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USTEDES SON LA LUZ DEL MUNDO
Domingo 6 de febrero del 2011, 5º ordinario
Comentario a Mateo 5,13-16.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Después de proclamar las bienaventuranzas, Jesús continúa su sermón de la montaña con esta afirmación: "ustedes son la sal de la tierra, ustedes son la luz del mundo”. Fijémonos que no dice "deben ser”, sino "son”. ¿De quiénes está hablando nuestro Señor? De sus discípulos, de todos los que están dispuestos a seguir sus pasos. Por eso en la Iglesia nos adjudicamos para nosotros mismos las palabras de Jesús, no de manera exclusiva, porque somos conscientes de que hay otros, muchos, a los que también, o mejor que a nosotros, les quedan esas palabras.
     Ésta es la Iglesia, los discípulos, la comunidad que quiere Jesús. Durante muchos años pensamos y vivimos como católicos y como Iglesia apartados del mundo. Creíamos que era lo mejor para nuestra salvación, vivir la pretendida santidad religiosa para nosotros mismos, no dejarnos contaminar del mundo y sus costumbres. El mundo era la perdición, el mundo era lo malo de lo que nos teníamos que cuidar y privar. La espiritualidad católica, en consecuencia con eso, consistía en tomar distancia de las cosas del mundo para encerrarnos en nuestras devociones. En esa mentalidad se podía presumir: yo no me meto con nadie, yo en mi casa y en mis cosas. Y el mejor católico(a) era aquel que se iba de la iglesia a su casa.
     Ciertamente este mundo no es el que quiere Dios ni nosotros. Está lleno de violencia, de corrupción, de egoísmo, de muerte. No vamos a decir ahora que el mundo es la bondad. No. Pero el cambio en nuestra espiritualidad consiste, iluminados por la Palabra de Jesús, nuestro Maestro, en vernos como sal y luz de la humanidad, del país, de la ciudad, del barrio, de la familia, de todo nuestro entorno. Y Jesucristo nos lo recalca: no se puede ocultar una ciudad, ni se enciende una vela para ponerla debajo de una olla. Jesucristo no nos ha llamado para escondernos, para ocultarnos de la influencia del mundo. Así como él, él quiere que seamos sabor y luz para todos.
     ¿Nos está llamando Jesús a la presunción? No, no se trata de que les digamos a todos que sabemos orar muy bonito, que somos muy buenos, que no somos pecadores. Ese fue el error y el pecado de los fariseos. No se trata de que nos pregonemos a nosotros mismos. Se trata de que pregonemos a Jesús, la verdadera e intensa luz del mundo, y que lo hagamos con nuestra palabra y con nuestra vida. Jesucristo quiere que incidamos activamente en la transformación de este mundo. Los cristianos, todos los que llevamos honrosamente su nombre, estamos en el mundo para darle sabor evangélico a sus realidades. ¿Lo hacemos? Desgraciadamente nuestra presencia no se nota en nuestra sociedad. En el país, como un 85% de la población nos decimos católicos, y sin embargo, los que hacen la violencia y el crimen parece que son mayoría. Pero no sólo eso, con ese porcentaje de católicos nuestro país y cada una de sus ciudades y barrios debería de ser el paraíso de los derechos humanos, de la justicia, de la paz, de la fraternidad. Qué lejos estamos de eso.
     Tomemos en cuenta que esta declaración viene como continuación de las bienaventuranzas. Esa manera de vivir es nuestra mejor presentación delante del mundo, y no para anunciarnos con pancartas, sino simple y discretamente vivir así: pobres de espíritu, con una mansedumbre a prueba de todo, misericordiosos como nuestros mejores santos, trabajadores por la paz, hambrientos y sedientos de justicia, de la justicia de Dios para los hombres, perseguidos antes que perseguidores, radicales por el nombre y por la causa de Jesús, al grado de dar la vida en su seguimiento.
     Hoy la santidad cristiana la tenemos que describir y presentar como una militancia por el Reino de Dios. Para una mejor comprensión en la práctica, conviene repasar el primera lectura de hoy, de Isaías 58, con la que Dios nos provoca a llevar una espiritualidad más que de devociones de un actuar a favor de la justicia para los más desprotegidos.

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