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IGLESIA Y ESTRUCTURA PARROQUIAL
(2º tema de la Asamblea Parroquial del sábado 27 noviembre 2010)
Carlos Pérez Barrera, pbro.
 
La parroquia.-
     Nuestro señor Jesucristo no inventó las parroquias, él solamente envió a sus discípulos a anunciar la Buena Noticia de que en su Persona había llegado el Reino de Dios a nosotros. Con sus discípulos Jesucristo fundó la Iglesia, como su comunidad, la gran familia de Dios a la que todos los seres humanos están convocados. Los discípulos fueron fundando iglesias en cada localidad, así lo vemos en el libro de los Hechos, en las cartas de los apóstoles y en el Apocalipsis. Esto no se hizo por países o regiones, sino por localidades. Por ejemplo, San Pablo escribió sus cartas a los cristianos de Corinto, de Éfeso, de Tesalónica, a las diversas iglesias de Galacia, etc. O el Apocalipsis, que dirige un mensaje a cada una de las siete iglesias de Asia Menor: Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia, Laodicea. No todos los habitantes de una ciudad eran cristianos, quizá sólo un pequeño número, de modo que hasta podían reunirse en una casa, en las casas de ellos mismos (1 Corintios 16,19).
     Así pues, en cada ciudad se nombraban encargados de la iglesia ahí establecida. Éstos podían llamarse apóstoles, profetas, evangelizadores, pastores y maestros (Efesios 4,11), o bien, presbíteros, epíscopos y diáconos (Tito 1,5-7).
     Con el paso del tiempo estas pequeñas iglesias se fueron aglutinando en regiones, de las cuales, con el tiempo, más o menos en el siglo IV, nacieron las diócesis, al cuidado cada una de un obispo. El nombre de diócesis se tomó de la organización del imperio romano. El emperador Constantino, que terminó con la persecución a los cristianos y les dio carta de ciudadanía, fue el que adoptó esta división. Posteriormente, cada diócesis, se subdividió en parroquias, al cuidado de ellas estaba un cura de almas o párroco.
     En aquellos años, la parroquia, como forma de ser y de vivir la iglesia, era una estructura que respondía bien a la vida socio económica de las comunidades. Cada pueblito de buen tamaño era una parroquia. Imagínense un poblado de unos 500 ó de un millar de habitantes, uno o dos centenares de familias: una escuela, su comercio local, sus tierras de labranza, el trabajo en el campo, la junta de vecinos, un cementerio, un templo donde todo mundo se bautiza, se casa, se despide con su funeral. En un pueblito pequeño todo mundo se conoce, todos tienen trato, todos pueden vivir la fraternidad de una manera real.
     Hoy día, en un ambiente urbano, en una ciudad con un millón de habitantes, donde éstos trabajan en muy diversos puntos, van a la escuela no necesariamente de la colonia, compran y venden donde quieren, porque hay supermercados para escoger, donde también hay varios centenares de templos para recibir los sacramentos, la misa dominical u ocasional, ¿qué vida de parroquia se puede tener? Por la movilidad de la gente pareciera que toda la ciudad es una sola parroquia. Pero no se trata de solamente tener acceso a servicios religiosos, sino de tener vida en comunidad, un espacio vital donde crecer como cristianos. Aún mismo las parroquias son demasiado grandes como para considerarse un espacio para la vida cristiana. Nuestra parroquia, con sus aproximadamente 25 mil habitantes (20 mil de los cuales se dicen católicos), es más grande que muchas poblaciones de nuestro estado. Un católico requiere de un espacio más pequeño, con un número más pequeño de personas con las cuales desarrollarse como cristiano viviendo los mandatos del Señor. Por eso muchos dicen que la parroquia es una estructura eclesiástica anticuada que ya no responde a nuestros tiempos. Sin embargo, la Iglesia universal sigue conservando esta estructura en su legislación canónica.
     Nosotros queremos hablar más bien de iglesia, sea ésta una pequeña comunidad de base o una comunidad parroquial grande. ¿Quiénes formamos en realidad la Iglesia? Los que nos congregamos para la misa dominical en un lugar, para la enseñanza, para el trabajo comunitario, para vivir la fraternidad, para el servicio a la gran comunidad, etc. La pregunta que queremos responder es entonces ésta: ¿Qué clase de cristianos queremos ser, qué clase de iglesia? ¿A qué nos convoca Cristo?
 
