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EL AMOR A LOS ENEMIGOS
Domingo 20 de febrero del 2011, 7º ordinario
Comentario a Mateo 5,38-48.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Continuamos proclamando el sermón de la montaña. Mucho me gustaría que lo estudiaran completo, son tres capítulos de este evangelio según san Mateo, el 5, el 6 y el 7. Nosotros lo vamos a seguir proclamando en estos domingos del tiempo ordinario, hasta que empiece la cuaresma.
     Recordemos que Jesucristo va repasando algunos mandamientos del Antiguo Testamento y les va dando una perspectiva evangélica, es decir, va haciendo una lectura radical de ellos, desde la raíz de nuestra vida, desde el corazón que es de donde brotan nuestras actitudes y nuestro comportamiento (ver Mt 15,19).
     El domingo pasado nos habló del mandamiento de no matar, del adulterio, del divorcio y los juramentos. Ahora retoma la ley del talión. Nos pueden parecer extrañas algunas cosas que comenta Jesús del Antiguo Testamento, pero así están en la Biblia, por ejemplo esta ley del talión, que nos suena a venganza: ojo por ojo, diente por diente. Podemos ver Éxodo 21,24: "darás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, cardenal por cardenal". Jesucristo nos ofrece una enseñanza radicalmente opuesta: "pero yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo. Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda" (Mt 5,39-42). Esta frase ya es patrimonio de la humanidad, paradigma de mansedumbre. ¿Nos ha tocado poner en práctica literalmente este mandato de Jesús?
     Es ciertamente un arma eficaz contra los violentos, siempre y cuando éstos últimos gocen de cierta humanidad. Sin embargo, nos resulta racionalmente difícil poner en práctica esta enseñanza, ya no digamos porque la venganza es mala, sino por salud social; piensa uno que el delito no tendría fin, se prolongaría interminablemente en perjuicio de los más inocentes. ¿Quiere Jesucristo un mundo así?, es la pregunta que taladra nuestro ser, queriendo obedecer al Maestro pero sin ingenuidades. La palabra de nuestro Señor hay que repasarla miles de veces, para entrar obedientemente en su voluntad. ¿Qué quiere Jesús con esta doctrina?
     Jesucristo sí quiere personas así, llenas de mansedumbre como él, pero también él mismo nos da ejemplo de reciedumbre cuando se trata de corregir al malvado, como lo proclamamos en la primera lectura. Habrá ocasiones en que lo mejor sea cumplir al pie de la letra la enseñanza de Jesús: dejar que se lleven nuestro manto, que nos cobren más de lo debido, perder en vez de recuperar a toda costa lo perdido. Pero también habrá ocasiones, en que por salud social tengamos que ser firmes en corregir personas y situaciones, repito, por el bien de este mundo y de nuestra sociedad, no por venganza. Los cristianos tenemos que ser evangélicamente creativos y maduros a la hora de poner en práctica las palabras de Jesucristo.
     En consecuencia con esto, y para llevar las cosas al extremo, Jesucristo nos brinda el mandamiento del amor a los enemigos. El mandamiento del amor al prójimo lo encontramos en Levítico 19,18, lo acabamos de escuchar en la primera lectura, pero eso de odiar al enemigo no lo encontramos como mandamiento, aunque sí hay pasajes del Antiguo Testamento que nos hablan de acabar con los enemigos de Dios y del pueblo de Dios. Por ejemplo el salmo 139,21-22: "¿No odio, Yahveh, a quienes te odian? ¿No me asquean los que se alzan contra ti? Con odio colmado los odio, son para mí enemigos".
     Con esta siguiente enseñanza de Jesucristo comprendemos un poco mejor lo que nos decía anteriormente sobre la no venganza o no resistencia al malo. En teoría suena muy bonito, incluso resulta muy duro si hablamos de las personas cercanas a nosotros: el vecino, el pariente, el conocido quienes ocupan el lugar de nuestros adversarios más próximos. ¿Somos capaces de una mansedumbre de ese tamaño? Más nos cuesta si pensamos en los que nos han robado la escasa tranquilidad social de que gozábamos hasta hace poco: los que nos asaltan, destruyen nuestros bienes, los que secuestran (qué duro pensar en ellos), los que asesinan. Vuelvo a lo anterior: hay una mansedumbre que rayaría en enfermedad social si no ponemos soluciones. Por lo menos la privación de la libertad y de la convivencia social para que no sigan haciendo daño a los más inocentes. Pero Jesús nos pide amor, más que mansedumbre.
     El amor a los enemigos es de las marcas que más nos distinguen como cristianos, es el sello que le impone Jesucristo a los suyos. El amor al prójimo, el ayudar a los más necesitados, el portarse bien, etc., como que todas las religiones, filosofías e ideologías los manejan, Jesús mismo lo destaca, pero el amor a los enemigos es propio del cristianismo. El judaísmo, el islamismo, al menos en su presentación en los medios, como que son más violentos. El amor a los enemigos se parece enormemente al amor por los pecadores que distingue al Padre eterno. Por algo Jesús nos lo pone como ejemplo: "para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos. … Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto".
     En conclusión, para poner en práctica, o ir poniendo en práctica paulatinamente estas enseñanzas tan radicales del Maestro, no hay que quedarnos en unos pocos versículos, vayamos a toda la integridad de Jesús, sigamos el ejemplo que él mismo nos da en su Persona.

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