunciarán su venida y el cumplimiento de todas las cosas, la plenitud de los planes de Dios. En realidad son cosas que siempre suceden, pero son los signos de los tiempos que los cristianos debemos saber interpretar y discernir a la luz de la Palabra del Señor.
     En los versículos que hoy proclamamos en la Misa, nuestro Señor Jesucristo describe admirablemente la manera como vive nuestra gente: "Así como sucedió en tiempos de Noé, así también sucederá cuando venga el Hijo del hombre. Antes del diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca. Y cuando menos lo esperaban, sobrevino el diluvio y se llevó a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre”.
     Cada uno de ustedes haga un repaso de las actividades de su día: levantarse, desayunar, salir a la escuela y al trabajo, los quehaceres domésticos, de nuevo la comida, cumplir con algún que otro pendiente en la ciudad, una que otra diversión, regreso a casa, tele, dormir. En esta rutina se nos va la vida. Para algunos católicos hay estos otros ingredientes: oración, escucha y meditación de la Palabra de Dios, la Eucaristía dominical, la comunidad, el grupo, el apostolado, la mente y el corazón en Dios cada día. Fomentar esto último como parte necesariamente integrante de nuestra vida, es la intención del adviento litúrgico. Y no nos conformemos con vivirlo solamente nosotros, preocupémonos de contagiar, aunque sea poco a poco, al resto de la sociedad. Llevémosle, sobre todo en estos tiempos de tanta negatividad, un mensaje de esperanza. No nos dejemos atrapar por la propaganda comercial que desvirtúa nuestra Navidad cristiana. Esta invitación va dirigida muy en serio a todos nuestros católicos. El adviento litúrgico no se puede llamar "fiestas decembrinas”, son dos cosas muy diferentes. Nosotros queremos nutrir el espíritu más que el cuerpo. Queremos poner nuestra mente y nuestro corazón en el Señor que viene a nosotros, con su Reino; no queremos desviar nuestra atención con el santo Clós, los regalos, las fiestas. Sí queremos celebrar una gran fiesta, pero fiesta eclesial, cuando recordemos el nacimiento de Jesús en la pobreza de un pesebre, en la gruta de Belén.
     De la misma manera queremos prepararnos espiritualmente para vivir con más intensidad nuestra esperanza depositada plenamente en Dios, en el mundo nuevo que él nos ofrece. En el trajín de todos los días parece que la gente no se detiene a ahondar en el futuro, no en el futuro inmediato, sino en nuestro destino final. ¿Hacia dónde se encamina la humanidad? ¿Cuál es el destino del hombre? Tenemos ante nosotros una disyuntiva: la destrucción total; hacia allá apunta la guerra entre las naciones, la violencia al interior de los países, el narcotráfico, el crimen organizado, la delincuencia, la drogadicción. Nos podemos acabar unos a otros. La especie humana, con tener tantos habitantes, está en riesgo de extinción. Y no se diga si algún día se le ocurre a alguna de las potencias nucleares estallar una de sus bombas con las que pueden destruir todo el planeta.
     O bien, y eso es lo que esperamos los cristianos, aunque no nos toque a nosotros verlo en este mundo, el futuro del ser humano es su plena realización, la paz, la felicidad, la justicia, el reino del amor de Dios. Recordemos la primera lectura, la utopía que el profeta Isaías, inspirado por el Espíritu de Dios, cantaba al pueblo antes de la venida de Jesucristo:
"En días futuros, el monte de la casa del Señor será elevado en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas, y hacia él confluirán todas las naciones. Acudirán pueblos numerosos, que dirán: "Vengan, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob, para que él nos instruya en sus caminos y podamos marchar por sus sendas. Porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén, la palabra del Señor”. Él será el árbitro de las naciones y el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas; ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra. ¡Casa de Jacob, en marcha! Caminemos a la luz del Señor”.
     Este futuro de la humanidad ciertamente será un regalo de Dios, nuestro gran regalo en Jesucristo, en la definitiva Navidad de los tiempos, pero mucho tenemos que trabajar todos. Nuestra pasividad actual no merece tal regalo. El creyente es un creyente activo.

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