Hay varias notas que nos distinguen como iglesia de Jesucristo. Decimos algunas aunque no seamos exhaustivos.
 
1- Discípulos de Jesucristo.- La iglesia está formada por discípulos de Jesucristo. Un discípulo es aquel que se sienta a escuchar atentamente la Palabra del Maestro (Lucas 10,39). No pueden considerarse discípulos quienes no estudian permanentemente los santos evangelios y el resto de la Palabra de Dios. Y somos iglesia cuando nos ponemos en comunidad a la escucha del Maestro, cuando nos reunimos y dejamos que sea la Palabra de Jesús la que conduzca nuestra vida personal y comunitaria y eclesial (Mateo 18,20). Es la palabra del Maestro la que nos va educando en la filiación divina, es decir, en nuestra condición y en nuestra conciencia de ser hijos de Dios, y eso nos lleva a vivir como el mismo Hijo de Dios y a hacer sus obras (Juan 14,12). Es también la Palabra del Maestro la que nos educa en la docilidad al Espíritu Santo. Como Jesucristo, que se dejaba llevar por el Espíritu (ver Lucas 4,1 y 4,14), así es la vida del cristiano. / La enseñanza parroquial o de sector nos lleva a establecer catequesis infantil, grupos de adolescentes, jóvenes, adultos, familias, etc., y las diversas catequesis que se necesiten. ¿Qué tanto tiempo le dedico a estudiar la Palabra del Maestro? ¿Qué actividades realizamos como parroquia para que la Palabra de Jesús sea conocida por los demás?
 
2- Misioneros de Jesucristo.- Somos iglesia de Jesucristo propiamente quienes salimos a llevar a otros la Palabra del Maestro que hemos aprendido, porque además de salir en su nombre, lo hacemos a título de comunidad. Somos una iglesia enviada o misionera (Marcos 16,15). O somos misioneros, o no somos iglesia. Estas dos notas nos las han recalcado los obispos latinoamericanos que se reunieron en la ciudad de Aparecida en esta expresión: "discípulos misioneros”. Como Jesús, nos sabemos enviados a evangelizar a los pobres, a abrir los ojos a los ciegos corporales y espirituales, a dar libertad a los oprimidos, a proclamar el jubileo de Dios para esta humanidad (ver Lucas 4,18-19). La parroquia misionera será el siguiente tema de esta asamblea.
 
3- Vida de fraternidad.- A nadie le digamos padre, guía o maestro, nos ha enseñado Jesús. Todos somos hermanos. Esto quiere decir, por un lado, que todos somos iguales, todos somos discípulos, todos somos enviados. Si hay obispos y presbíteros, es sólo para hacer visible y tangible que Cristo es nuestra cabeza. Por otro lado, la palabra "hermanos” habla de la relación que debe existir entre nosotros: la caridad, el amor. No el amor humano, que siempre es pequeño, sino el amor de Dios que es sembrado en nuestros corazones por el Espíritu. La palabra "hermanos” sentimos que nos queda grande en todos los grupos y organizaciones, de todas maneras la utilizamos como un ideal que tenemos que alcanzar, porque Cristo nos ha convocado a vivir la fraternidad, de modo que viéndolo en nosotros, todos se sientan atraídos a hacer la fraternidad universal. No se puede vivir el amor universal si no se es capaz de vivir en el amor concreto y cercano de los hermanos (ver Juan 13,34-35). La Comunión la entendemos no meramente como el acto formal y exterior de pasar a tomar la hostia consagrada, sino como la vida de unión estrecha que Dios establece con cada uno y entre nosotros.
 
