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NO SE PUEDE SERVIR A DIOS Y AL DINERO
Domingo 27 de febrero del 2011, 8º ordinario
Comentario a Mateo 6,24-34.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     ¿Han estado estudiando el sermón de la montaña completo? Son los capítulos 5, 6 y 7 de san Mateo.
     Jesucristo continúa saliendo a nuestro encuentro con sorpresa sobre sorpresa. Primero fueron las bienaventuranzas, un quiebre en nuestros criterios, nosotros que fincamos la felicidad en otras cosas y de otra manera; luego vino la mansedumbre, el amor a los enemigos, enseñanza que nos sacudió fuertemente porque pensamos que no es humano reaccionar así ante las agresiones. Pues ahora nos vuelve a sacudir con el abandono en la providencia de Dios.
     Hay que dejar que Jesucristo nos sacuda fuertemente con sus enseñanzas, por eso nos decimos cristianos, discípulos suyos, porque reconocemos que él es el Maestro, no nosotros. Queremos comprender a profundidad sus enseñanzas; ni desechar ni traicionar al Maestro con lecturas simplistas y fundamentalistas.
     Jesucristo nos ofrece una frase lapidaria, breve pero llena de contenido: "no se puede servir a Dios y al dinero”. Es que se trata de dos fuerzas opuestas en el hombre: Dios y el dinero son dos señores que requieren nuestro tiempo, nuestras energías, nuestros recursos, toda nuestra vida. Nosotros, ¿a quién queremos servir?
     El dinero es un invento de los seres humanos que sólo debería de servirnos como un instrumento para nuestras relaciones económicas, puestas éstas en su debido lugar de nuestras vidas. Pero el dinero se va constituyendo y lo hemos constituido en un ídolo, un dios falso, un señor que nos engaña. No nos trae la felicidad que buscamos, no nos otorga la vida plena. Como dicen los que escriben: con dinero se pueden comprar muchas cosas, pero no el amor, la amistad, la felicidad. Y cuántas cosas hacemos por amor al dinero: en el mejor de los casos doblamos nuestra jornada laboral de ocho a diez o doce horas, sacrificando convivencia familiar, tiempo con los hijos; por amor al capital las empresas y los siervos de este sistema capitalista hemos construido una estructura por demás injusta, inhumana, y estamos contaminando nuestro planeta. Y en el peor de los casos, por amor al dinero traficamos droga, destruimos vidas, matamos personas.
     Una cosa es servir al dinero y otra servirnos del dinero para la obra de Dios que es continuar con el perfeccionamiento de su creación, la salvación de la humanidad, la plena realización del ser humano, que ciertamente se tiene que hacer recurriendo a los bienes materiales.
     Para ser más explícito nuestro Señor continúa con su enseñanza: hombres de poca fe, nos dice, ¿por qué se preocupan (o se angustian) por el mañana, la comida, el vestido? Esta enseñanza hay que comprenderla a profundidad. No nos dice que vivamos igual que las aves y las flores, sólo nos dice que las miremos, que nos hagamos contemplativos de las obras de Dios, y que aprendamos de ellas, que se alimentan y se visten sin necesidad de trabajar a la manera como lo hacemos nosotros. Sí trabajan, cada una a su manera. Las aves buscan su alimento cada día. Lo cierto es que no siembran ni cosechan ni guardan en graneros, como hacemos nosotros. Pero qué tranquilidad nos brinda el alzar nuestra mirada hacia ellas. Cuando los seres humanos nos ponemos en armonía con la naturaleza, cuando iluminamos nuestra vida con la maravilla de la creación, nos colocamos en otro lugar, en otro camino en esta carrera por la acumulación. Una cosa es cumplir con el mandato de Dios de vivir que nos ha impuesto a todas sus criaturas vivientes, y otra cosa es el amontonar riquezas. Qué bueno que todos pudiéramos distinguir con claridad ambas cosas.
     Jesucristo nos invita a poner nuestro corazón en Dios, a ponernos a nosotros plenamente en las manos del Padre, con confianza absoluta, en armonía con su obra creadora. Él es el Creador de la vida, sólo él la sostiene, no nosotros, a lo largo de miles de millones de años. La fe en Dios es otra manera de vivir nuestra vida, desde el Espíritu, desde la confianza, en la alegría. No nos quiere decir Jesús que no trabajemos (¿para qué?, si Dios nos alimenta), no es eso, sino que vivamos abandonados en las manos del Padre, trabajando en su obra creadora y salvadora, sin poner nuestro corazón en las cosas materiales, mucho menos en el dinero.

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