4- Parroquia, comunidad de comunidades. El número de parroquias y la extensión de cada una de ellas se hace generalmente atendiendo al número de sacerdotes con que cuenta una diócesis. Lo importante no es esa estructura grande, sino el espacio en el que un cristiano puede desarrollarse como tal, el espacio vital en el que se puede vivir el discipulado, la fraternidad, la misión. El futuro de la Iglesia está en que podamos integrar a nuestros católicos en pequeñas comunidades de base o de vida cristiana, y que no anden desbalagados, viviendo su fe no "a la buena de Dios”, sino a la buena de cada quien.
 
5- Comunicación de bienes.- Una consecuencia y un signo palpable de nuestra vida fraterna es el poner nuestros bienes en común. Esta bella herencia la hemos recibido de la iglesia de los primeros tiempos (ver Hechos 2,42-47). Somos conscientes de que poner los bienes en común es cada vez más difícil en esta sociedad moderna, pero para una comunidad cristiana transformada en Cristo, se pueden dar pasos poco a poco. Y haciéndolo, los cristianos seremos signo y promoción de una sociedad nueva, más igualitaria y en justicia. ¿Qué estamos haciendo como parroquia para formar pequeñas comunidades?
 
6- Ministerios diversos y trabajo en equipo y orgánico.- Otra consecuencia y propiedad intrínseca de nuestra vida de fraternidad, expresión también palpable de la Comunión a la que el Padre nos convoca, es el trabajo de cada uno y de todos en equipo. Profesamos nuestra fe en la acción del Espíritu Santo en cada uno de los cristianos (ver 1 Corintios 12,13). Nadie puede apropiarse de este Espíritu, nadie tiene la exclusiva. La ministerialidad de la Iglesia toca a cada uno de sus miembros. Hay distintos servicios, ministerios, carismas, nos dice el apóstol, pero todo es para provecho de la comunidad (ver 1 Corintios 12,4-11). Y así como un cuerpo sólo puede caminar armónicamente si está bien integrado, así una comunidad parroquial sólo puede tener eficacia evangélica si todos son conscientes de ser miembros activos del cuerpo de Cristo, y además desempeñan armónicamente su ministerio: el párroco, los catequistas, los servidores de la liturgia, de la caridad, etc. Para ello nos hemos dado un Plan de Pastoral Parroquial, para desarrollar una pastoral planificada, orgánica. No cada quien por su lado, con muy buenas intenciones y disposiciones pero desorganizadamente. ¿Trabajamos en sintonía con el Plan Parroquial y con la Misión Continental?
 
7- Conversión permanente.- Los cristianos en lo individual, y juntos como iglesia, tenemos siempre conciencia de ser pecadores. No somos los buenos de la película y los demás los pecadores a los que vamos a salvar. No. Nosotros somos tan pecadores como ellos. Nos queremos salvar junto con ellos. Una parroquia o una iglesia en pequeño es auténticamente cristiana en la medida en que esté en constante conversión (ver Lucas 18,9-14). La conversión nos llevará además a adaptarnos a los nuevos tiempos, a las nuevas condiciones de nuestra sociedad cambiante.
 
8- Apertura a la sociedad.- La misión continental a la que los obispos latinoamericanos nos han convocado, nos insiste en el objetivo de llegar a ser una iglesia servidora del mundo. Si nos encerramos en nuestra religiosidad no seremos verdaderamente la Iglesia de Jesucristo. Sólo lo seremos en la medida en que, siguiendo su ejemplo y su mandato, vayamos teniendo una acción pastoral abierta y dirigida a la salvación del mundo, la creación del hombre nuevo, Jesucristo, en cada ser humano, su liberación integral, la promoción y defensa de sus derechos humanos, en fin, a la humanización de esta sociedad tan resquebrajada. ¿Qué servicios prestamos al resto de la sociedad?
 
Preguntas para los grupos en relación con el tema 2º:
 
1- ¿En cuál de estos puntos estamos avanzando más como parroquia?
2- ¿En cuáles de estos puntos debemos de poner más atención?
3- ¿Qué podemos hacer para formar verdaderas comunidades de vida cristiana?
4- ¿Qué sugerencias tienes para el Consejo Parroquial?
5- Tu grupo parroquial o ministerio, ¿está estudiando el Plan de Pastoral Parroquial con miras a ponerlo en práctica?

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